lunes, 6 de marzo de 2017

Historias del gimnasio

Sigo siendo la última mona del gimnasio, no creas que eso ha cambiado. A pesar de que han empezado a acudir varias mujeres más de una década mayores que yo. Es triste, pero es así.

Estoy alcanzando la meta de las dos horas diarias (excepto los sábados que siempre serán los cincuenta minutos de rigor). Mañana empezaré a hacer tres tandas de ejercicios anaeróbicos en lugar de las dos que llevo haciendo hasta ahora, y tengo que aumentar cinco kilos en una de las máquinas y tres en otra. Va a doler, sí.

Por las mañanas hay poca gente, estamos casi siempre los mismos, dejando aparte, claro está, a los y las que vienen sólo lunes, miércoles y viernes a alguna clase en concreto (zumba, spinning, body pump). Una de las personas "habituales" es un muchacho que se pasa ochenta minutos seguidos en la elíptica y dándole marcha, nada de tranquilidad. Acaba completamente empapado, tiene que cambiarse la camiseta antes de seguir con su rutina de ejercicios.

Siempre he sentido curiosidad por cómo será el tacto de unos muslos como los suyos, porque si los míos, que soy la peor de todos, están duros, los suyos tienen que romperte los dedos si intentas tocarlos, por lo menos.

Me enteré de que está haciendo todo ese ejercicio para perder grasa. ¿Grasa? Si no tiene... Pues sí, compite en un concurso de culturismo o algo por el estilo y tiene que perder la grasa que te juro que no le veo por ninguna parte. Tiene una dieta muy estricta, que consta básicamente de proteínas y una triste pizquita de hidratos de carbono.

Cuando se enteró de mi curiosidad por sus muslos, se acercó a mi cinta donde yo estaba sudando la gota gorda, se levantó el brevísimo pantaloncito corto con el que hace ejercicio y me dijo "Toca, toca". A lo cual yo, estúpida de mí, contesté "No, no, yo quiero tocarlos pero mientras estás en la elíptica, no aquí parado".

Obviamente no le he tocado los muslos. Pero quería contarte esta anécdota para ilustrarte sobre algo que siempre he tomado como no es.

La naturalidad con la que se ofreció a que calibrara su musculatura no me sorprendió. De hecho, lo que me sorprendió fue no sorprenderme. Y pensando sobre ello, me di cuenta.

Cuesta tanto esfuerzo y sacrificio llegar a tener una buena musculatura y un buen tono corporal, que cuando lo muestras no es por pura y dura vanidad ni por estupidez (aunque habrá de todo, claro), sino que es la satisfacción de conseguir algo tras un arduo esfuerzo. Es como mi sencillo orgullo al ver que cuando me siento, mis muslos no se desparraman como antaño sino que quedan en su sitio, como si la fuerza de la gravedad no les afectara. Pues mira, es una tontería, pero mi trabajito me ha costado llegar a ello. Ojo, que aún estoy penosa, no vayas a pensar que ahora se puede ver para mí con agrado, aún no he llegado a ese punto (me he propuesto tener un cuerpo normal en dos o tres años).

Como hoy el trabajo físico ha sido bastante duro, se ha despertado mi vena malvada, así que mañana por la tarde me pasaré un par de horas horneando y el miércoles llevaré unos bizcochos al gimnasio. Ñec, ñec, ñec. A mí me gusta hacer los bizcochos, pero no comerlos.


2 comentarios:

Margari dijo...

Lo de llevar los bizcochos al gimnasio es de ser muuu mala! Jajaja. Y desde luego te admiro por la voluntad que tienes en el gimnasio. Yo sería incapaz. Lo mío son las caminatas al aire libre. Eso de encerrarme en un sitio...
Besotes!!!

osheaa dijo...

Sí, es un pelín retorcido, pero caray, ellos se van a tomar el café con pinchitos nada más salir, así que...

Y lo de la voluntad no es para tanto, todo es costumbre. Eso sí, hay días en que cuesta muchísimo, pero también pasa con otras actividades.

Bicos