martes, 28 de marzo de 2017

Confianza


Una vez alguien me contó una historia sobre la confianza.

Era sobre un montañista, que fue a escalar una cumbre muy muy alta. Y se le hizo de noche en la subida. Por si fuera poco, empezó una gran tempestad de aguanieve y mucho viento. Ahí estaba el pobre hombre, aferrado a una pared rocosa, en total oscuridad y helándose.

Su situación empeoró muchísimo cuando, de repente, perdió pie y empezó a caer. Se dio por muerto, pero mientras caía, pidió ayuda, no sé si a su dios, sus dioses, la vida, la naturaleza... a quienquiera o lo que quiera que fuese en quien confiaba. Y sus ruegos tuvieron respuesta, cuando, sin contar con ello, sintió que la cuerda que rodeaba su cuerpo se tensaba y frenaba su caída.

Sintió una gran alegría, a pesar de estar colgado en el vacío de noche y con una tempestad que no parecía amainar.

Pasado el primer momento de júbilo, se dio cuenta de que si continuaba ahí, moriría de frío, así que volvió a rogar por su vida.

Y entonces escuchó una voz que le decía: "¿Confías en mí?" y contestó "Sí, claro que confío, me has salvado la vida". "Entonces, si confías en mí, corta la cuerda que te sostiene".

A ver, hay que ponerse en su lugar, está colgando en el vacío en una noche tormentosa y lo de cortar la cuerda no parecía realmente una buena solución, ¿verdad?. El montañero no cortó la cuerda, claro. Era lo que le mantenía con vida, lo que le separaba de caer.

A la mañana siguiente, un grupo de personas encontraron el cuerpo sin vida del montanista. Estaba colgando de su cuerda de seguridad, esa que frenó su caída... a apenas un metro del suelo.

Si hubiera cortado la cuerda, habría caído al suelo y podría haber salvado su vida. No confió y pereció.

Es muy fácil asentir ahora con la cabeza y pensar que claro, debió haber confiado en quien ya le había salvado una vez. Pero caray, hay que verse en la situación, sin ver nada, cortar la cuerda o intentar sobrevivir hasta la mañana siguiente. Creo, honestamente, que casi nadie habría cortado la cuerda.

Porque confiar es sencillo, cuando no se pone esa confianza a prueba o bien cuando las pruebas que tiene que pasar son leves. Pero cuando se trata de un acto de total fe en alguien, de "cortar la cuerda"... eso no es nada fácil.

¿Por qué te cuento esto? Pues la verdad es que no lo sé. Quizás sea porque yo casi no tengo fe en nada ni en nadie. Quizás es una forma de escudarme en una historia para no afrontar lo cobardica que soy. Claro que yo ni habría empezado a escalar la montaña, así que no sé yo...

Otra comedura de tarro de las mías :)

Breverías


Qué grande y qué fría resulta la cama
durmiendo abrazado a tu ausencia.
A gritos mi cuerpo en la noche reclama
tu voz, tu soñar, tu presencia.

Francisco Alvarez Hidalgo


He entrado en ti y perdido la salida,
nunca mejor prisión, cripta o destierro;
no tengo noche ya, ni amanecida,
no importa el río, la ciudad ni el cerro,
ni quien de mí se acuerda, o quien me olvida,
ni si es mi copa de cristal o hierro.
Me reclino en tu fondo, me adormezco,
te desbordas en mí, te pertenezco.

Francisco Alvarez Hidalgo


Insaciable la piel te necesita.
Aún ignoro quién eres, pero estás.
Aún no sé donde, pero tu alma grita
con más fervor que lo hacen las demás.
Vendrás, te ubicaré, o encontraremos
un punto en convergencia
para ensayar propósitos extremos
que alguien juzgara excesos o demencia.

Francisco Alvarez Hidalgo
 

Bajón


Y yo estaba bien o al menos creía estar bien. Y de repente, en un instante más breve que un pestañeo, todo se me volvió del revés. Y no pude evitar ponerme a llorar como una tonta, ahí, en pleno gimnasio. Y esta vez no podía disimularlo como si me secara sudor.

Afortunadamente no todo el mundo se dio cuenta y pude pasar la vergüenza sin público.

Creía que ya había superado la fase de lloros imprevistos.

Así que al llegar a casa, eché mano de la música para intentar subirme un poco la moral. Y funcionó, un poquito al menos.

Pasan de las dos de la madrugada, a ver si duermo unas horas y mañana será otro día. Y toca body pump.

En otro orden de cosas, dos días cenando, que ya es novedad. Pero por si fuera poco, ayer cené un plato enooorme de fresones. Y hoy, uno de mis zumos, con naranja, fresas y plátanos. Rico.

sábado, 25 de marzo de 2017

El tulipán


Hace ya unas semanas, hablando con mi hermana, me comentó que le pidió a mi cuñado que cuando ella muriera, de vez en cuando comprara tulipanes como forma de recordarla, porque son su flor favorita. No que las llevaran a su tumba ni nada de eso, simplemente de cuando en cuando, poner tulipanes en casa.

Como era la época en que estaba decidiéndome a hacerme tatuajes, pensé en tatuarme un tulipán, por ella. Sé de primera mano lo importante que es para la gente que se les recuerde, y también sé que para recordar a alguien no es necesario tatuarse ni apuntar o anotar nada, pero estaba segura de que a ella le gustaría que lo hiciera, porque tendría la absoluta seguridad de que no voy a olvidarla.

Es el único tatuaje que tiene color. Iba a ser solamente el dibujo de la flor, pero el tatuador me sugirió hacerle un fondo de colores, me enseñó algunas muestras de otros tatuajes y la verdad es que me pareció bonito. Aún no está del todo, está "pelando" todavía, así que quedará aún mejor de lo que se ve en las imágenes.

La primera es del mismo día en que me lo hicieron, con el papel film cubriéndolo y las motitas de sangre aún visibles. El segundo fue unos días más tarde, pocos. Y el tercero es de hoy.







La flor mide 4x1.5 cm.

Yo no soy muy de flores ni corazoncitos ni hadas o duendes, así que supongo que a quienes me conozcan más o menos bien, les sorprenderá el que me lo haya hecho, por eso añadí la explicación antes.

martes, 21 de marzo de 2017

Primavera


Juegas todos los días con la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
como un racimo entre mis manos cada día.

A nadie te pareces desde que yo te amo.
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?
Ah déjame recordarte cómo eras entonces, cuando aún no existías.

De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
Se desviste la lluvia.

Pasan huyendo los pájaros.
El viento. El viento.
Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
El temporal arremolina hojas oscuras
y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo.

Tú estás aquí. Ah tú no huyes.
Tú me responderás hasta el último grito.
Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.
Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos.

Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas,
y tienes hasta los senos perfumados.
Mientras el viento triste galopa matando mariposas
yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.

Cuanto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.
Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos
y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.

Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
Hasta te creo dueña del universo.
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.

Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos.

Pablo Neruda, Poema 14

Porque ya es primavera, porque me encantan las cerezas... y los cerezos.



domingo, 19 de marzo de 2017

Es de noche y pienso...


Que sí, que yo también tengo mi vena romántica y edulcorada...

https://www.youtube.com/watch?v=lX5lhkihlrI


Poema para hoy


Mi dolor es pequeño,
pero aún así bendigo este dolor,
que es como no soñar después de un sueño
o es como abrir un libro y encontrar una flor.

Déjame que bendiga
mi pequeño dolor,
que no sabe crecer como la espiga,
porque la espiga crece sin amor.

Y déjame cuidar como una rosa
este dolor que nace porque sí;
este dolor pequeño, que es la única cosa
que me queda de ti.

José Angel Buesa, El pequeño dolor

Madrugada, música.


https://www.youtube.com/watch?v=Dys1_TuUmI4

viernes, 17 de marzo de 2017

Holocausto, serie





Serie de cuatro episodios, de alrededor de dos horas cada uno. De 1978, cosa que se nota en algunas partes.

Tal como da a entender el título, trata sobre el holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial, mostrado a través de los Weiss, judíos y de los Dorf, católicos alemanes. Así, se conocen las dos caras de la moneda, por decirlo de alguna forma.

Puede que si la ves ahora te parezca incluso un poco ligera, a excepción, claro, de cuando muestran fotos e imágenes reales de prisioneros y campos de concentración, que eso no deja impasible a nadie.

Obviamente no es una historia alegre ni bonita ni tiene un final feliz. Aún así, es recomendable. No será la serie de tu vida, ni la mejor que se ha hecho sobre ese tema y aún así te la recomiendo.

Y si no te apetece verla, siempre tienes la opción de leer la novela.

17 de marzo


Lá Fhéile Pádraig

Tengo especial querencia por Irlanda y los irlandeses, en plan idealista. Para ser sincera, debería decir que mi querencia es por la idea fantástica que tengo del país y sus habitantes. Y tenemos en común la ascendencia celta, que también cuenta.

Ya, ya sé que todos somos una mezcla de un sin fin de cosas y que si miramos con lupa, todos tenemos algo en común con el resto del universo. Pero ya es san Patricio, desde hace unos minutos y eso significa fiesta y más fiesta para los irlandeses.


Curioseando por ahí me encontré con una historia que puede que fuera el significado del trébol para este día.

Para explicar lo de ser tres en uno (padre, hijo, espíritu santo), Patricio tomaba un trébol y decía que también estaba formado por tres partes, siendo uno solo.

Pues eso, feliz día de san Patricio. Seas o no de Irlanda.

jueves, 16 de marzo de 2017

Poema para hoy


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado

Body pump


Acabo de llegar de hacer la compra. No iba a ir hoy, pero prefiero curarme en salud. También escribo hoy la entrada, por si acaso.

El trato era estar diez minutos en la clase, cada día e ir aumentando poco a poco hasta estar la clase entera. El monitor calculaba que para finales de verano aguantaría la hora entera de body pump. Así que hoy llegué y me puse a mi cardio querido, hasta las diez que empezó la clase. Empecé con muy poco peso, claro.

Antes de ponerse con los ejercicios, el monitor me dijo que estuviera las cuatro primeras canciones y después me fuera a seguir mi rutina. Peeeeeeeero que si veía que podía aguantar un poco más, me quedara.

A los dos minutos estaba sudando. Unos tres minutos más tarde, el monitor dijo "basta ya de calentamiento, vamos a empezar". Ños, ¿eso era sólo el calentamiento? Pues va a aguantar cinco minutos más tu abuela, majete.

La cuestión es que aguanté, a pesar de que el peso de la barra y las pesas parecía ir aumentando por momentos. Era agotador, doloroso pero divertido. Sé que es una rara mezcla de conceptos, sobre todo teniendo en cuenta que no soy masoquista, pero es realmente así.

Llegado un momento, dijo "al suelo" y yo pensé "yupi! Suelo, descansar, ainss qué bien". Craso error. El suelo duele, tira y agota más que el estar de pie.

Y así llegamos a los estiramientos. Ahí me he dado cuenta de que no tengo equilibrio, ni siquiera agarrándome a las espalderas. Fuera de eso, del dolor y de los tirones, todo bien.

Y se acabó la clase, yo estaba esperando a que pasaran los diez minutos y así me pasé la hora entera. Me duelen los hombros y los muslos. Mañana me dolerán hasta las pestañas, por eso me puse a hacer la compra hoy. Porque además, después me hice mis minutillos de cardio, por supuesto. No, que no soy masoquista, te lo aseguro. Ouch.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Holocausto


Creo que ya te comenté una vez que mis padres formaron parte, durante años, de El círculo de lectores, lo cual tiene su punto de ironía porque en casa nunca vi a nadie leer nada que no fuera un folleto publicitario o una revista del corazón. Yo era la rara que leía lo que caía en sus manos.

Y así fue como leí Holocausto, de Gerald Green. Fue un desperdicio, porque era tan pequeña que no fui consciente realmente de lo que estaba leyendo. Lo que más recordaba era la sensación de que no tendría que haberles pasado nada a los protagonistas porque estaban avisados desde hacía mucho tiempo. No entendía que no hubieran escapado antes.

Con el tiempo se hizo una serie de cuatro episodios, basada en la novela. No la vi.

Y por alguna extraña razón he recordado el libro y la serie, así que serán mis próximas lectura y visionado. Ya te contaré.

Es curioso, mis padres jamás se interesaron por saber qué cosas leía. Para ellos, tener un libro en las manos y leerlo era bueno, fuera cual fuera el contenido.

Sé que hay muchas personas que no leen, bien porque no les gusta o bien porque ni lo han probado, supongo que asocian libros con "rollo". Y me cuesta entenderlo, la verdad. La lectura me ha aportado tantos buenos momentos que me gustaría tener la capacidad de convencer a la gente para que lean, para que lo prueben al menos.

Me siento rara hoy, no sé el motivo, pero estos últimos días las cosas han estado diferentes. En fin, lo que tenga que ser, será.




Santa Clarita Diet, serie


Ni me sonaba hasta que leí la entrada de therwis. Me llamó la atención lo suficiente como para conseguirla (son sólo diez episodios). Una mujer que de repente se pone a vomitar a lo bruto y después lo único que come es carne cruda. Bueno, personas más bien.

La verdad es que no llegué a ese momento. Lo único que le vi comer fue un caracol vivo, que encontró en un jardín.

No debo tener el sentido del humor muy afinado estos días, porque me pareció una bobada, como una película de humor a base de exageraciones, pero en plan serie. Los personajes nada creíbles y todo como muy tonto para mi gusto.

Pues eso, que no me ha gustado ni lo bastante para ver el primer episodio entero. Pero puede que a ti sí te guste, ya te digo que estos días estoy yo como muy raruna.

Tú decides.

El trastero y yo


Hacía más de seis años que no subía al trastero. Y como parece que últimamente estoy reorganizando cosas sin darme cuenta, me dio por subir. Encontré cajas y más cajas, un par de correpasillos del nano, dos ruedas de coche, una tabla de surf, cajas de madera...

Y como quien no quiere la cosa, decidí vaciar el trastero. La mayor parte de cajas contienen libros. Así que elegiría los que quería quedarme y el resto, a repartirlos. El resto de trastos, como las ruedas, la tabla, los correpasillos, donarlos a Proyecto Hombre o Centro Reto. Si los quieren, claro.

Como la tarea es bastante latosa, me he propuesto lo siguiente: cada día subiría al trastero con una o dos bolsas grandes, vaciaría una de las cajas en ellas y en casa, catalogaría y repartiría las cosas. Si me queda más tiempo, repito la operación.

Y me dio por empezar hoy mismo. Como soy tan lista, cogí la única bolsa vacía que encontré por ahí, que era de papel. Elegí la caja más pequeña del trastero, llena de libros, claro. Los puse en la bolsa y bajé. Como es lógico, la bolsa se rompió por varios sitios justo en el escalón más problemático de bajar. Logré llegar a casa haciendo malabares con libros.

Y ya hice el primer reparto, con lo que me queda una caja menos de la que preocuparme. Si mañana me da tiempo a subir, iré con una bolsa grande de basura, para ir metiendo los cartones y cajas que se vayan vaciando.

¿Que porqué no me limito a bajar las cajas y listo? Pues por dos buenas razones: las escaleras de acceso a los trasteros son retorcidas donde las haya, con escalones de distintas alturas (y algunos bastante altos), poco apropiados para ir cargada con una caja de libros. Y en segundo lugar, porque las cajas llevan años allí y están las pobres bastante maltrechas.

Dentro de un par de semanas espero tener el trastero despejado, mis libros favoritos a mano y el resto bien distribuídos.

Lo siguiente será bucear en las profundidades de los muebles de la cocina. Miedo me da.


Música en la madrugada


Son casi las dos de la mañana. Fuera está oscuro. No hay ruido, ni voces, ni coches, ni siquiera el camión de la basura. O todos están durmiendo o en silencio.

Y yo llevo un rato largo, casi una hora, dando vueltas, convenciéndome de que lo mejor es acostarme, aunque no duerma, descansar y tratar de soñar.

Y, como siempre que algo me ocurre, pienso en ti. Y te echo de menos, así que te hablo escribiéndote. Y te dejo la música que rompe mi silencio, que me acompaña mientras tú, seguramente, estarás durmiendo.

https://www.youtube.com/watch?v=ACeemODSs-c

Posiblemente mañana piense en lo estúpido que es contarte esto, seguro que piensas que es una tontería. Pero ahora no es mañana y no me parece tonto compartir esto contigo.

A veces me cuesta no contarte todo, tal como lo siento o lo pienso.

Las dos ya, tú estás soñando y yo despierta. Será que en alguna ocasión las cosas fueron al contrario.

Gracias. Por todo.


Poema en la madrugada


Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte

tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte

tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte

o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.

Mario Benedetti, Viceversa

martes, 14 de marzo de 2017

Despedida


Sí, por si acaso escribo esta entrada de despedida. Porque no sé si sobreviviré al jueves.

Estaba yo tan tranquila en mi cinta... bueno, tan tranquila no, estaba sudando la gota gorda, con los muslos aullando y mi corazón en el límite de pulsaciones aceptables... cuando se acercó a mí el hijo de la dueña del gimnasio. Ya te dije que es un negocio familiar, todos hacen algo allí. Pues él también. Es muy duro. No, es más duro de lo que estás pensando ahora.

Se me acercó sonriendo abiertamente. Con el tiempo he aprendido que cuanto más sonríe, más te dolerá a ti. Así que crucé mentalmente los dedos para que esa sonrisa fuera para otra persona. Pues no. Era una enooooorme sonrisa sólo para mí.

Se suponía que yo no iba a poder hacer nada hasta después del verano o incluso más tarde, que simplemente iba a pasar esos meses haciendo básicamente cardio y "cogiendo fondo". Pues mira tú por donde, el muchacho me ha dicho que quiere que el jueves vaya a su clase de body pump. ¿Qué es el body pump? Pues como ya sabrás, body significa cuerpo y pump es el sonido que hará mi body cuando caiga de culo, cosa que sucederá más o menos a los diez segundos de empezar la clase.

Me dijo que empezaría suavecito, con pocos kilos de peso. Y que era muy fácil.

Mira cómo es https://www.youtube.com/watch?v=vATJC09QQyg  Y ahora contesta con sinceridad, ¿me imaginas haciendo eso?

Hoy me ha explicado un par de ejercicios, para que supiera cómo va la cosa. Mañana repasaremos y el jueves, ale, a los leones. Esto no tendría que pasar hasta septiembre. Que yo veo cómo salen las muchachas de esa clase, chicas que llevan años practicándolo...

Así que, por si acaso, me despido. Si la cosa sale bien y sobrevivo y llego arrastrándome a casa (no cuento con poder caminar erecta), te lo haré saber. Si la cosa sale mal... que sepas que estaré pensando en ti en mi agonía.

Si ya ahora con lo poquito que hago me duele todo, miedo me da lo que me espera el jueves... y cómo estaré el viernes, si supero la prueba.

Como forma de protesta, hoy me he bebido el contenido de una lata de un popular refresco de sabor a cola.
Ea. Con un par.

lunes, 13 de marzo de 2017

Música para hoy

Hoy toca Enya, algunos temas que me gustan.

De El señor de los anillos https://www.youtube.com/watch?v=K_XQ8mwC_zE

De Gladiator https://www.youtube.com/watch?v=AGxaQtnbPAo

De Matrimonio de conveniencia https://www.youtube.com/watch?v=izYrFFyY0O4

Y porque la tierra tira https://www.youtube.com/watch?v=rGwUpsyDJTk

Poema para hoy


Acaso está lloviendo también en tu ventana;
acaso esté lloviendo calladamente, así.
Y mientras anochece de pronto la mañana,
yo sé que, aunque no quieras, vas a pensar en mí.

Y tendrá un sobresalto tu corazón tranquilo,
sintiendo que despierta tu ternura de ayer.
Y, si estabas cosiendo, se hará un nudo en el hilo,
y aún lloverá en tus ojos, al dejar de llover.

José Angel Buesa, Canción de la lluvia.

viernes, 10 de marzo de 2017

Música "de cuerdas"

Pues sí, hoy la música va de cuerdas. Para no ser original, las cuerdas básicamente de guitarras, aunque también hay por medio un violín y un par de cellos.

Son temas muy diferentes entre sí, de los que yo considero grandes músicos. Espero que alguno te agrade.

Paco de Lucía: https://www.youtube.com/watch?v=2oyhlad64-s

Santana: https://www.youtube.com/watch?v=BkC0MnQd5pI

Steffen Schackinger: https://www.youtube.com/watch?v=JX61Jlvd-Yw
                                https://www.youtube.com/watch?v=4GJs6Cj7X2I

Steve Vai y John Petrucci: https://www.youtube.com/watch?v=5rxy8yAKlNU

Ray Montford Group: https://www.youtube.com/watch?v=a0A6mHwPLh4

Joe Satriani: https://www.youtube.com/watch?v=Yo6LXD7uzn4

2 Cellos/Steve Vai: https://www.youtube.com/watch?v=qfGggAGITwg


jueves, 9 de marzo de 2017

Tatuajes


Pues ya estoy tatuada.

Después de que el nano comiera, me di una ducha y nada más salir, sonó mi móvil, para preguntarme si en lugar de a las siete podía ir antes a hacérmelos. De hecho, si podía ir en ese mismo momento. Y fui.

Mi primera vez, así que el tatuador, Rafa, me explicó todo, me habló de las tintas, de las agujas y de pieles.

De los cuatro tatuajes, dos son "yo", quiero decir que son cosas muy mías, muy íntimas, por tonto que pueda parecer. Esos tres tenía muy claro cómo los quería y dónde. El problema, me dijo Rafa, es que mi piel es muy blanca y sensible y que si me los hacía en la zona que quería, con el tiempo podrían deformarse un poco. Así que antes de nada, revisó la zona en cuestión y afortunadamente llegó a la conclusión de que no había problema, que aunque sea blanca y de piel sensible y todo eso, era perfecta y estaba muy bien (mi piel, no yo, obviamente).

Respecto al cuarto tatuaje, me aconsejó hacerlo más grande de lo que yo tenía pensado, para que quedara mejor y las líneas más claras. También me sugirió que en lugar de sólo la silueta del tulipán pusiera como un fondo de colores pastel, para animar el dibujo y que quedara mejor.

Después de aclarados lugares y tatuajes, hicieron pegatinas para que viera cómo quedarían y si quería cambiar de sitio un poco más acá o allá.

Y empezó con mi parte izquierda. Yo iba preparada para el dolor. Rafa me dijo que casi todas las chicas que había tatuado le decían que preferían tatuarse que depilarse, que era menos doloroso. Y la verdad es que tienen razón. No duele. Y no deja de ser curioso porque ves cómo sangras y no notas dolor ni molestia ni nada.

Después de acabar los tatuajes, me los cubrió con papel film y me dio las directrices a seguir durante los próximos diez días. Con el tiempo se verán mejor, conforme la piel se vaya curando.

No pensé que me sentiría así al tatuarme. En cuanto acabó de hacer el primero, me sentí feliz. Muy feliz y descansada, como si me quitara un peso de encima. Fue una sensación curiosa por inesperada.

Rafa me dijo que eso le sucede a mucha gente, que hay personas que jamás pensaron en tatuarse y que, tras una experiencia determinada, cambian de idea y se tatúan como una especie de expresión o de liberación de sus sentimientos.

Como sea, tengo claro que tenía que hacer lo que he hecho. Y me encantan. Los tres míos son muy sobrios, sencillos, son lo que son y punto. El tulipán de mi hermana está más colorido en parte también por ella, que es tan femenina y presumida y le gustan los colores y todas esas cosas.

Un efecto colateral es que mañana y el sábado tengo que bajar el ritmo en el gimnasio, el sudor es malo para los tatuajes y además no puedo hacer la mayoría de los ejercicios de pesas, por mover demasiado los sitios tatuados. El lunes retomaré la normalidad y mañana y pasado me dedicaré a hacer algo suave, sin más.

En unos días, cuando ya esté todo más o menos asentado, si quieres, publico la foto del tulipán tal como está hoy y cómo queda tras esos días de cura.



miércoles, 8 de marzo de 2017

Poema para hoy...


Quisiera ser tu propio pensamiento,
la inseparable sombra que te siga
si no ya como amante, como amiga,
en sol, en luna, en luz de apartamento.

Quisiera ser el vaho de tu aliento,
la inquietud afectiva que te intriga,
de tu edificio columnata y viga,
de tus heridas oloroso ungüento.

Tanto quiero ser tuya, hacerte mío,
que dejaré mi espíritu vacío
para que lo satures de tu esencia.

Remolca mi silueta en tu sendero,
sombra adherida a tu vagar ligero,
y absórbeme en tu piel y en tu existencia.

Francisco Alvarez

Día de la mujer y todo eso...


Hoy es el día internacional de la mujer. Y aprovecho la circunstancia para contarte qué me parece este tipo de cosas.

Se supone que parte del significado del día de hoy es igualar a la mujer y al hombre. Igualarles a la hora de derechos y deberes, claro, porque hay cosas en las que las diferencias son insalvables (y que vivan las diferencias, digo yo).

Entiendo que se ha luchado mucho por los derechos de la mujer. Por sacarla a nivel social y legal del ala protectora masculina (padre, hermano, esposo). Pero cuando se quiere normalizar algo, digo yo que lo menos indicado es incidir precisamente sobre esa diferencia.

Hay un día de la mujer, pero no hay un día del hombre. Eso es una diferencia. Hay un día del orgullo gay pero no hay un día del orgullo heterosexual. Otra diferencia. Creo que no se puede buscar la igualdad pasando al otro lado de la verja e incidiendo en justo lo contrario. Resaltar una cosa hace que otras se queden en segundo plano. Eso no es igualdad.

Por otra parte, ¡qué demonios! Todos los días son días de la mujer, del hombre, del padre, de la madre, de los enamorados, de la lucha contra enfermedades, de los derechos humanos... Te diría incluso que todos los días son navidad, porque son un regalo en sí mismos.

No me siento más orgullosa ni más libre ni más igual que ayer o que (supongo) me sentiré mañana. Yo soy yo, siento como siento y pienso como pienso, cada día. Si se quiere recordar a una serie de personas (hombres y mujeres) que han luchado por los derechos de la mujer y por equipararlos a los de los hombres, estupendo. Se merecen eso y más. Y otro día para los investigadores de enfermedades raras. Y otro para los investigadores que buscan soluciones a enfermedades más comunes. Y así sucesivamente. Pero que se celebre el trabajo y el sacrificio de esas personas.

Y lo que queda, que aún hay mucho por avanzar en todos esos temas.

Y para finalizar, hoy he recibido una imagen y un vídeo referentes a la mujer. Y tengo que aclarar una cosa. Soy mujer. No soy una modelo. No soy joven. No sé a qué huelen las nubes. No voy por la vida en plan princesita de cuento de hadas. No me precede una musiquita celestial. Soy una mujer de mediana edad, más bien feúcha, con mis cosas buenas y mis cosas malas. Soy madre y "llevo mi casa". No tengo absolutamente nada que ver con las imágenes del vídeo ni de la foto. No soy un ser abnegado, una santa, alguien a quien hay que admirar y que es un ejemplo. Soy mujer y soy persona y hago lo que tengo que hacer, como todo el mundo. Ni más ni menos.

Porque el que se nos ponga como seres de luz es otra forma de romper una supuesta igualdad. Es lo que decía antes, de pasar de un extremo al otro. Y no es así. Y digo yo, ¿no sería mejor celebrar el día de la persona? Así, sin más. O no celebrar nada, simplemente vivir. Y convivir.


martes, 7 de marzo de 2017

Poema para hoy


A veces quiero preguntarte cosas,
y me intimidas tú con la mirada,
y retorno al silencio contagiada
del tímido perfume de tus rosas.

A veces quise no soñar contigo,
y cuanto más quería más soñaba,
por tus versos que yo saboreaba,
tú el rico de poemas, yo el mendigo.

Pero yo no adivino lo que invento,
y nunca inventaré lo que adivino
del nombre esclavo de mi pensamiento.

 Adivino que no soy tu contento,
que a veces me recuerdas, imagino,
y al írtelo a decir mi voz no siento.

Gloria Fuertes


Martes, 7 de marzo de 2017

Podría poner cualquier otra cosa en el título de la entrada, pero quise poner la fecha porque tenemos la costumbre, o al menos yo la tengo, de tener especial querencia por determinados días como cumpleaños, aniversarios, vacaciones, etc y nos olvidamos que todos y cada uno de los días que vivimos es único e irrepetible, por lo tanto, especial.

¿Y qué me ha pasado en este día tan especial? Pues que ya he empezado con mis dos horas diarias de gimnasio, que no contenta con ello, he aumentado en cinco kilos más el trabajo en algunas máquinas y también he empezado a hacer tres series de ejercicios en lugar de sólo dos.

¿Resultado? Estoy molida. Más que molida, estoy pulverizada. Al llegar a casa, una ducha casi eterna con vistas a posteriores agujetas. Dolor de piernas y algo de hombros.

Y por la tarde, me pongo a hornear.


Mañana toca repartirlos, todos menos uno que queda para el nano (yo no como los bizcochos que hago, bueno, ningún bizcocho en general).  De hecho el "nuestro" no sale en la foto, ya estaba siendo catado.

Hacer bizcochos me relaja. Y me gusta repartirlos, porque a la gente le gustan. Y para una cosa que me sale bien, qué menos que compartirla, ¿no?.

Espero que tu día especial haya sido agradable.

lunes, 6 de marzo de 2017

Historias del gimnasio

Sigo siendo la última mona del gimnasio, no creas que eso ha cambiado. A pesar de que han empezado a acudir varias mujeres más de una década mayores que yo. Es triste, pero es así.

Estoy alcanzando la meta de las dos horas diarias (excepto los sábados que siempre serán los cincuenta minutos de rigor). Mañana empezaré a hacer tres tandas de ejercicios anaeróbicos en lugar de las dos que llevo haciendo hasta ahora, y tengo que aumentar cinco kilos en una de las máquinas y tres en otra. Va a doler, sí.

Por las mañanas hay poca gente, estamos casi siempre los mismos, dejando aparte, claro está, a los y las que vienen sólo lunes, miércoles y viernes a alguna clase en concreto (zumba, spinning, body pump). Una de las personas "habituales" es un muchacho que se pasa ochenta minutos seguidos en la elíptica y dándole marcha, nada de tranquilidad. Acaba completamente empapado, tiene que cambiarse la camiseta antes de seguir con su rutina de ejercicios.

Siempre he sentido curiosidad por cómo será el tacto de unos muslos como los suyos, porque si los míos, que soy la peor de todos, están duros, los suyos tienen que romperte los dedos si intentas tocarlos, por lo menos.

Me enteré de que está haciendo todo ese ejercicio para perder grasa. ¿Grasa? Si no tiene... Pues sí, compite en un concurso de culturismo o algo por el estilo y tiene que perder la grasa que te juro que no le veo por ninguna parte. Tiene una dieta muy estricta, que consta básicamente de proteínas y una triste pizquita de hidratos de carbono.

Cuando se enteró de mi curiosidad por sus muslos, se acercó a mi cinta donde yo estaba sudando la gota gorda, se levantó el brevísimo pantaloncito corto con el que hace ejercicio y me dijo "Toca, toca". A lo cual yo, estúpida de mí, contesté "No, no, yo quiero tocarlos pero mientras estás en la elíptica, no aquí parado".

Obviamente no le he tocado los muslos. Pero quería contarte esta anécdota para ilustrarte sobre algo que siempre he tomado como no es.

La naturalidad con la que se ofreció a que calibrara su musculatura no me sorprendió. De hecho, lo que me sorprendió fue no sorprenderme. Y pensando sobre ello, me di cuenta.

Cuesta tanto esfuerzo y sacrificio llegar a tener una buena musculatura y un buen tono corporal, que cuando lo muestras no es por pura y dura vanidad ni por estupidez (aunque habrá de todo, claro), sino que es la satisfacción de conseguir algo tras un arduo esfuerzo. Es como mi sencillo orgullo al ver que cuando me siento, mis muslos no se desparraman como antaño sino que quedan en su sitio, como si la fuerza de la gravedad no les afectara. Pues mira, es una tontería, pero mi trabajito me ha costado llegar a ello. Ojo, que aún estoy penosa, no vayas a pensar que ahora se puede ver para mí con agrado, aún no he llegado a ese punto (me he propuesto tener un cuerpo normal en dos o tres años).

Como hoy el trabajo físico ha sido bastante duro, se ha despertado mi vena malvada, así que mañana por la tarde me pasaré un par de horas horneando y el miércoles llevaré unos bizcochos al gimnasio. Ñec, ñec, ñec. A mí me gusta hacer los bizcochos, pero no comerlos.


Chorradillas

Hace mucho, mucho tiempo tuve un blog. Bueno, otro blog. Empezó siendo un poco coral, con varias personas que contribuían con relatos, noticias, poemas, lo que quisieran. Fue un comienzo muy bonito.

Con el paso del tiempo, pasó a ser sólo "mío" en el sentido de que era la única que publicaba cosas. Y un día, por razones que no vienen al caso pero que tal vez te cuente en alguna otra ocasión, lo cerré y desapareció en el agujero negro en el que Internet acumula todos los desperdicios.

En ese blog publiqué mis chorradillas, cosas tontas que escribía a veces porque me daban vueltas en la cabeza y no me dejaban en paz hasta que salían en forma de palabras escritas.

Carlos las rescató y las guardó en un archivo de texto. Yo las había dado por perdidas. Y como nunca se sabe lo que va a pasar en la vida y aunque alguna vez deje de escribir en el blog, no lo eliminaré, voy a publicar aquí y ahora esas chorradillas mías. Porque él quería que perduraran y que las pusiera en algún sitio.

Así que ahí van.

Moneda

Lo vio acercarse corriendo todo lo que sus piernecitas daban de sí, el gorro de lana calado sobre las orejas, sus mejillas sonrojadas y los ojos brillantes del frío y de la ilusión. Llevaba sus manos cubiertas por unos guantes a juego con la gorra, cruzadas sobre el pecho, apretando algo contra su cuerpecillo. Una sonrisa tensaba sus labios hasta límites casi insospechados. Había visto esa escena, con sus distintas variantes, cientos o miles de veces, pero jamás me cansaba de ver el proceso. Cuando llegó a la puerta, se detuvo casi con brusquedad, esperó unos segundos, en quietud reverente antes de entrar en la tienda. Su mirada parecía querer abarcar todo el espacio al mismo tiempo. Con pasos temblorosos, comenzó a recorrer las distintas vitrinas donde se colocaban las cajas de dulces. Se tomó su tiempo, era una decisión complicada, quedarse con sólo una opción de entre los cientos que ofrecía el establecimiento.

Se quitó un guante, con cuidado de no tirar la moneda que había estado protegiendo con tanto ahínco y se dispuso a la delicada tarea de retirar un caramelo gigantesco del tarro donde se encontraban dichos dulces. Una vez cogido, su cara por un momento pareció envejecer, dejándome entrever el adulto que, con el paso de los años, se iría apoderando de la frescura, ilusión y alegría de la niñez. Un instante difícil el de darse cuenta de que para poder llevarse el caramelo, tendría que renunciar a la moneda. El niño prevaleció, como siempre y, acercándose a regañadientes, dejó la moneda sobre el mostrador, esperó a que yo la recogiera y, con una sonrisa de despedida, se lanzó de nuevo a la calle, el guante olvidado sobresaliendo del bolsillo del abrigo y la boca abierta, expectante, paladeando ya el dulce sabor azucarado de su primera compra.


Hojas muertas

Estoy sentada en el banco del parque. Mi banco, el de madera desgastada y descolorida, el que tiene marcas de navaja en las tablas de los asientos, como si fuera un libro de visitas. Desde aquí y aun estando de espaldas a la casa, siento la mirada de mi madre, la noto de una forma casi física, intentando tirar de mí hacia ella.

Miro las hojas caídas en el suelo. Me encanta la tonalidad de las hojas. Me gustan más que cuando refulgen verdes en las ramas. Claro que la primavera es hermosa en colores, claro que los almendros en flor son una maravilla, pero yo no tengo más primaveras. Me queda el otoño, nada más. Y casi lo prefiero así. Siempre me ha gustado el colorido del otoño, la temperatura, los cambios en el ambiente, el contraste entre los días, unos aún cálidos y otros ventosos y grises. Todos los años me siento en el parque cuando caen las hojas y las veo revolotear casi a ras de suelo para quedar atrapadas por un pequeño charco o enlazadas a algún arbusto, o simplemente posadas en la hierba. Y todos los años veo como las amontonan, con rastrillos, las apilan y se las llevan. Pero siempre queda alguna atrás, una hoja tardía que cae después de la recogida, o una hoja impertinente que se resiste a despegarse del suelo. En mis días buenos, pienso que esas hojas son como luchadoras independientes que pelean y consiguen permanecer donde quieren, aferradas a toda costa a su sitio. En los días malos recuerdo que sólo son hojas muertas, que se pudrirán y desaparecerán, simplemente eso.

Afortunadamente los días malos apenas hacen acto de presencia. No puedo permitirme ese derroche, ya he perdido demasiados días peleando con la realidad, pensando en la cantidad de cosas que no viviré, que no veré, que no sentiré. No más cumpleaños, no veré crecer a mi sobrina, ni envejecer a mis padres, ni veré el último episodio de mi serie favorita... al principio pensaba en todas esas cosas y lloraba y me ponía fatal. Pero me di cuenta de que si podía hacer cosas, vivir cosas, sentir cosas. La vida, una vez aceptado el hecho de que me quedaba poco tiempo, adquirió más intensidad. Puedo saborear un paseo por la orilla del mar, sentir los granitos de arena en la planta de los pies, oler el picante y salado perfume del agua, notar los ligeros embates de las olas en mis piernas, helándolas. Puedo disfrutar una puesta de sol, ver la magia que hay en el crepúsculo. Las cosas, las personas, los animales, las relaciones, todo parece más real ante la propia muerte.

Cuando el tercer especialista me confirmó el diagnóstico, me enfrenté al dilema de elegir entre calidad y duración. Elegí la calidad, prefiero pasar este tiempo, hasta casi el final, disfrutando y no alargar mi vida a costa de pasar la mayor parte del tiempo internada en el hospital o medio ida.
Me gustaría hacérselo entender a los demás. Me gustaría hacerles entender que me siento más viva que nunca, con más ganas que nunca, aun cuando ya he aceptado lo que ocurrirá. Pero ellos, inconscientemente, ya me han matado. Ya estoy muerta, incluso para mi madre, ahí, en la ventana, mirándome mirar las hojas muertas. Ella sí piensa en el después, y no se da cuenta de que pensando en el después se está perdiendo el ahora.

Me gustaría poder entrar en casa como hacía antes, con los ojos brillantes por el aire frío, las mejillas y la nariz coloradas y las manos heladas, casi insensibles y proponer para mañana un picnic, ir todos juntos a asar pollo y chorizos y salchichas en la parrilla de piedra que hay en el monte, con mantas, cojines viejos y ganas de charlar y disfrutar el estar juntos.

Podría hacerlo, pero no sería lo mismo. Se esfuerzan en hacer como si nada ocurriera y son esos esfuerzos los que hacen evidente que sí ocurre algo. Nadie me lleva la contraria, nadie se enfada conmigo, nadie me manda recoger la mesa tras la comida, o fregar los platos y vasos. Ya no se oyen voces alegres o malhumoradas, no hay risas ni música en casa, sólo susurros.

Así que aquí estoy, esperando la llegada de la noche, en mi banco, en el parque, viendo cómo recogen las hojas caídas durante el día. Es la última vez y al mismo tiempo es la primera. Mamá ya no está en la ventana, no siento su mirada atravesarme, llamarme. Supongo que en unos minutos aparecerá con algún abrigo o una bufanda e intentará convencerme para que entre y no coja frío. Y yo la complaceré, en parte porque sé que el cuidarme así la hace sentir mejor, y en parte porque ya se han llevado las hojas, el parque ha quedado desnudo, como los árboles, salvo un par de hojas resistentes al rastrillo, que adornan con su tono otoñal el verdor de la hierba.

Me siento bien, en paz. Oigo pasos que se acercan, mi madre con un chal de lana. Le sonrío y veo cómo intenta forzar una sonrisa que parezca natural y tape las lágrimas, la impotencia y el desconsuelo que lleva por dentro. Soy una hoja a punto de caer, nada más. Una hoja muerta, que dejará su sitio a otras en el futuro, verdes brillantes y vibrantes. Pero aún estoy unida al árbol, de forma precaria, eso sí. Aún puedo disfrutar del paisaje y de mi caída.

Me dejo abrazar y guiar hacia dentro de la casa iluminada.



El momento más dulce

Distingo el perfil de tu cuerpo en la penumbra, relajado, laxo, dibujándose entre los finos rayos de luz que entran por las rendijas de la ventana. Si me acerco, sé que veré una expresión relajada en tu cara, tus labios entreabiertos en una sonrisa inocente, tu frente desprovista de arrugas, todo placidez. Pero no me acercaré, podría despertarte y romper el hechizo de este momento, en el que tú eres mío, me perteneces completamente, aun sin saberlo. Cuando despiertes, será diferente, será otra cosa, pero en este instante, acariciándote con la mirada, siento que me perteneces, así como te sentías tú minutos antes, mientras murmurabas entre dientes: "Mía, mía, sólo mía".

Son minutos robados al tiempo y al sueño, minutos que compensan horas de espera, dolor, sufrimiento, horas perdidas, horas lentas, terrible tiempo sin ti.

Déjame disfrutar este momento, déjame disfrutar de ti.


Cuento

Un día más. Eso pensó al abrir los ojos por la mañana. Un día como otro cualquiera, en el que llevaría a cabo la rutina establecida, una rutina cómoda, apacible, pero rutina al fin y al cabo. Tras vestirse, fue a la cocina con la idea de prepararse una taza de café que le proporcionara la energía necesaria para afrontar las próximas horas. Los platos en el fregadero y alguna pelusilla campando por el suelo mataron la ilusión del café e hicieron aparecer una amarga mueca en su rostro.

Rutina, lavar, recoger, barrer, preparar, comprar, las mismas tareas, las mismas caras, las mismas cosas, un día tras otro. Ya no pensaba en el futuro, un monótono transcurrir de días vacíos, de simplemente sobrevivir. Acaso alguna fecha especial, alguna celebración como colofón pero poco más. A veces recordaba cuando el abrir los ojos era el inicio de una jornada llena de ilusión, cuando una sonrisa no abandonaba su cara, cuando las maravillas la rodeaban. ¿Cuándo cambió todo?¿Cuándo se convirtió en alguien gris y apagado? Creía que había sido un proceso lento pero firme, donde los pequeños detalles y las pequeñas cesiones fueron haciéndose cada vez mayores, más presentes, fueron barriendo las ilusiones y la alegría hacia un rincón.

¿Qué hacer?¿Cómo romper la rutina, el ciclo, las cómodas pero asfixiantes costumbres diarias?
El brillo de sus ojos había desaparecido hacía tiempo y la ausencia de sonrisas había dejado marcas profundas en su cara. Ya no había luz en ella.

Una vez acabadas las tareas caseras, se dispuso, como todos los días, a hacer la compra, pensando hastiada en la rutina que llegaba hasta el trayecto a seguir a la hora de ir de tiendas. Se preguntó, con un atisbo amargo de su antiguo sentido del humor, si el planeta dejaría de girar en el caso de pasar por la panadería antes de ir a la carnicería. Una leve sonrisa acompañó a ese pensamiento. Se imaginaba la cara de las parroquianas al verla entrar con la sempiterna barra de pan, en busca de un trozo de carne para asar, los comentarios. ¡Qué triste el saber que esa nimiedad sería el centro de los comentarios en los corrillos!
Sus pasos la llevaron, inconscientemente, hacia los buzones en el portal. La rutina. Ver si había correo, verlo en caso de que lo hubiera y volver a dejarlo para recogerlo a la vuelta. Había algo, un sobre blanco. Pensó automáticamente en facturas. Pero no. Era un sobre de papel grueso, de tacto granuloso, sin matasellos, en el que sólo una palabra destacaba: su nombre. Se quedó perpleja, no parecía una nota de una vecina, ni uno de los típicos trucos publicitarios. Su nombre parecía saltar desde la blancura del papel. Su nombre, simplemente, sin apellidos ni más datos. Su corazón alteró momentáneamente su ritmo de latidos. Un rubor leve se extendió por sus mejillas, al ver lo tonta que era. ¡Sólo era un sobre, por favor!. ¿Tan patética era que el hecho de encontrar algo así en su buzón le parecía el colmo de la emoción?

Dudó entre abrirlo en ese momento o, como siempre, esperar a la vuelta. La curiosidad le vencía, pero ese día estaba demasiado triste, demasiado vencida, y decidió dejarlo para la vuelta, con el fin de estirar un poco más la ilusión.

Seguramente sería una tontería que la haría sentir ridícula por su reacción, pero pensaba sacarle todo el jugo posible. Así que con un último esfuerzo, volvió a meter el sobre por la ranura correspondiente a su buzón, irguió sus hombros y se dispuso, un día más, a enfrentarse a la lucha diaria por el mejor trozo de carne de cerdo.
Una hora más tarde, cargada con diversas bolsas, estaba de nuevo frente al buzón. El sudor la cubría parcialmente, fruto del esfuerzo y la carga que llevaba. Dejó las bolsas de la compra, extrajo el sobre y se dirigió hacia la puerta de su casa. Dejó la carta sobre la mesa y se dispuso a guardar la compra. Se sentó, después, con el sobre en las manos, dándole vueltas. Bien, se acabó la ilusión. Ahora lo abriría y aparecería una absurda nota con un recado o un encargo. En fin, adelante.

Dentro había una hoja gruesa, de un blanco cremoso, doblada por la mitad. La abrió y para su sorpresa, no había ni una sola palabra escrita. De la doblez del papel cayó, revoloteando, un pétalo carmesí, acorazonado. Durante unos segundos, se quedó como helada, sin reaccionar. Su mano se dirigió, como por voluntad propia, hacia él. Estaba medio seco, tenía un tacto deliciosamente suave y era hermoso.
Volvió a meterlo en la hoja doblada y esta en el sobre. Le dio vueltas. No sabía qué pensar. Durante el resto del día, entre tarea y tarea, lo cogía entre sus manos y le hacía sentir bien. Lo guardó en su mesita, con sus objetos personales. Pasó el día, la monotonía alterada por un pétalo de flor.

Al día siguiente, lo primero que hizo al abrir los ojos, fue buscar el sobre. Se había convertido en una especie de amuleto contra la abulia, en un talismán, una ilusión. Se levantó dispuesta a enfrentarse a la rutina, pero parecía como si el alma le pesara un poco menos. Un pétalo, algo tan sencillo...

Al bajar a la compra, con pies más ligeros que el día anterior, hizo la parada obligada en el buzón, y su corazón pareció dar un vuelco cuando atisbó entre la oscuridad, el fulgor blanco de un sobre. No se arriesgó a abrir la puertecilla del buzón sino que salió apresurada a hacer los recados. Una sonrisa iluminaba su cara, la gente se le quedaba mirando, notando algo extraño en ella, algo diferente. ¿Ilusión?

Volvió a casa casi corriendo, sus manos temblaban al buscar la llave de la pequeña cerradura del buzón. Otro sobre, con su nombre. Llegó a casa. No se molestó en guardar las cosas, abrió el sobre. Otro papel doblado, otro pétalo. Otra ilusión que rompía la rutina. ¿Qué pasaría mañana?

A veces, un pequeño detalle sin importancia, marca una enorme diferencia para los demás.


Un segundo

Me siento idiota. No, no me siento idiota, lo soy. ¿Qué demonios hago aquí, empapándome de lluvia, esperando? Se acabó, me largo. Vamos, no es tan difícil, simplemente es echar a caminar, ir a algún sitio. Tomar algo con los amigos, ir a casa, al cine, pasear, cualquier cosa, menos quedar ahí calándome como un gilipollas. Mierda. ¿Por qué?. ¿Para qué pasar hasta una hora plantado como un pasmarote por sólo un segundo?

Me doy de golpes contra la pared en la que estoy apoyado. Quiero irme, quiero dejar esto ya. Ya basta de tonterías. Me voy. Le den. Me separo de la pared y doy un par de pasos por la acera, alejándome. Cada vez mis zancadas son más cortas, noto una presión en mi interior, una necesidad casi física de volver. No, joder. No. Sigue. Lo más difícil ya está, ahora sólo queda seguir. Sin darme cuenta, giro y vuelvo a encaminarme al sitio de siempre. A medida que me acerco, me siento más ligero, camino más deprisa. Estoy volviéndome loco, definitivamente. ¿Es esto lo que sienten los adictos?¿Esta necesidad furiosa que barre con todo razonamiento? Sé que puedo irme, sé que puedo dejarlo, sé que lo que hago no tiene sentido alguno, pero lo que sé, lo que razono, lo que comprendo, choca de frente con lo que siento, con lo que mi cuerpo necesita y decide. Y mi cuerpo me pide quedar otra vez, el tiempo que sea, esperando. Llueva, nieve o haga sol, esperar. Esperar hasta una hora, dos, las que sean, por sólo un segundo. Día tras día. ¿Hasta cuándo?¿Hasta que desaparezca?¿Hasta que no vuelva a pasar?¿Hasta que mi cuerpo entre en razón? Da igual. Está ahí, esa tremenda necesidad.

La siento aun antes de verla. No, yo no la siento, es mi maldito cuerpo quien la siente. Mi corazón parece pararse un segundo antes de acelerarse, mis pulmones se quedan repentinamente como sin aire, noto un zumbido en mi cabeza... diosss, estoy loco, esto no tiene sentido. Levanto la cabeza en el momento exacto, en el segundo exacto en que pasa, a veces sola, a veces acompañada. Nunca me ha dirigido una mirada, nunca se ha dado cuenta de mi presencia, nunca he escuchado su voz ni he visto una sonrisa suya. Es sólo un segundo en que nuestras vidas se cruzan antes de volver a separarse... hasta el día siguiente, claro.

A veces capto su olor, un leve aroma que provoca que las aletas de mi nariz se dilaten, que hace que en mi cabeza haya una explosión de sensaciones. Hoy no. Hoy sólo la vi pasar. !Sólo¡ !Qué estupidez¡ Como siempre, apenas un minuto después de que pase, reniego de mí mismo, me juro que mañana estaré en otro sitio, con otras cosas. Después de verla, siento lo imbécil que soy, lo estúpido de todo esto. Y me siento con fuerzas y ganas de dejarlo ya, de volver a la normalidad. La de coñas que tendría que soportar si se enteran mis amigos. Si es normal, leches. Menuda bobada. Ya está. Hoy ha sido el último día. Se acabó. No más.
Y me vuelvo a mi vida, a mis cosas, a mi gente, con la certeza de que mañana sentiré el impulso irresistible de volver, de esperar el tiempo que sea, todo por un segundo.


Tiempo

Ya habían pasado sus años de loca juventud, estaba ya mediada la treintena. La serenidad por fin, tras una larga carrera, la había alcanzado, llenando su vida de momentos dulces y tranquilos. Había aprendido a apreciar los pequeños lujos de la vida y la salud, a disfrutar de las cosas que la rodeaban y que poco tiempo atrás daba por supuestas y por eternas en su vida. Un aroma, ya fuera de una flor o de una comida, el distinto colorido de las estaciones, sentir el calor de los rayos del sol en su cara, o los alfilerazos del frío viento invernal... ahora encontraba motivos de gozo y alegría a su alrededor.

Qué placer en la quietud, que tranquilidad el no necesitar violencia en los sentimientos o en los sentidos para poder tener un instante de placer. La gente que antes se escandalizaba por sus excesos, que la condenaba por su forma de devorar la vida y lo que tenía a su alcance, ahora murmuraban a sus espaldas, preguntándose el motivo de un cambio tan repentino y radical. Antes sus detractores se hacían notar como un oleaje en plena tempestad, ahora, sin embargo, susurraban su descontento y desconfianza como un incesante arroyo a través de un valle. Ella hacía caso omiso a las murmuraciones, así como en su etapa anterior había desechado las increpaciones con un simple movimiento de hombros.
Ella era feliz, en su mundo. Y a veces, la felicidad es algo imperdonable.


Cosas

Ella estaba preparada desde sólo hacía unos minutos cuando llamaron al telefonillo. Dio unos pasos tambaleantes sobre sus zapatos sin estrenar y pulsó el botón que abriría la puerta, unos pisos más abajo, sin siquiera preguntar de quién se trataba. Un giro hacia el salón para comprobar que nada estuviera demasiado desordenado y se dirigió hacia la puerta del apartamento. Fue rápido, ya que las puertas del ascensor se abrieron a la par que la puerta de entrada. Lo primero que observó fue su bolsa, una bolsa con una extraña forma, alargada. Lo siguiente, su forma de caminar, con pasos firmes y seguros, como si no fuera la primera vez que entraba en ese lugar, como si no fuera la primera vez que veía a la mujer. Ella fue incapaz de levanar la vista hacia su cara, ni siquiera hacia su cuello o su pecho, sus ojos se dirigían invariablemente hacia el suelo. El se dio cuenta de su temor e hizo lo único que podía calmarla en ese instante, abrazarla. Sintió el temblor de su cuerpo e intentó aplacar su preocupación susurrando palabras tranquilizadoras. Por un instante, le dominó el impulso de besarla, al notarla tan indefensa, tan vulnerable, pero después se impuso su ética profesional y con un último apretón sobre sus hombros, le preguntó dónde estaba el enfermo al que había ido a atender.


Fácil

Estás sentada tranquilamente en casa, estás decidida, sabes lo que tienes que hacer, lo que debes hacer... y es tan sencillo... un gesto, un simple gesto, y ya está. Lo tienes claro, por una vez te has enfrentado a la realidad, y en lugar de esconder la cabeza en la arena, la has mantenido erguida, has hurgado en tu herida, y en las que has provocado, intentando limpiarlas para una buena cicatrización. No te queda más que hacer, sólo ese simple gesto, nada más. Tus manos han iniciado cien veces el movimiento preciso, y cien veces se han detenido al límite. Sabes que debes hacerlo, sabes que debes pagar por lo que has hecho, y sabes que lo único que puedes hacer es seguir hasta el final, obligar a tus manos a finalizar la tarea. ¿Por qué no lo haces? Vamos, no es difícil, es lo más sencillo, lo más rápido, lo más limpio. No hay otra opción, y lo sabes, acaba lo que has empezado. Tus pensamientos retumban en tu cabeza, puedes huir de todo menos de ellos. Te repiten lo mismo una y otra vez, día y noche: hazlo, hazlo, hazlo... Aprietas los labios, fruces ligeramente las cejas, tus manos se mueven, iniciando una vez más los movimientos tan ensayados, llegas al límite de nuevo, y piensas que si sigues, no habrá marcha atrás, y tus manos siguen moviéndose...

A veces

A veces he sentido que mi vida ha sido un dejarme llevar por las corrientes, blandamente, un dejarme estar acomodada e inerte, sin luchar, sin pensar, sin vivir realmente, un flotar en la realidad, un alejamiento de mí misma una desgana, un desvivir. A veces la realidad me ha golpeado con su presencia, me he acercado al suelo, he pisado brevemente la vida y me he asustado; no quiero luchar contra la corriente que me ha llevado siempre, no quiero negar mi vida, cómo ha sido, a pesar de mirar atrás y poder seguir los meandros del río que me lleva no quiero dejar de ser acomodaticia pero...
me gustaría tanto ser
me gustaría tanto existir
conocerme
saber
pasa el momento
y vuelvo a mi flotar
a mi dejarme llevar
a cerrar los ojos
a no estar

Historia

Miro fijamente el monitor, cómo va trazando crestas y valles, insistentemente, sin apenas variación, sin detenerse. Los números que aparecen en el monitor parpadean, pero no cambian. La vida sigue. Por mucho que mire, el dibujo se repite una y otra vez, como burlándose de mí. A veces desearía que se detuvieran, que desaparecieran en una eterna línea contínua. Significaría el fin. Día a día, semana a semana, mes tras mes, veo la misma montaña apareciendo y desapareciendo, dibujándose y a veces queriendo saltarme a la cara desde la pantalla. Puedo pasar horas mirándola, como si eso pudiera cambiar algo. No. Lo mismo, una y otra y otra vez, sin parar.

Ellos no saben que lo veo. Creen que estoy... no sé dónde creen que puedo estar, pero lo que está claro es que no son conscientes de que sigo aquí, tumbada en la cama del hospital. No oigo, no hablo, no puedo moverme, sólo ver. Hace mucho que veo, sin más, un día empecé a ver, pensé, tonta de mí, que sería el inicio de una recuperación. Ese día, estaba él sentado a mi lado, se echó sobre el timbre y en unos minutos se llenó la habitación de médicos y enfermeras. Me auscultaron, me miraron el fondo del ojo, miraron y revisaron mis constantes y se fueron. No sé lo que debieron pensar o decir, porque no oigo. Recuerdo que mientras manejaban mi cuerpo, intentaba hablar, intentaba gritar, hacer algo que les hiciera notar que estaba de vuelta de la oscuridad. Pero no fui capaz, o ellos no fueron capaces de verlo. Doy por sentado que toman el movimiento de mis ojos como algún tipo de reflejo.

Ahora veo día a día sentado a alguien conocido y querido en la silla, a mi lado. Al principio me miraban a mí, y me hablaban o por lo menos eso creo, porque movían los labios, sonreían, a veces lloraban. Poco a poco su atención fue dispersándose. Salían (supongo que a la cafetería) y pasaban largos ratos fuera. Al volver, en lugar de mirarme, miraban el monitor. No les culpo, yo he hecho lo mismo, veo el monitor, más que a ellos.

Me siento enterrada dentro de mi cuerpo, como golpeando las paredes de músculo y piel, ahogada, atada, asfixiada. En esos momentos de angustia es cuando deseo que la montaña dé paso a una línea horizontal. No puedo escapar de esta situación, no puedo escapar de mí misma. Tenía la esperanza de que esas alteraciones lograran cambiar algo, que dieran pie a que se me diera una oportunidad de salir de aquí, de volver a ser dueña de mi cuerpo, de poder ser. Pero no, por mucho que mi mente grite, por mucho que me aporree, todo sigue igual.

He encontrado una forma de paliar esa angustia, los recuerdos. Es curioso, pero todos los recuerdos que vienen a mi memoria son buenos, alegres, curiosos, hermosos. Recuerdo tener bebés en brazos, su olor, su tacto, su liviandad. Recuerdo el olor de mi madre, sus manos que hacían que se marchara el dolor, cualquier dolor. Recuerdo lagrimear al comer pica pica y reír al tiempo. Recuerdo el agua helada del río. Recuerdo la sensación de dormir abrazada por la persona que amas. Muchos recuerdos, deshilvanados, pero que actúan como sedantes para mí.
Sé que piensan que no estoy, sé que con el tiempo van perdiendo la esperanza de que vuelva y sé que llegará un día en que el dibujo del monitor cambie.

Mientras, después de un fugaz vistazo a la silla, mirando cómo la miran, mis ojos se dirigen también a la pantalla. Van apareciendo crestas y valles, siempre igual, siempre lo mismo. A veces deseo que pare, a veces lo temo. Y grito y lloro y pido ayuda desde dentro de mí, pero no me ven, no me oyen. Estoy. Soy. He vuelto.


Una noche

Una noche más, tumbada en la penumbra. Nunca en la oscuridad. Siempre un leve resplandor que permite definir los contornos de los muebles y los escasos adornos de mi dormitorio. El silencio sólo se rompe por algún lejano carraspeo de otros que, como yo, dejan deslizarse el tiempo hasta la hora de la claridad diurna. Siempre, en estos momentos, me viene a la mente una imagen: un estante de una tienda, lleno de latas de conserva, perfectamente apiladas y alineadas. Así me siento en estos momentos, como una especie de lata de atún o de sardinillas, rodeada de otras similares, anulada por la uniformidad. He pasado de ser persona a ser "caso" y de eso a ser simplemente un número, una ficha en un disco duro, un fajo de papeles en un archivo.

Pero eso es en estos minutos que preceden al despertar oficial, los minutos que he aprendido a gastar en silencio tras algunos intentos de hacer algo provechoso con ellos. Intentos que han resultado estrepitosos fracasos.

Todos los días iguales, todas las noches iguales, rutina. Rutina en el horario, en la comida, en las actividades. Por nuestro bien, dicen, por nuestra tranquilidad y por nuestra salud. ¡Ja! Más bien por las suyas. Es mucho más fácil tratarnos como borregos que como personas, llevarnos de una sala a otra, como antes solían llevar a las ovejas, ale, a divertirse.

Afortunadamente, los domingos las cosas cambian. Los domingos, días anodinos por naturaleza antaño, ahora son fuente de alegría para mí. Mi nieto viene a verme, mi mijito lindo. Siempre se las ingenia para pasar de contrabando alguna chuchería prohibida, o algo peor, como la vez en que trajo una pequeña botella de mi anís favorito camuflada en un sobre de Hacienda.

Suele llegar a media mañana, dispuesto a pasar unas horas con esta pobre vieja, viendo ambos las carreras mientras masticamos pequeños tentempiés o directamente comemos las delicias con las que me sorprende cada semana. Al principio pensaba que venía medio obligado por su gran corazón, pero conforme han pasado los años, los remordimientos han ido cedido al egoísmo y la verdad es que disfruto mucho sus visitas.

A veces me trae fotos de sus amigos y amigas, o algún recorte de una noticia curiosa, un menú de algún restaurante, o alguna otra fruslería con la que pasar el tiempo charlando o riendo. Son cosas que me permiten pasar la semana con mayor resignación y que me dan un poco de esperanza cuando tengo el día tan gris como el cielo plomizo de noviembre.

Lo mejor es cuando trae una de sus historias, un trozo de mundo exterior a esta burbuja estática en la que me encuentro. Entonces veo lo que me describe, incluso llego a sentir los olores, el calorcillo del sol, escucho las risas de los niños, el golpeteo de las cucharillas en las tazas de café... mmm café, mira que nunca me ha gustado y desde que estoy aquí metida, me apetece un montón una buena taza de café negro, aromático y fuerte.

Espero que transcurran los días hasta el domingo, en que su sonrisa eliminará la oscuridad de todos los rincones, en que me sentiré como una niña la mañana de su cumpleaños, esperando ver qué maravilla saca de su bolsa de lona que siempre acompaña sus visitas.



Sin ti

Apenas han pasado unas horas desde la despedida, y ya me duele estar sin ti. Ya me he puesto a revolver la casa, buscando recuerdos, reuniendo cosas que has tocado, que has utilizado, que te han servido, cosas que avivan mis recuerdos, que intentan infructuosamente, mantenerte un poco más a mi lado, aquí, junto a mí.

Menos de un día y me parece agotador estar sin verte, sin tocarte, sin compartir silencios. Las cosas han perdido su sentido, intento refugiarme en la rutina diaria, pero hasta ella está impregnada de ti, de tu forma de ver y de hacerme ver las cosas.

"Aprende una cosa nueva cada día", me dijiste, fue una de las últimas cosas que dijiste antes de vaciar mi vida con tu ausencia. Hoy he intentado aprender a encarar la vida sin ti. No he aprendido, mañana haré otro intento.

"Trata de ser feliz", qué fácil era y qué complicado se ha vuelto. Ya no serlo, sino intentarlo. Ah, bendita autocompasión, me rebozo en tí, te me quedas pegada ayudada por mis lágrimas. Y no es fácil sacudirte de encima. No trato de ser feliz, no tengo fuerzas para ello.

"No me olvides" , esa es la parte fácil, no olvidarte, sigues aquí, ahora. Tengo la impresión de que si me giro con la suficiente velocidad, estarás detrás de mí con esa mirada chispeante y tu media sonrisa en la boca, como tramando otra de tus trastadas o pensando algo divertido que hacer

"Te quiero", fue lo último que me dijiste. Curiosa despedida. Pero lo más curioso es que te creo. Me quieres, supongo que aún me querrás ahora y durante un tiempo seguirás queriéndome, quizás no a mí, quizás más al recuerdo de lo que fui, de lo que soy, más que a mí misma. En cierto modo, he empezado a morir con ese "Te quiero" . Yo también te quiero, a ti, a tu recuerdo, a lo que fuiste, a lo que creo que fuiste, a lo que serás.

Me pediste un poema, como despedida y te di dos. En ellos estoy, en ellos estamos, una forma de permanecer juntos.



Dulzura

Todos los domingos me preparaba minuciosamente, me engalanaba con mi mejor traje, me afeitaba hasta que mi cara estaba suave, peinaba mi cabello hasta que cada pelo quedaba en su sitio, me perfumaba, recolocaba mi corbata y revisaba mi aspecto antes de salir. Iba, como suele decirse, hecho un pincel.
Todos los domingos a la misma hora, me subía a mi coche, reluciente y recién lavado, y tomaba el mismo camino, cruzándome con la misma gente y sintiendo la misma expectación que me hacía sonreir.
Y, como todos los domingos, al llegar, me la encontraba, cerca de la puerta, también con sus mejores galas, repeinada, reluciente con el brillo lechoso de una perla en su piel, los ojos brillantes, el carmín fulgurante en sus labios dispuestos en una sonrisa en cuanto me veía llegar.
Y, como todos los domingos, pasaba unas horas a su lado, compartiendo confidencias, risas, silencios, el humo del prohibido tabaco fumado a escondidas, complicidad.
Para los demás somos una pareja curiosa, el hombre que va a visitar a su suegra en la residencia, pero que nunca pasa de la puerta donde le espera, coqueta, una mujer varias décadas mayor que él, pero con quien desgrana el tiempo absorbiendo y disfrutando de su dulzor.


 
Hogar

La primera vez que entré, fue de noche, tras un viaje un tanto accidentado. Resulta extraño pensar que, con lo cansada que estaba, el entrar en una habitación sólo iluminada por el fuego de la chimenea y por unas cuantas velas repartidas aquí y allí, me resultaría reconfortante, pero así fue.

La penumbra me envolvía y me abrazaba. Lo primero que hice, fue, por supuesto, acercarme a la chimenea, no tanto por calentarme las manos como por disfrutar de las llamas. Siempre me ha atraído la danza del fuego. A la mañana siguiente tuve la ocasión de observar más detenidamente la habitación de la chimenea, que ocupaba prácticamente el total del piso bajo de la casa. Ese cuarto es, para mí, la definición de hogar, de calidez, de familiaridad. Un lugar que puede resultar solemne o divertido, un lugar donde pasar unas horas compartiendo el silencio o las risas, donde comer sentados a una mesa puntillosamente adornada o donde comer unos sandwiches en unos platos...

Me sentía más a gusto allí que disfrutando del desayuno en la terracita, bebiendo el zumo y comiendo las tostadas con el sol intentando entibiar mi piel.

Había encontrado mi sitio, en una esquina de la chimenea, viendo las llamas, y alimentándolas de cuando en cuando con alguna piña o alguna rama que alargara el hipnótico canto de sirena del fuego.

Cada vez que voy, cuando entro, lo primero que hago es ir a mi sitio particular, sobre la alfombra desgastada y marcada por las pequeñas quemaduras de las pavesas, me siento durante un instante y después, feliz, me dirijo a disfrutar del resto de la casa y sus habitantes.



Perrechiña

Perrechiña tardó mucho en nacer, no como sus compañeras de camanda. Pasó sus primeros meses de vida con otros perros, siendo su mundo el sitio en el que se movía, jugaba y crecía con sus coetáneos. Un día, un hombre entró en el mundo de Perrechiña, la vio, le gustó y se la llevó a su casa. Fue un momento un poco traumático para ella, de repente descubrió que el mundo era mucho más que lo que conocía. Tenía miedo a lo desconocido pero se puso en manos de su amo. El la llevó a su casa, le enseñó las normas, le mostró en qué sitios podía estar y en cuales no, pasó tiempo mostrándole cómo comportarse, cómo estar. Perrechiña se fue amoldando poco a poco a su nuevo hogar. Podía estar en zonas muy específicas de la casa y la mayoría de las veces, acompañada de su amo, a cuyos pies pasaba la mayor parte de las horas. Su amo solía irse todos o casi todos los días y pasaba muchas horas fuera, ordenándole antes de irse que le esperara y que se portara bien. Perrechiña no sabía dónde iba su amo o qué hacía ese tiempo, pero siempre le esperaba atenta, obediente y se llevaba una gran alegría cuando regresaba.

Así fue pasando el tiempo y la perra mestiza estaba feliz y tranquila, satisfecha. Un día, ella estaba jugando con las zapatillas de su amo, sin estropearlas, cuando de repente él se enfadó y la echó de casa. La perra no sabía qué había pasado, no entendía nada. Se quedó delante de la verja de la casa, esperando a que su amo apareciera y la abriera para dejarle entrar. Pasaban los días, ella entreveía a su amo moverse por la casa. Cada vez que decidía alejarse porque no soportaba la pena, su amo asomaba la cabeza por una ventana y susurraba su nombre, con lo que la perra alimentaba la esperanza de poder volver algún día al sitio que consideraba su hogar.

Pero hasta la paciencia de la perra más fiel tiene su límite y llegó el día en que Perrechiña se echó a caminar carretera abajo, hasta que encontró un cobertizo medio en ruinas, donde se hizo un ovillo y se quedó. De cuando en cuando veía pasar otros perros, buscando comida o dueño, otras veces veía a amos y amas paseando orgullosos con sus perros de la correa o pegados a sus piernas. Ella al principio sentía tristeza y añoranza, pero con el paso del tiempo se acostumbró a la libertad y a disfrutar de la compañía de los paseantes esporádicos.

Un día otro hombre se acercó a ella. Como no llevaba perro de la correa o a su lado, Perrechiña se puso a la defensiva. El hombre se limitó a sentarse en una gran piedra, a unos metros de donde ella estaba y empezó a hablarle suavemente. Perrechiña se acostumbró a la voz del hombre, a su presencia y un día se vio paseando a su lado, libre pero unida a él por un lazo invisible. El hombre la llevó a su casa. Era un sitio muy diferente al que ella conocía. Esperó que le dijeran por dónde podía moverse y por dónde no, pero el hombre se limitó a decirle las normas básicas de convivencia y la dejó a su antojo. Perrechiña iba explorando la casa poco a poco, con el temor de su anterior experiencia encima, esperando siempre que la echaran por la mínima causa pero lo que encontraba era que el hombre aparecía y le contaba cosas sobre la historia de la casa, sobre él e incluso alguna sobre ella misma. El miedo de perrechiña no desaparecía pero iba menguando con el tiempo, a medida que veía que su nuevo amo no la iba a echar. Había quedado en ella una tristeza, un daño que hacía que no quisiera encariñarse ni acostumbrarse demasiado a este amo, pues había aprendido de la peor forma que hay personas que adoptan una mascota y con el tiempo se cansan de ella y la dejan tirada con la menor excusa que se les ocurra.

Ahora Perrechiña pasa las largas tardes de invierno tumbada delante del fuego de una chimenea, sobre una alfombra cómoda, a los pies de su amo, sintiéndo como la confianza y el tiempo van curando, poco a poco, la inseguridad y el miedo que llevó como equipaje.



Cosilla

Se despertó con un sobresalto, como quien se sacude una pesadilla de encima. Su cuerpo, como un resorte, se irguió hasta quedar sentada, con los ojos aún cubiertos por el velo del sueño, la respiración agitada y una sensación de urgencia. No sabía porqué se había despertado tan repentinamente ni de dónde procedía esa necesidad casi física de moverse, de actuar. Sí, pero ¿qué era lo que resultaba tan apremiante?. Su cabeza se giró hacia la mesita de noche, sobre la cual estaba su despertador digital. Se dio cuenta de que se había quedado dormida, de que después de muchas horas de vigilia, dando vueltas en la cama, su cuerpo se había rendido, casi sin darse cuenta, al cansancio y su mente había buscado refugio en el sueño.

Como todos los días, deseó que ese fuera el elegido por el destino (en forma de servicio postal) para iniciar su cambio de vida. Al principio, abría el buzón con emoción contenida, con ansiedad alegre, con esperanza. Ahora, era un temblor de manos, una necesidad de noticias, aunque fueran malas.

A pesar de haberse dormido, aún faltaban unas horas para que pasara el reparto del correo. Siguió su rutina habitual, intentando concentrarse en cada pequeña tarea, alargándola al máximo, dejando resbalar los segundos y los minutos. A medida que se acercaba la hora, su oído parecía agudizarse, intentando aislar el sonido del motor de la furgoneta del correo de entre las docenas de ruidos que poblaban la calle en la que vivía.

Imposible ponerse con alguna tarea que requiriera un mínimo de concentración, eso debía esperar a las horas de la tarde, cuando ya no había nada que esperar, sólo el transcurrir del tiempo hasta la mañana siguiente.´

Sonó el timbre desde el portal y se dirigió presurosa hacia la puerta, para bajar y recoger del buzón la correspondencia. Miró por la rendija y vio que había varios sobres. Abrió la puertecilla, no sin cierta dificultad, y tomó un pequeño montoncito de correo en su mano. Sin volver a cerrar el buzón, empezó a pasar una carta tras otra. Publicidad, una carta del banco, un recibo telefónico... y el sobre, por fin. Siempre había pensado que llegado ese momento, iría a casa y abriría la carta con cuidado y tranquilidad, pero los días de incertidumbre pesaron más que sus propósitos, y rasgó el sobre, destrozándolo casi por completo. Las hojas que contenía temblaban entre sus dedos, dificultándole parcialmente la lectura. Unas lágrimas aparecieron, inundaron y desbordaron sus ojos. Si fueron de alivio o de decepción, lo dejo a tu elección.




Beso

Cierro los ojos, no porque no quiera verte, sino para sentir con más intensidad la emoción de la anticipación, el breve momento previo en que sé lo que va a suceder. Giro la cabeza y acerco mis labios a los tuyos, hasta llegar a rozarlos. Dibujo el contorno de tu boca, de un lado a otro, acariciándola y sintiéndola suave bajo el roce de mis labios. Me detengo en el centro de los tuyos, presionando suavemente y entreabriendo los míos, moviendo mi cabeza en una suave negación con la que intento entreabrir tu boca. La punta de mi lengua se acerca y te toca con timidez. Me permites la entrada, pero antes deseo aprisionar tu labio inferior entre los míos, un suave tirón de carne tibia. Ahora es el momento, el momento de conocer tu sabor, el tacto de tu lengua con la mía, y en ese instante, en que estamos dentro el uno del otro, mis labios se tensan como en una sonrisa, y , saboreándote, dibujan tu nombre sobre tu boca...

domingo, 5 de marzo de 2017

Cabreo





Lo que ves en la imagen es un vaso de agua. Sí, un vaso de agua, de la que sale del grifo de la cocina de mi casa. Si en lugar de ese, la hubiera cogido de otro, saldría del mismo color. Agua marrón. Es lo que tengo hoy en casa para ducharnos, lavar, fregar, beber... Y no es ni la primera ni la segunda vez que sucede algo así.

Otras veces, sale con tanto cloro (o a saber qué otra cosa), que si es agua caliente el vapor hace que se te irriten y lloren los ojos.

La empresa que suministra el "agua potable" aquí es Gestagua. Para cobrar no tienen fallos, que conste. Eso lo hacen bien.




sábado, 4 de marzo de 2017

Una canción para recordar

Supongo que la conoces, en su momento se podía escuchar por todas partes.

Espero que te guste.

https://www.youtube.com/watch?v=ZSM3w1v-A_Y

viernes, 3 de marzo de 2017

Hoy, un clásico


Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.


Pablo Neruda, Poema XV




 

La pasión turca, 1994




Leí la novela hace muchos muchos años. Y ayer vi la película.

¿Sabes lo que se dice de "si has leído el libro, no veas la película"? Pues en mi opinión es perfectamente aplicable en este caso.

Mientras con la lectura te quedan muy claros los caracteres de cada personaje, los motivos que llevan a cada uno a hacer lo que hace, en la película todo gira alrededor de la dependencia sexual de la protagonista por su amante turco. Y hay mucho más detrás, más que eso.

Si te planteas el verla como simplemente una película con pinceladas eróticas y algunos desnudos de Ana Belén (cuerpazo tiene, por cierto), entonces adelante.

Pero si esperas ver la historia de Desideria y de la gente que la rodea, olvídalo. Se pasa de puntillas por cosas que creo que son importantes para la continuidad de la historia. No sé, me ha decepcionado bastante. Y como colofón de esta decepción, el final. Nada que ver con el que había leído. Y poco coherente, me parece.

Resumiendo: si lo has leído, no lo veas. Si no lo has leído y la ves, después léelo y me entenderás.


Angus Young


Suelo dar por sentado que las cosas que sé, las sabe la mayoría de la gente. Y después pasan cosas como el chiste del gato de Schröedinger o como lo de AC DC y me doy cuenta de que no es así.

Así que se me ha ocurrido escribir esta entrada sobre algunas cosillas, (pocas), que sé y que seguramente tambien sabrás sobre el guitarrista de AC DC y uno de los fundadores de la banda, Angus Young.

Tanto él como sus hermanos son de origen escocés, aunque emigraron a Australia muy jóvenes, con sus padres. Allí el hermano mayor se hizo relativamente conocido en el mundo de la música. A Angus no le seducía mucho la idea de trabajar ni estudiar, así que probó suerte también en el mundo de la música y tras varios intentos de crear banda, finalizó fundando AC DC. El nombre se sacó de la máquina de coser de una de sus hermanas, les gustó tanto el nombre como el rayo que separaba las cuatro letras y ahí quedó.

No le gusta cantar, aunque a veces hace coros en temas como TNT. Le gusta tocar la guitarra y siempre ha usado una Gibson, su favorita de siempre.

En las primeras actuaciones del grupo, solía salir disfrazado, de Superman, de mono, de lo que se le ocurriera. No paraba de moverse, a veces incluso tocaba tumbado en el suelo o girando sobre su espalda.


Es una persona físicamente muy menuda, bajito y delgado (mide 155cm y pesa unos 50 kg). Y el más joven de los hermanos. Así que una vez, su hermana le sugirió que en lugar de esos disfraces, fuera con un traje de colegial, porque por su edad y su aspecto parecía un niño de colegio. Y así es como empezó a llevar su famoso traje de colegial inglés. Los primeros se los hacía su hermana. Ahora ya los compra, claro, son de terciopelo y dice que cada uno le dura entre tres y cuatro conciertos. Y que no son muy caros, "sólo" cuestan unos mil dólares más o menos. (Lo de que no son caros lo dice él).

Fuma muchísimo. Está casado y no tiene hijos, cuando se le pregunta al respecto, su respuesta es que su mujer dice que ya tiene bastante con un niño grande como es él.

En cada concierto, como dije en la otra entrada, hace una parodia de streap-tease, mostrando al final los calzoncillos con la bandera del país en el que estén tocando. Hay por lo menos una excepción, la del concierto del 2012 en Buenos Aires, en el que lo que mostró fueron unos calzoncillos con estampado relacionado con la banda.

Dice que tras un concierto necesita entre cuatro y seis horas para recuperarse y que desde hace unos años cuando van de tour llevan algunas botellas de oxígeno por si fuera necesario.

La primera vez que tocaron en España no sabían cómo iba a reaccionar el público, porque tenían una idea de un país tremendamente religioso y cerrado y la idea de tocar Highway to hell en un ambiente así, les hacía sentir curiosidad. Y se llevaron una grata sorpresa, porque naturalmente, el público disfrutó con el concierto.

Y más o menos eso es todo lo que sé sobre Angus Young. Fuera del escenario es un hombre tranquilo al que le gustan las cosas sencillas y pasar desapercibido.

jueves, 2 de marzo de 2017

The jack, AC DC


La canción me gusta, el espectáculo también porque tengo una especial debilidad por Angus Young (aunque haya estado a favor de que Axl Rose destrozara los temas del grupo). Una aclaración: normalmente muestra la bandera del país en el que estén tocando, pero no debía tener unos con la bandera argentina y en esta ocasión fueron de la banda.

Si no sabes de lo que estoy hablando (un clásico en los conciertos de AC DC), échale un vistazo al vídeo. Y si coincidimos, disfrutarás tanto la música como las sonrisas del espectáculo.

https://www.youtube.com/watch?v=eVlRQn6AMYs

Y otro más.


Un día te querré... Un día, ¿cuándo?
No lo sé, ni me importa, todavía.
Tan segura de amarte estoy, un día,
que ni anhelo ni busco, voy andando.

Mi mano que la espera va ahuecando
hoy reposa indolente, blanda y fría.
Un día te querrá... Hoy sólo ansía
encerrarse en la tuya, descansando.

Mi amor sabe aguardar. No es impaciente:
Su deseo es arroyo, y no torrente
que hacia ti, con certeza, sigue andando.

Y una tarde cualquiera y diferente
me ha de dar a tu amor, serenamente.

Un día te amaré, ¿qué importa cuándo?

Julia Prilutzky, Un día te querré...

Poema para hoy


Yo digo: estoy cansada de la lluvia,
de la neblina, de la bruma incierta.
Quiero volver al sol y estar contigo
simplemente, en la arena.

Comienzo a odiar el gris, me estorba el humo
y sé que la ceniza es harapienta.
Quiero mares de añil, y no estos ríos
hechos como de lodo y de miseria.

Cansada de llevar el duelo
de todas las penumbras, y las nieblas;
quiero un cielo con nubes en retazos
y una noche de estrellas.

Ah, no sentir temor de ser la llama:
no, ni de arder, ni de quemarse en ella.
Toda la vida fue un interrogante
sin eco ni respuesta,
todas las horas fueron lejanías:
hoy quiero ser por fin, una presencia.

Julia Prilutzky



miércoles, 1 de marzo de 2017

1 de marzo


Hoy hace un año, justamente un año.
Y llueve como entonces en el atardecer.
Y es una lluvia lenta, tan lenta que hace daño,
porque casi no llueve ni deja de llover.

Mi pena es una pena sin tamaño,
en el tamaño triste de un nombre de mujer,
aunque la gente pasa sin saber que hace un año,
y aunque la lluvia ignora que llueve como ayer...

Jose Angel Buesa, Aniversario.