sábado, 18 de febrero de 2017

Recordando el costurero



El costurero de mi madre era de mimbre, forrado por dentro con una tela a pequeños cuadros blancos y rojos, la misma con que estaba forrada la tapa. Al abrirlo, se veía una pieza de madera roja, como un cajoncito que ocupaba toda la superficie del costurero, con varios departamentos diminutos: uno para el dedal, otro para las agujas, otro para trocitos de espuma verde que aún no sé para qué se utilizaban. Había incluso un trozo de tiza, pero no de las de pizarra escolar, sino una lasca de tiza verdosa. Y es curioso, porque mi madre en la vida ha dibujado ni cortado patrones.

Las agujas estaban metidas en algo muy semejante a los blisters en los que venden las minas de los portaminas. La mitad era transparente y la otra mitad, la que se abría, de color azul claro. Había un buen montón de agujas, de diferentes tamaños.

Al sacar esa primera pieza de madera roja, aparecía el fondo del costurero, lleno de "por si acasos". Retales de distintos tipos y colores de tela, trocitos de cenefas, carretes de hilo de colores casi imposibles... y lo que yo consideraba el mayor tesoro: botones.

Había cientos de botones, la mayoría procedentes de camisas y abrigos que fueron convertidos en trapos. De todos los tamaños, formas y colores. Con dos y con cuatro agujeros. Planos, con rebordes, con formas geométricas...

Me pasaba horas jugando con ellos. A veces jugaba a las familias, reunía varios grupos con un botón enorme que era el padre, otro un poco menor, que era la madre y distintos tamaños que eran los hijos. Y a partir de ahí, hacía que jugaran entre ellos, que se enfadaran, que hicieran fiestas de cumpleaños...

Otras veces jugaba a los clanes. Bueno, yo no sabía lo que era un clan por entonces, pero agrupaba a los botones en clases: los del tipo camisa por un lado, los de tipo fantasía por otro, los desparejados por otro... Y jugaba a relaciones internacionales entre ellos, porque cada uno vivía en una esquina diferente de la mesa del salón. En esa superficie sucedían alianzas, guerras, trampas y todo lo que se me ocurriera.

Las menos de las veces, jugaba a las joyas. Enhebraba una aguja con un hilo de color llamativo e iba ensartando botones, formando pulseras y collares que indefectiblemente, acababan rompiéndose y diseminando las piezas por todo el suelo del salón.

Porque en mis años de infancia jugaba en el salón. De rodillas en el suelo, entre uno de los dos sofás individuales y la mesa. Era una mesa bajita que se podía subir y transformar en una enorme mesa donde comer o cenar en ocasiones muy especiales, como las Navidades o algún cumpleaños. Porque sí, por entonces los cumpleaños se celebraban en casa, con tortilla, patatillas, frutos secos, zumos, medias lunas con embutido y tarta casera. Ah, y los refrescos, que eran el no va más.

Era la época en que en televisión sólo había dos cadenas, que verla en color aún era una novedad. Y en la que el salón y la cocina eran los núcleos familiares. Comíamos todos juntos, la mayor parte de la conversación la llevaban mis padres, hablando de "cosas de mayores". A veces nos preguntaban sobre el colegio o alguna cosa nuestra, pero eran las menos. Afortunadamente. Porque enseguida te podías meter en un lío si te ibas de la lengua.

En el salón pasábamos las tardes de los fines de semana, mis padres y mis hermanos sentados en los sofás y yo en la alfombra. Me encantaba sentarme en el suelo, no sé porqué. Veíamos El hombre y la tierra, La casa de la pradera, Heidi, Marco, La abeja maya... Sí, todos, incluso mis padres veían los dibujos animados también.

A veces enviaban a mi hermano a la churrería que habían abierto justo frente a nuestro portal, para que comprara una bolsa enorme de patatillas, hechas por ellos. Y mi madre las ponía en un par de platos, para que todos alcanzáramos fácilmente.

Con el paso de los años, mis hermanos se casaron y tuvieron hijos. Ahora en la cocina sólo comíamos mis padres, mi hermano pequeño y yo. Y las cosas seguían igual, simplemente había un tema más de conversaciones "de mayores", que era hablar de cómo les iban las cosas a mis hermanos mayores.

Los sábados y domingos se acortaron las horas de televisión porque mis hermanos venían de visita y entonces mi madre se ponía a hacer tortillas gigantes y croquetas enormes, para que comiéramos todos y para que mis hermanos se llevaran las sobrantes "porque así ya no tenían que hacer cena". La verdad es que ni tenían que hacer cena ni casi comida al día siguiente. Mi madre cuando cocina con vistas a que sobre para que la gente se lleve a casa, lo hace a lo grande.

Me pregunto qué ha sido del costurero de mi madre. Conociéndola, seguro que estará en algún rincón escondido del salón, tal vez aún con retales, hilos y botones mezclados.


2 comentarios:

Margari dijo...

Tus recuerdos me han llevado a los míos... Y he vuelto a mi infancia, cuando veía con mi hermano Los tres mosqueperros, Willy Fog, Comando G, Dragones y mazmorras, Érase una vez... Con mi sandwich de nocilla y mi colacao. Cuando nos retábamos jugando a los trompos, a las canicas, al yoyo, al futbolín, al platillo chino... Y las interminables partidas con los globos.
Besotes!!!

osheaa dijo...

Hay bastante diferencia de edad entre mis dos hermanos mayores, mi hermano menor y yo, así que mi compañera de juegos siempre fue la imaginación... y qué bien que no lo pasábamos!!

Bicos