lunes, 6 de marzo de 2017

Chorradillas

Hace mucho, mucho tiempo tuve un blog. Bueno, otro blog. Empezó siendo un poco coral, con varias personas que contribuían con relatos, noticias, poemas, lo que quisieran. Fue un comienzo muy bonito.

Con el paso del tiempo, pasó a ser sólo "mío" en el sentido de que era la única que publicaba cosas. Y un día, por razones que no vienen al caso pero que tal vez te cuente en alguna otra ocasión, lo cerré y desapareció en el agujero negro en el que Internet acumula todos los desperdicios.

En ese blog publiqué mis chorradillas, cosas tontas que escribía a veces porque me daban vueltas en la cabeza y no me dejaban en paz hasta que salían en forma de palabras escritas.

Carlos las rescató y las guardó en un archivo de texto. Yo las había dado por perdidas. Y como nunca se sabe lo que va a pasar en la vida y aunque alguna vez deje de escribir en el blog, no lo eliminaré, voy a publicar aquí y ahora esas chorradillas mías. Porque él quería que perduraran y que las pusiera en algún sitio.

Así que ahí van.

Moneda

Lo vio acercarse corriendo todo lo que sus piernecitas daban de sí, el gorro de lana calado sobre las orejas, sus mejillas sonrojadas y los ojos brillantes del frío y de la ilusión. Llevaba sus manos cubiertas por unos guantes a juego con la gorra, cruzadas sobre el pecho, apretando algo contra su cuerpecillo. Una sonrisa tensaba sus labios hasta límites casi insospechados. Había visto esa escena, con sus distintas variantes, cientos o miles de veces, pero jamás me cansaba de ver el proceso. Cuando llegó a la puerta, se detuvo casi con brusquedad, esperó unos segundos, en quietud reverente antes de entrar en la tienda. Su mirada parecía querer abarcar todo el espacio al mismo tiempo. Con pasos temblorosos, comenzó a recorrer las distintas vitrinas donde se colocaban las cajas de dulces. Se tomó su tiempo, era una decisión complicada, quedarse con sólo una opción de entre los cientos que ofrecía el establecimiento.

Se quitó un guante, con cuidado de no tirar la moneda que había estado protegiendo con tanto ahínco y se dispuso a la delicada tarea de retirar un caramelo gigantesco del tarro donde se encontraban dichos dulces. Una vez cogido, su cara por un momento pareció envejecer, dejándome entrever el adulto que, con el paso de los años, se iría apoderando de la frescura, ilusión y alegría de la niñez. Un instante difícil el de darse cuenta de que para poder llevarse el caramelo, tendría que renunciar a la moneda. El niño prevaleció, como siempre y, acercándose a regañadientes, dejó la moneda sobre el mostrador, esperó a que yo la recogiera y, con una sonrisa de despedida, se lanzó de nuevo a la calle, el guante olvidado sobresaliendo del bolsillo del abrigo y la boca abierta, expectante, paladeando ya el dulce sabor azucarado de su primera compra.


Hojas muertas

Estoy sentada en el banco del parque. Mi banco, el de madera desgastada y descolorida, el que tiene marcas de navaja en las tablas de los asientos, como si fuera un libro de visitas. Desde aquí y aun estando de espaldas a la casa, siento la mirada de mi madre, la noto de una forma casi física, intentando tirar de mí hacia ella.

Miro las hojas caídas en el suelo. Me encanta la tonalidad de las hojas. Me gustan más que cuando refulgen verdes en las ramas. Claro que la primavera es hermosa en colores, claro que los almendros en flor son una maravilla, pero yo no tengo más primaveras. Me queda el otoño, nada más. Y casi lo prefiero así. Siempre me ha gustado el colorido del otoño, la temperatura, los cambios en el ambiente, el contraste entre los días, unos aún cálidos y otros ventosos y grises. Todos los años me siento en el parque cuando caen las hojas y las veo revolotear casi a ras de suelo para quedar atrapadas por un pequeño charco o enlazadas a algún arbusto, o simplemente posadas en la hierba. Y todos los años veo como las amontonan, con rastrillos, las apilan y se las llevan. Pero siempre queda alguna atrás, una hoja tardía que cae después de la recogida, o una hoja impertinente que se resiste a despegarse del suelo. En mis días buenos, pienso que esas hojas son como luchadoras independientes que pelean y consiguen permanecer donde quieren, aferradas a toda costa a su sitio. En los días malos recuerdo que sólo son hojas muertas, que se pudrirán y desaparecerán, simplemente eso.

Afortunadamente los días malos apenas hacen acto de presencia. No puedo permitirme ese derroche, ya he perdido demasiados días peleando con la realidad, pensando en la cantidad de cosas que no viviré, que no veré, que no sentiré. No más cumpleaños, no veré crecer a mi sobrina, ni envejecer a mis padres, ni veré el último episodio de mi serie favorita... al principio pensaba en todas esas cosas y lloraba y me ponía fatal. Pero me di cuenta de que si podía hacer cosas, vivir cosas, sentir cosas. La vida, una vez aceptado el hecho de que me quedaba poco tiempo, adquirió más intensidad. Puedo saborear un paseo por la orilla del mar, sentir los granitos de arena en la planta de los pies, oler el picante y salado perfume del agua, notar los ligeros embates de las olas en mis piernas, helándolas. Puedo disfrutar una puesta de sol, ver la magia que hay en el crepúsculo. Las cosas, las personas, los animales, las relaciones, todo parece más real ante la propia muerte.

Cuando el tercer especialista me confirmó el diagnóstico, me enfrenté al dilema de elegir entre calidad y duración. Elegí la calidad, prefiero pasar este tiempo, hasta casi el final, disfrutando y no alargar mi vida a costa de pasar la mayor parte del tiempo internada en el hospital o medio ida.
Me gustaría hacérselo entender a los demás. Me gustaría hacerles entender que me siento más viva que nunca, con más ganas que nunca, aun cuando ya he aceptado lo que ocurrirá. Pero ellos, inconscientemente, ya me han matado. Ya estoy muerta, incluso para mi madre, ahí, en la ventana, mirándome mirar las hojas muertas. Ella sí piensa en el después, y no se da cuenta de que pensando en el después se está perdiendo el ahora.

Me gustaría poder entrar en casa como hacía antes, con los ojos brillantes por el aire frío, las mejillas y la nariz coloradas y las manos heladas, casi insensibles y proponer para mañana un picnic, ir todos juntos a asar pollo y chorizos y salchichas en la parrilla de piedra que hay en el monte, con mantas, cojines viejos y ganas de charlar y disfrutar el estar juntos.

Podría hacerlo, pero no sería lo mismo. Se esfuerzan en hacer como si nada ocurriera y son esos esfuerzos los que hacen evidente que sí ocurre algo. Nadie me lleva la contraria, nadie se enfada conmigo, nadie me manda recoger la mesa tras la comida, o fregar los platos y vasos. Ya no se oyen voces alegres o malhumoradas, no hay risas ni música en casa, sólo susurros.

Así que aquí estoy, esperando la llegada de la noche, en mi banco, en el parque, viendo cómo recogen las hojas caídas durante el día. Es la última vez y al mismo tiempo es la primera. Mamá ya no está en la ventana, no siento su mirada atravesarme, llamarme. Supongo que en unos minutos aparecerá con algún abrigo o una bufanda e intentará convencerme para que entre y no coja frío. Y yo la complaceré, en parte porque sé que el cuidarme así la hace sentir mejor, y en parte porque ya se han llevado las hojas, el parque ha quedado desnudo, como los árboles, salvo un par de hojas resistentes al rastrillo, que adornan con su tono otoñal el verdor de la hierba.

Me siento bien, en paz. Oigo pasos que se acercan, mi madre con un chal de lana. Le sonrío y veo cómo intenta forzar una sonrisa que parezca natural y tape las lágrimas, la impotencia y el desconsuelo que lleva por dentro. Soy una hoja a punto de caer, nada más. Una hoja muerta, que dejará su sitio a otras en el futuro, verdes brillantes y vibrantes. Pero aún estoy unida al árbol, de forma precaria, eso sí. Aún puedo disfrutar del paisaje y de mi caída.

Me dejo abrazar y guiar hacia dentro de la casa iluminada.



El momento más dulce

Distingo el perfil de tu cuerpo en la penumbra, relajado, laxo, dibujándose entre los finos rayos de luz que entran por las rendijas de la ventana. Si me acerco, sé que veré una expresión relajada en tu cara, tus labios entreabiertos en una sonrisa inocente, tu frente desprovista de arrugas, todo placidez. Pero no me acercaré, podría despertarte y romper el hechizo de este momento, en el que tú eres mío, me perteneces completamente, aun sin saberlo. Cuando despiertes, será diferente, será otra cosa, pero en este instante, acariciándote con la mirada, siento que me perteneces, así como te sentías tú minutos antes, mientras murmurabas entre dientes: "Mía, mía, sólo mía".

Son minutos robados al tiempo y al sueño, minutos que compensan horas de espera, dolor, sufrimiento, horas perdidas, horas lentas, terrible tiempo sin ti.

Déjame disfrutar este momento, déjame disfrutar de ti.


Cuento

Un día más. Eso pensó al abrir los ojos por la mañana. Un día como otro cualquiera, en el que llevaría a cabo la rutina establecida, una rutina cómoda, apacible, pero rutina al fin y al cabo. Tras vestirse, fue a la cocina con la idea de prepararse una taza de café que le proporcionara la energía necesaria para afrontar las próximas horas. Los platos en el fregadero y alguna pelusilla campando por el suelo mataron la ilusión del café e hicieron aparecer una amarga mueca en su rostro.

Rutina, lavar, recoger, barrer, preparar, comprar, las mismas tareas, las mismas caras, las mismas cosas, un día tras otro. Ya no pensaba en el futuro, un monótono transcurrir de días vacíos, de simplemente sobrevivir. Acaso alguna fecha especial, alguna celebración como colofón pero poco más. A veces recordaba cuando el abrir los ojos era el inicio de una jornada llena de ilusión, cuando una sonrisa no abandonaba su cara, cuando las maravillas la rodeaban. ¿Cuándo cambió todo?¿Cuándo se convirtió en alguien gris y apagado? Creía que había sido un proceso lento pero firme, donde los pequeños detalles y las pequeñas cesiones fueron haciéndose cada vez mayores, más presentes, fueron barriendo las ilusiones y la alegría hacia un rincón.

¿Qué hacer?¿Cómo romper la rutina, el ciclo, las cómodas pero asfixiantes costumbres diarias?
El brillo de sus ojos había desaparecido hacía tiempo y la ausencia de sonrisas había dejado marcas profundas en su cara. Ya no había luz en ella.

Una vez acabadas las tareas caseras, se dispuso, como todos los días, a hacer la compra, pensando hastiada en la rutina que llegaba hasta el trayecto a seguir a la hora de ir de tiendas. Se preguntó, con un atisbo amargo de su antiguo sentido del humor, si el planeta dejaría de girar en el caso de pasar por la panadería antes de ir a la carnicería. Una leve sonrisa acompañó a ese pensamiento. Se imaginaba la cara de las parroquianas al verla entrar con la sempiterna barra de pan, en busca de un trozo de carne para asar, los comentarios. ¡Qué triste el saber que esa nimiedad sería el centro de los comentarios en los corrillos!
Sus pasos la llevaron, inconscientemente, hacia los buzones en el portal. La rutina. Ver si había correo, verlo en caso de que lo hubiera y volver a dejarlo para recogerlo a la vuelta. Había algo, un sobre blanco. Pensó automáticamente en facturas. Pero no. Era un sobre de papel grueso, de tacto granuloso, sin matasellos, en el que sólo una palabra destacaba: su nombre. Se quedó perpleja, no parecía una nota de una vecina, ni uno de los típicos trucos publicitarios. Su nombre parecía saltar desde la blancura del papel. Su nombre, simplemente, sin apellidos ni más datos. Su corazón alteró momentáneamente su ritmo de latidos. Un rubor leve se extendió por sus mejillas, al ver lo tonta que era. ¡Sólo era un sobre, por favor!. ¿Tan patética era que el hecho de encontrar algo así en su buzón le parecía el colmo de la emoción?

Dudó entre abrirlo en ese momento o, como siempre, esperar a la vuelta. La curiosidad le vencía, pero ese día estaba demasiado triste, demasiado vencida, y decidió dejarlo para la vuelta, con el fin de estirar un poco más la ilusión.

Seguramente sería una tontería que la haría sentir ridícula por su reacción, pero pensaba sacarle todo el jugo posible. Así que con un último esfuerzo, volvió a meter el sobre por la ranura correspondiente a su buzón, irguió sus hombros y se dispuso, un día más, a enfrentarse a la lucha diaria por el mejor trozo de carne de cerdo.
Una hora más tarde, cargada con diversas bolsas, estaba de nuevo frente al buzón. El sudor la cubría parcialmente, fruto del esfuerzo y la carga que llevaba. Dejó las bolsas de la compra, extrajo el sobre y se dirigió hacia la puerta de su casa. Dejó la carta sobre la mesa y se dispuso a guardar la compra. Se sentó, después, con el sobre en las manos, dándole vueltas. Bien, se acabó la ilusión. Ahora lo abriría y aparecería una absurda nota con un recado o un encargo. En fin, adelante.

Dentro había una hoja gruesa, de un blanco cremoso, doblada por la mitad. La abrió y para su sorpresa, no había ni una sola palabra escrita. De la doblez del papel cayó, revoloteando, un pétalo carmesí, acorazonado. Durante unos segundos, se quedó como helada, sin reaccionar. Su mano se dirigió, como por voluntad propia, hacia él. Estaba medio seco, tenía un tacto deliciosamente suave y era hermoso.
Volvió a meterlo en la hoja doblada y esta en el sobre. Le dio vueltas. No sabía qué pensar. Durante el resto del día, entre tarea y tarea, lo cogía entre sus manos y le hacía sentir bien. Lo guardó en su mesita, con sus objetos personales. Pasó el día, la monotonía alterada por un pétalo de flor.

Al día siguiente, lo primero que hizo al abrir los ojos, fue buscar el sobre. Se había convertido en una especie de amuleto contra la abulia, en un talismán, una ilusión. Se levantó dispuesta a enfrentarse a la rutina, pero parecía como si el alma le pesara un poco menos. Un pétalo, algo tan sencillo...

Al bajar a la compra, con pies más ligeros que el día anterior, hizo la parada obligada en el buzón, y su corazón pareció dar un vuelco cuando atisbó entre la oscuridad, el fulgor blanco de un sobre. No se arriesgó a abrir la puertecilla del buzón sino que salió apresurada a hacer los recados. Una sonrisa iluminaba su cara, la gente se le quedaba mirando, notando algo extraño en ella, algo diferente. ¿Ilusión?

Volvió a casa casi corriendo, sus manos temblaban al buscar la llave de la pequeña cerradura del buzón. Otro sobre, con su nombre. Llegó a casa. No se molestó en guardar las cosas, abrió el sobre. Otro papel doblado, otro pétalo. Otra ilusión que rompía la rutina. ¿Qué pasaría mañana?

A veces, un pequeño detalle sin importancia, marca una enorme diferencia para los demás.


Un segundo

Me siento idiota. No, no me siento idiota, lo soy. ¿Qué demonios hago aquí, empapándome de lluvia, esperando? Se acabó, me largo. Vamos, no es tan difícil, simplemente es echar a caminar, ir a algún sitio. Tomar algo con los amigos, ir a casa, al cine, pasear, cualquier cosa, menos quedar ahí calándome como un gilipollas. Mierda. ¿Por qué?. ¿Para qué pasar hasta una hora plantado como un pasmarote por sólo un segundo?

Me doy de golpes contra la pared en la que estoy apoyado. Quiero irme, quiero dejar esto ya. Ya basta de tonterías. Me voy. Le den. Me separo de la pared y doy un par de pasos por la acera, alejándome. Cada vez mis zancadas son más cortas, noto una presión en mi interior, una necesidad casi física de volver. No, joder. No. Sigue. Lo más difícil ya está, ahora sólo queda seguir. Sin darme cuenta, giro y vuelvo a encaminarme al sitio de siempre. A medida que me acerco, me siento más ligero, camino más deprisa. Estoy volviéndome loco, definitivamente. ¿Es esto lo que sienten los adictos?¿Esta necesidad furiosa que barre con todo razonamiento? Sé que puedo irme, sé que puedo dejarlo, sé que lo que hago no tiene sentido alguno, pero lo que sé, lo que razono, lo que comprendo, choca de frente con lo que siento, con lo que mi cuerpo necesita y decide. Y mi cuerpo me pide quedar otra vez, el tiempo que sea, esperando. Llueva, nieve o haga sol, esperar. Esperar hasta una hora, dos, las que sean, por sólo un segundo. Día tras día. ¿Hasta cuándo?¿Hasta que desaparezca?¿Hasta que no vuelva a pasar?¿Hasta que mi cuerpo entre en razón? Da igual. Está ahí, esa tremenda necesidad.

La siento aun antes de verla. No, yo no la siento, es mi maldito cuerpo quien la siente. Mi corazón parece pararse un segundo antes de acelerarse, mis pulmones se quedan repentinamente como sin aire, noto un zumbido en mi cabeza... diosss, estoy loco, esto no tiene sentido. Levanto la cabeza en el momento exacto, en el segundo exacto en que pasa, a veces sola, a veces acompañada. Nunca me ha dirigido una mirada, nunca se ha dado cuenta de mi presencia, nunca he escuchado su voz ni he visto una sonrisa suya. Es sólo un segundo en que nuestras vidas se cruzan antes de volver a separarse... hasta el día siguiente, claro.

A veces capto su olor, un leve aroma que provoca que las aletas de mi nariz se dilaten, que hace que en mi cabeza haya una explosión de sensaciones. Hoy no. Hoy sólo la vi pasar. !Sólo¡ !Qué estupidez¡ Como siempre, apenas un minuto después de que pase, reniego de mí mismo, me juro que mañana estaré en otro sitio, con otras cosas. Después de verla, siento lo imbécil que soy, lo estúpido de todo esto. Y me siento con fuerzas y ganas de dejarlo ya, de volver a la normalidad. La de coñas que tendría que soportar si se enteran mis amigos. Si es normal, leches. Menuda bobada. Ya está. Hoy ha sido el último día. Se acabó. No más.
Y me vuelvo a mi vida, a mis cosas, a mi gente, con la certeza de que mañana sentiré el impulso irresistible de volver, de esperar el tiempo que sea, todo por un segundo.


Tiempo

Ya habían pasado sus años de loca juventud, estaba ya mediada la treintena. La serenidad por fin, tras una larga carrera, la había alcanzado, llenando su vida de momentos dulces y tranquilos. Había aprendido a apreciar los pequeños lujos de la vida y la salud, a disfrutar de las cosas que la rodeaban y que poco tiempo atrás daba por supuestas y por eternas en su vida. Un aroma, ya fuera de una flor o de una comida, el distinto colorido de las estaciones, sentir el calor de los rayos del sol en su cara, o los alfilerazos del frío viento invernal... ahora encontraba motivos de gozo y alegría a su alrededor.

Qué placer en la quietud, que tranquilidad el no necesitar violencia en los sentimientos o en los sentidos para poder tener un instante de placer. La gente que antes se escandalizaba por sus excesos, que la condenaba por su forma de devorar la vida y lo que tenía a su alcance, ahora murmuraban a sus espaldas, preguntándose el motivo de un cambio tan repentino y radical. Antes sus detractores se hacían notar como un oleaje en plena tempestad, ahora, sin embargo, susurraban su descontento y desconfianza como un incesante arroyo a través de un valle. Ella hacía caso omiso a las murmuraciones, así como en su etapa anterior había desechado las increpaciones con un simple movimiento de hombros.
Ella era feliz, en su mundo. Y a veces, la felicidad es algo imperdonable.


Cosas

Ella estaba preparada desde sólo hacía unos minutos cuando llamaron al telefonillo. Dio unos pasos tambaleantes sobre sus zapatos sin estrenar y pulsó el botón que abriría la puerta, unos pisos más abajo, sin siquiera preguntar de quién se trataba. Un giro hacia el salón para comprobar que nada estuviera demasiado desordenado y se dirigió hacia la puerta del apartamento. Fue rápido, ya que las puertas del ascensor se abrieron a la par que la puerta de entrada. Lo primero que observó fue su bolsa, una bolsa con una extraña forma, alargada. Lo siguiente, su forma de caminar, con pasos firmes y seguros, como si no fuera la primera vez que entraba en ese lugar, como si no fuera la primera vez que veía a la mujer. Ella fue incapaz de levanar la vista hacia su cara, ni siquiera hacia su cuello o su pecho, sus ojos se dirigían invariablemente hacia el suelo. El se dio cuenta de su temor e hizo lo único que podía calmarla en ese instante, abrazarla. Sintió el temblor de su cuerpo e intentó aplacar su preocupación susurrando palabras tranquilizadoras. Por un instante, le dominó el impulso de besarla, al notarla tan indefensa, tan vulnerable, pero después se impuso su ética profesional y con un último apretón sobre sus hombros, le preguntó dónde estaba el enfermo al que había ido a atender.


Fácil

Estás sentada tranquilamente en casa, estás decidida, sabes lo que tienes que hacer, lo que debes hacer... y es tan sencillo... un gesto, un simple gesto, y ya está. Lo tienes claro, por una vez te has enfrentado a la realidad, y en lugar de esconder la cabeza en la arena, la has mantenido erguida, has hurgado en tu herida, y en las que has provocado, intentando limpiarlas para una buena cicatrización. No te queda más que hacer, sólo ese simple gesto, nada más. Tus manos han iniciado cien veces el movimiento preciso, y cien veces se han detenido al límite. Sabes que debes hacerlo, sabes que debes pagar por lo que has hecho, y sabes que lo único que puedes hacer es seguir hasta el final, obligar a tus manos a finalizar la tarea. ¿Por qué no lo haces? Vamos, no es difícil, es lo más sencillo, lo más rápido, lo más limpio. No hay otra opción, y lo sabes, acaba lo que has empezado. Tus pensamientos retumban en tu cabeza, puedes huir de todo menos de ellos. Te repiten lo mismo una y otra vez, día y noche: hazlo, hazlo, hazlo... Aprietas los labios, fruces ligeramente las cejas, tus manos se mueven, iniciando una vez más los movimientos tan ensayados, llegas al límite de nuevo, y piensas que si sigues, no habrá marcha atrás, y tus manos siguen moviéndose...

A veces

A veces he sentido que mi vida ha sido un dejarme llevar por las corrientes, blandamente, un dejarme estar acomodada e inerte, sin luchar, sin pensar, sin vivir realmente, un flotar en la realidad, un alejamiento de mí misma una desgana, un desvivir. A veces la realidad me ha golpeado con su presencia, me he acercado al suelo, he pisado brevemente la vida y me he asustado; no quiero luchar contra la corriente que me ha llevado siempre, no quiero negar mi vida, cómo ha sido, a pesar de mirar atrás y poder seguir los meandros del río que me lleva no quiero dejar de ser acomodaticia pero...
me gustaría tanto ser
me gustaría tanto existir
conocerme
saber
pasa el momento
y vuelvo a mi flotar
a mi dejarme llevar
a cerrar los ojos
a no estar

Historia

Miro fijamente el monitor, cómo va trazando crestas y valles, insistentemente, sin apenas variación, sin detenerse. Los números que aparecen en el monitor parpadean, pero no cambian. La vida sigue. Por mucho que mire, el dibujo se repite una y otra vez, como burlándose de mí. A veces desearía que se detuvieran, que desaparecieran en una eterna línea contínua. Significaría el fin. Día a día, semana a semana, mes tras mes, veo la misma montaña apareciendo y desapareciendo, dibujándose y a veces queriendo saltarme a la cara desde la pantalla. Puedo pasar horas mirándola, como si eso pudiera cambiar algo. No. Lo mismo, una y otra y otra vez, sin parar.

Ellos no saben que lo veo. Creen que estoy... no sé dónde creen que puedo estar, pero lo que está claro es que no son conscientes de que sigo aquí, tumbada en la cama del hospital. No oigo, no hablo, no puedo moverme, sólo ver. Hace mucho que veo, sin más, un día empecé a ver, pensé, tonta de mí, que sería el inicio de una recuperación. Ese día, estaba él sentado a mi lado, se echó sobre el timbre y en unos minutos se llenó la habitación de médicos y enfermeras. Me auscultaron, me miraron el fondo del ojo, miraron y revisaron mis constantes y se fueron. No sé lo que debieron pensar o decir, porque no oigo. Recuerdo que mientras manejaban mi cuerpo, intentaba hablar, intentaba gritar, hacer algo que les hiciera notar que estaba de vuelta de la oscuridad. Pero no fui capaz, o ellos no fueron capaces de verlo. Doy por sentado que toman el movimiento de mis ojos como algún tipo de reflejo.

Ahora veo día a día sentado a alguien conocido y querido en la silla, a mi lado. Al principio me miraban a mí, y me hablaban o por lo menos eso creo, porque movían los labios, sonreían, a veces lloraban. Poco a poco su atención fue dispersándose. Salían (supongo que a la cafetería) y pasaban largos ratos fuera. Al volver, en lugar de mirarme, miraban el monitor. No les culpo, yo he hecho lo mismo, veo el monitor, más que a ellos.

Me siento enterrada dentro de mi cuerpo, como golpeando las paredes de músculo y piel, ahogada, atada, asfixiada. En esos momentos de angustia es cuando deseo que la montaña dé paso a una línea horizontal. No puedo escapar de esta situación, no puedo escapar de mí misma. Tenía la esperanza de que esas alteraciones lograran cambiar algo, que dieran pie a que se me diera una oportunidad de salir de aquí, de volver a ser dueña de mi cuerpo, de poder ser. Pero no, por mucho que mi mente grite, por mucho que me aporree, todo sigue igual.

He encontrado una forma de paliar esa angustia, los recuerdos. Es curioso, pero todos los recuerdos que vienen a mi memoria son buenos, alegres, curiosos, hermosos. Recuerdo tener bebés en brazos, su olor, su tacto, su liviandad. Recuerdo el olor de mi madre, sus manos que hacían que se marchara el dolor, cualquier dolor. Recuerdo lagrimear al comer pica pica y reír al tiempo. Recuerdo el agua helada del río. Recuerdo la sensación de dormir abrazada por la persona que amas. Muchos recuerdos, deshilvanados, pero que actúan como sedantes para mí.
Sé que piensan que no estoy, sé que con el tiempo van perdiendo la esperanza de que vuelva y sé que llegará un día en que el dibujo del monitor cambie.

Mientras, después de un fugaz vistazo a la silla, mirando cómo la miran, mis ojos se dirigen también a la pantalla. Van apareciendo crestas y valles, siempre igual, siempre lo mismo. A veces deseo que pare, a veces lo temo. Y grito y lloro y pido ayuda desde dentro de mí, pero no me ven, no me oyen. Estoy. Soy. He vuelto.


Una noche

Una noche más, tumbada en la penumbra. Nunca en la oscuridad. Siempre un leve resplandor que permite definir los contornos de los muebles y los escasos adornos de mi dormitorio. El silencio sólo se rompe por algún lejano carraspeo de otros que, como yo, dejan deslizarse el tiempo hasta la hora de la claridad diurna. Siempre, en estos momentos, me viene a la mente una imagen: un estante de una tienda, lleno de latas de conserva, perfectamente apiladas y alineadas. Así me siento en estos momentos, como una especie de lata de atún o de sardinillas, rodeada de otras similares, anulada por la uniformidad. He pasado de ser persona a ser "caso" y de eso a ser simplemente un número, una ficha en un disco duro, un fajo de papeles en un archivo.

Pero eso es en estos minutos que preceden al despertar oficial, los minutos que he aprendido a gastar en silencio tras algunos intentos de hacer algo provechoso con ellos. Intentos que han resultado estrepitosos fracasos.

Todos los días iguales, todas las noches iguales, rutina. Rutina en el horario, en la comida, en las actividades. Por nuestro bien, dicen, por nuestra tranquilidad y por nuestra salud. ¡Ja! Más bien por las suyas. Es mucho más fácil tratarnos como borregos que como personas, llevarnos de una sala a otra, como antes solían llevar a las ovejas, ale, a divertirse.

Afortunadamente, los domingos las cosas cambian. Los domingos, días anodinos por naturaleza antaño, ahora son fuente de alegría para mí. Mi nieto viene a verme, mi mijito lindo. Siempre se las ingenia para pasar de contrabando alguna chuchería prohibida, o algo peor, como la vez en que trajo una pequeña botella de mi anís favorito camuflada en un sobre de Hacienda.

Suele llegar a media mañana, dispuesto a pasar unas horas con esta pobre vieja, viendo ambos las carreras mientras masticamos pequeños tentempiés o directamente comemos las delicias con las que me sorprende cada semana. Al principio pensaba que venía medio obligado por su gran corazón, pero conforme han pasado los años, los remordimientos han ido cedido al egoísmo y la verdad es que disfruto mucho sus visitas.

A veces me trae fotos de sus amigos y amigas, o algún recorte de una noticia curiosa, un menú de algún restaurante, o alguna otra fruslería con la que pasar el tiempo charlando o riendo. Son cosas que me permiten pasar la semana con mayor resignación y que me dan un poco de esperanza cuando tengo el día tan gris como el cielo plomizo de noviembre.

Lo mejor es cuando trae una de sus historias, un trozo de mundo exterior a esta burbuja estática en la que me encuentro. Entonces veo lo que me describe, incluso llego a sentir los olores, el calorcillo del sol, escucho las risas de los niños, el golpeteo de las cucharillas en las tazas de café... mmm café, mira que nunca me ha gustado y desde que estoy aquí metida, me apetece un montón una buena taza de café negro, aromático y fuerte.

Espero que transcurran los días hasta el domingo, en que su sonrisa eliminará la oscuridad de todos los rincones, en que me sentiré como una niña la mañana de su cumpleaños, esperando ver qué maravilla saca de su bolsa de lona que siempre acompaña sus visitas.



Sin ti

Apenas han pasado unas horas desde la despedida, y ya me duele estar sin ti. Ya me he puesto a revolver la casa, buscando recuerdos, reuniendo cosas que has tocado, que has utilizado, que te han servido, cosas que avivan mis recuerdos, que intentan infructuosamente, mantenerte un poco más a mi lado, aquí, junto a mí.

Menos de un día y me parece agotador estar sin verte, sin tocarte, sin compartir silencios. Las cosas han perdido su sentido, intento refugiarme en la rutina diaria, pero hasta ella está impregnada de ti, de tu forma de ver y de hacerme ver las cosas.

"Aprende una cosa nueva cada día", me dijiste, fue una de las últimas cosas que dijiste antes de vaciar mi vida con tu ausencia. Hoy he intentado aprender a encarar la vida sin ti. No he aprendido, mañana haré otro intento.

"Trata de ser feliz", qué fácil era y qué complicado se ha vuelto. Ya no serlo, sino intentarlo. Ah, bendita autocompasión, me rebozo en tí, te me quedas pegada ayudada por mis lágrimas. Y no es fácil sacudirte de encima. No trato de ser feliz, no tengo fuerzas para ello.

"No me olvides" , esa es la parte fácil, no olvidarte, sigues aquí, ahora. Tengo la impresión de que si me giro con la suficiente velocidad, estarás detrás de mí con esa mirada chispeante y tu media sonrisa en la boca, como tramando otra de tus trastadas o pensando algo divertido que hacer

"Te quiero", fue lo último que me dijiste. Curiosa despedida. Pero lo más curioso es que te creo. Me quieres, supongo que aún me querrás ahora y durante un tiempo seguirás queriéndome, quizás no a mí, quizás más al recuerdo de lo que fui, de lo que soy, más que a mí misma. En cierto modo, he empezado a morir con ese "Te quiero" . Yo también te quiero, a ti, a tu recuerdo, a lo que fuiste, a lo que creo que fuiste, a lo que serás.

Me pediste un poema, como despedida y te di dos. En ellos estoy, en ellos estamos, una forma de permanecer juntos.



Dulzura

Todos los domingos me preparaba minuciosamente, me engalanaba con mi mejor traje, me afeitaba hasta que mi cara estaba suave, peinaba mi cabello hasta que cada pelo quedaba en su sitio, me perfumaba, recolocaba mi corbata y revisaba mi aspecto antes de salir. Iba, como suele decirse, hecho un pincel.
Todos los domingos a la misma hora, me subía a mi coche, reluciente y recién lavado, y tomaba el mismo camino, cruzándome con la misma gente y sintiendo la misma expectación que me hacía sonreir.
Y, como todos los domingos, al llegar, me la encontraba, cerca de la puerta, también con sus mejores galas, repeinada, reluciente con el brillo lechoso de una perla en su piel, los ojos brillantes, el carmín fulgurante en sus labios dispuestos en una sonrisa en cuanto me veía llegar.
Y, como todos los domingos, pasaba unas horas a su lado, compartiendo confidencias, risas, silencios, el humo del prohibido tabaco fumado a escondidas, complicidad.
Para los demás somos una pareja curiosa, el hombre que va a visitar a su suegra en la residencia, pero que nunca pasa de la puerta donde le espera, coqueta, una mujer varias décadas mayor que él, pero con quien desgrana el tiempo absorbiendo y disfrutando de su dulzor.


 
Hogar

La primera vez que entré, fue de noche, tras un viaje un tanto accidentado. Resulta extraño pensar que, con lo cansada que estaba, el entrar en una habitación sólo iluminada por el fuego de la chimenea y por unas cuantas velas repartidas aquí y allí, me resultaría reconfortante, pero así fue.

La penumbra me envolvía y me abrazaba. Lo primero que hice, fue, por supuesto, acercarme a la chimenea, no tanto por calentarme las manos como por disfrutar de las llamas. Siempre me ha atraído la danza del fuego. A la mañana siguiente tuve la ocasión de observar más detenidamente la habitación de la chimenea, que ocupaba prácticamente el total del piso bajo de la casa. Ese cuarto es, para mí, la definición de hogar, de calidez, de familiaridad. Un lugar que puede resultar solemne o divertido, un lugar donde pasar unas horas compartiendo el silencio o las risas, donde comer sentados a una mesa puntillosamente adornada o donde comer unos sandwiches en unos platos...

Me sentía más a gusto allí que disfrutando del desayuno en la terracita, bebiendo el zumo y comiendo las tostadas con el sol intentando entibiar mi piel.

Había encontrado mi sitio, en una esquina de la chimenea, viendo las llamas, y alimentándolas de cuando en cuando con alguna piña o alguna rama que alargara el hipnótico canto de sirena del fuego.

Cada vez que voy, cuando entro, lo primero que hago es ir a mi sitio particular, sobre la alfombra desgastada y marcada por las pequeñas quemaduras de las pavesas, me siento durante un instante y después, feliz, me dirijo a disfrutar del resto de la casa y sus habitantes.



Perrechiña

Perrechiña tardó mucho en nacer, no como sus compañeras de camanda. Pasó sus primeros meses de vida con otros perros, siendo su mundo el sitio en el que se movía, jugaba y crecía con sus coetáneos. Un día, un hombre entró en el mundo de Perrechiña, la vio, le gustó y se la llevó a su casa. Fue un momento un poco traumático para ella, de repente descubrió que el mundo era mucho más que lo que conocía. Tenía miedo a lo desconocido pero se puso en manos de su amo. El la llevó a su casa, le enseñó las normas, le mostró en qué sitios podía estar y en cuales no, pasó tiempo mostrándole cómo comportarse, cómo estar. Perrechiña se fue amoldando poco a poco a su nuevo hogar. Podía estar en zonas muy específicas de la casa y la mayoría de las veces, acompañada de su amo, a cuyos pies pasaba la mayor parte de las horas. Su amo solía irse todos o casi todos los días y pasaba muchas horas fuera, ordenándole antes de irse que le esperara y que se portara bien. Perrechiña no sabía dónde iba su amo o qué hacía ese tiempo, pero siempre le esperaba atenta, obediente y se llevaba una gran alegría cuando regresaba.

Así fue pasando el tiempo y la perra mestiza estaba feliz y tranquila, satisfecha. Un día, ella estaba jugando con las zapatillas de su amo, sin estropearlas, cuando de repente él se enfadó y la echó de casa. La perra no sabía qué había pasado, no entendía nada. Se quedó delante de la verja de la casa, esperando a que su amo apareciera y la abriera para dejarle entrar. Pasaban los días, ella entreveía a su amo moverse por la casa. Cada vez que decidía alejarse porque no soportaba la pena, su amo asomaba la cabeza por una ventana y susurraba su nombre, con lo que la perra alimentaba la esperanza de poder volver algún día al sitio que consideraba su hogar.

Pero hasta la paciencia de la perra más fiel tiene su límite y llegó el día en que Perrechiña se echó a caminar carretera abajo, hasta que encontró un cobertizo medio en ruinas, donde se hizo un ovillo y se quedó. De cuando en cuando veía pasar otros perros, buscando comida o dueño, otras veces veía a amos y amas paseando orgullosos con sus perros de la correa o pegados a sus piernas. Ella al principio sentía tristeza y añoranza, pero con el paso del tiempo se acostumbró a la libertad y a disfrutar de la compañía de los paseantes esporádicos.

Un día otro hombre se acercó a ella. Como no llevaba perro de la correa o a su lado, Perrechiña se puso a la defensiva. El hombre se limitó a sentarse en una gran piedra, a unos metros de donde ella estaba y empezó a hablarle suavemente. Perrechiña se acostumbró a la voz del hombre, a su presencia y un día se vio paseando a su lado, libre pero unida a él por un lazo invisible. El hombre la llevó a su casa. Era un sitio muy diferente al que ella conocía. Esperó que le dijeran por dónde podía moverse y por dónde no, pero el hombre se limitó a decirle las normas básicas de convivencia y la dejó a su antojo. Perrechiña iba explorando la casa poco a poco, con el temor de su anterior experiencia encima, esperando siempre que la echaran por la mínima causa pero lo que encontraba era que el hombre aparecía y le contaba cosas sobre la historia de la casa, sobre él e incluso alguna sobre ella misma. El miedo de perrechiña no desaparecía pero iba menguando con el tiempo, a medida que veía que su nuevo amo no la iba a echar. Había quedado en ella una tristeza, un daño que hacía que no quisiera encariñarse ni acostumbrarse demasiado a este amo, pues había aprendido de la peor forma que hay personas que adoptan una mascota y con el tiempo se cansan de ella y la dejan tirada con la menor excusa que se les ocurra.

Ahora Perrechiña pasa las largas tardes de invierno tumbada delante del fuego de una chimenea, sobre una alfombra cómoda, a los pies de su amo, sintiéndo como la confianza y el tiempo van curando, poco a poco, la inseguridad y el miedo que llevó como equipaje.



Cosilla

Se despertó con un sobresalto, como quien se sacude una pesadilla de encima. Su cuerpo, como un resorte, se irguió hasta quedar sentada, con los ojos aún cubiertos por el velo del sueño, la respiración agitada y una sensación de urgencia. No sabía porqué se había despertado tan repentinamente ni de dónde procedía esa necesidad casi física de moverse, de actuar. Sí, pero ¿qué era lo que resultaba tan apremiante?. Su cabeza se giró hacia la mesita de noche, sobre la cual estaba su despertador digital. Se dio cuenta de que se había quedado dormida, de que después de muchas horas de vigilia, dando vueltas en la cama, su cuerpo se había rendido, casi sin darse cuenta, al cansancio y su mente había buscado refugio en el sueño.

Como todos los días, deseó que ese fuera el elegido por el destino (en forma de servicio postal) para iniciar su cambio de vida. Al principio, abría el buzón con emoción contenida, con ansiedad alegre, con esperanza. Ahora, era un temblor de manos, una necesidad de noticias, aunque fueran malas.

A pesar de haberse dormido, aún faltaban unas horas para que pasara el reparto del correo. Siguió su rutina habitual, intentando concentrarse en cada pequeña tarea, alargándola al máximo, dejando resbalar los segundos y los minutos. A medida que se acercaba la hora, su oído parecía agudizarse, intentando aislar el sonido del motor de la furgoneta del correo de entre las docenas de ruidos que poblaban la calle en la que vivía.

Imposible ponerse con alguna tarea que requiriera un mínimo de concentración, eso debía esperar a las horas de la tarde, cuando ya no había nada que esperar, sólo el transcurrir del tiempo hasta la mañana siguiente.´

Sonó el timbre desde el portal y se dirigió presurosa hacia la puerta, para bajar y recoger del buzón la correspondencia. Miró por la rendija y vio que había varios sobres. Abrió la puertecilla, no sin cierta dificultad, y tomó un pequeño montoncito de correo en su mano. Sin volver a cerrar el buzón, empezó a pasar una carta tras otra. Publicidad, una carta del banco, un recibo telefónico... y el sobre, por fin. Siempre había pensado que llegado ese momento, iría a casa y abriría la carta con cuidado y tranquilidad, pero los días de incertidumbre pesaron más que sus propósitos, y rasgó el sobre, destrozándolo casi por completo. Las hojas que contenía temblaban entre sus dedos, dificultándole parcialmente la lectura. Unas lágrimas aparecieron, inundaron y desbordaron sus ojos. Si fueron de alivio o de decepción, lo dejo a tu elección.




Beso

Cierro los ojos, no porque no quiera verte, sino para sentir con más intensidad la emoción de la anticipación, el breve momento previo en que sé lo que va a suceder. Giro la cabeza y acerco mis labios a los tuyos, hasta llegar a rozarlos. Dibujo el contorno de tu boca, de un lado a otro, acariciándola y sintiéndola suave bajo el roce de mis labios. Me detengo en el centro de los tuyos, presionando suavemente y entreabriendo los míos, moviendo mi cabeza en una suave negación con la que intento entreabrir tu boca. La punta de mi lengua se acerca y te toca con timidez. Me permites la entrada, pero antes deseo aprisionar tu labio inferior entre los míos, un suave tirón de carne tibia. Ahora es el momento, el momento de conocer tu sabor, el tacto de tu lengua con la mía, y en ese instante, en que estamos dentro el uno del otro, mis labios se tensan como en una sonrisa, y , saboreándote, dibujan tu nombre sobre tu boca...

6 comentarios:

Margari dijo...

He leído los cuatro primeros. Muy buenos. El primero me ha encantado con esa indecisión del niño para elegir. Y luego la decisión más difícil, la moneda o el dulce... Hojas muertas es triste e intenso. Pero me gusta su protagonista, con ganas de vivir, de disfrutar la vida que le queda, sin caer en la desesperanza. El momento más dulce, es dulce, tierno... Y Cuento... ¿Quién no se siente identificada con la protagonista? ¿Quién no espera en algún momento ese algo que se aparte de la rutina?
Me guardo la entrada para seguir leyendo poquito a poquito.
Besotes!!!

osheaa dijo...

Gracias por tu comentario tan generoso. Hace mucho que no escribo ninguna de mis chorradillas, así que tal vez sean las únicas que vean la luz. Le deben su supervivencia a Carlos :)

Bicos

Margari dijo...

Un segundo... Me has hecho recordar mi adolescencia, cuando hacía locuras parecidas. Por solo unos momentos, por solo unos segundos.

Tiempo. Pues sí, la felicidad es algo imperdonable. Y motivo de envidia. No te libras de la crítica hagas lo que hagas.

Cosas. Van a tener que disimular mejor...

Fácil... Pues parece que no es tan fácil. Y es que las cosas más sencillas son las que a veces más cuestan.

A veces... Me he sentido identificada y mucho!

Me están gustando mucho "tus chorradillas", cómo tú las llamas.
Besotes!!!

osheaa dijo...

Gracias, Margari. Las llamo chorradillas porque eso es lo que son, palabras que no me dejaron en paz hasta ser escritas. No llegan a cuentos ni son anécdotas ni nada "clasificable", sólo son mis chorradillas, pero me hace ilusión que te gusten.

Bicos

Margari dijo...

Historia angustia y mucho!

Una noche... Ays, los geriátricos... Cuántas historias guardan. Y qué pena que tus días acaben ahí. Sin el cariño, sin el calor... Que tan sólo un día se acuerden de ti.

Sin ti... Hay tantos sentimientos en este texto, es tan hermoso...

Dulzura... Se rompe aquí el mito de la mala relación entre yerno y suegra. Bonito, aunque como ya te he dicho antes, estas historias me causan tristeza. Todo lo relacionado con geriátricos me causa tristeza.

Hogar... Si estoy acompañadita, no me importa estar bajo la luz de las velas y el calor de la chimenea. Pero tengo que reconocer que soy miedica. Si estoy sola, nada como una buena lámpara totalmente encendida, sin juego de sombras ni "na de na"...

Perrechiña es una historia tan tierna. Y tan real, por desgracia. Aunque me gusta que le hayas dado un final feliz. Se lo merece Perrechiña.

Cosilla. Pues me gusta pensar que son lágrimas de alivio, que sean buenas las noticias que esa carta lleva. Esas lágrimas saben tan bien.

Beso...¡Ays, pero qué bonito!!!

Besotes!!!

osheaa dijo...

Gracias por leerlos, Margari. Me alegra que te hayan gustado mis chorradillas :)

Bicos!