lunes, 30 de enero de 2017

Carlos

Esta es una entrada sobre Carlos y su enfermedad, él quería que escribiera sobre ello y hoy, casi un año después de su muerte, por fin he logrado ponerme a ello.

Si normalmente escribo fatal y todo deslabazado, esto va a ser peor, obviamente.

Ahí va:


Todo empezó un viernes a finales de octubre de 2015. Carlos llevaba unos días quejándose de que tenía algo en la garganta que le molestaba. No le impedía tragar ni hablar, pero era una molestia, decía que era como si tuviera algo clavado en la garganta.

Así que ese día, me dijo que si durante el fin de semana no le pasaba, el lunes iría al médico. Horas más tarde, después de comer, me llamó desde el cuarto de baño. Fui y me señaló un diminuto puntito rojo en la loza del lavabo, había sangrado por la boca, pero era algo nimio.

Le dije que tal vez lo de la garganta era una heridita o algo por el estilo y que mejor íbamos a urgencias para salir de dudas.

Y allá fuimos, al centro médico (aquí hay un centro de atención primaria, la mayoría de las especialidades, pruebas y los ingresos hay que hacerlos en Coruña). Al llegar, como suele pasar siempre, nos tocó esperar. Eso es lo que peor lleva, le molesta muchísimo perder tiempo, estar sin hacer nada. Así que esa fue la primera de muchas ocasiones en las que empecé a hacerle preguntas sobre sus próximos proyectos, a discutir ideas, a meter algún chiste por medio para hacerle reír y así pasar la espera un poco mejor.

Cuando fue su turno, quiso que entrara con él. Le dijo al médico lo que le pasaba y le hicieron una revisión en la que no encontraron nada anómalo. El doctor dijo que tal vez lo que le pasaba es que tuviera alguna herida que él con el material que tenía en el centro médico, no podía ver. Y nos dio un volante para ir a Urgencias al hospital de Coruña, al Teresa Herrera (más conocido como el Materno), que era donde estaban los otorrinolaringólogos.

Pero no quiso ir ese día, dijo que estaba ya cansado de perder tiempo y que iríamos al día siguiente. Y así hicimos. El sábado arrancamos para Coruña y otra vez a esperar. El otorrino le miró tanto la garganta como la nariz y no vio nada raro. Dijo que posiblemente lo que le pasaba era que tenía reflujo y que no se preocupara.

Así que nos dirigimos hacia la puerta. Estábamos a punto de atravesarla cuando el médico dijo que sólo por asegurarse, sería conveniente hacer unas radiografías, que seguramente no saldría nada pero sólo por si acaso.

Otra vez a esperar y le hicieron las radiografías. Al cabo de un buen rato, el otorrino volvió a la consulta y le preguntó si alguna vez le habían operado de algo en el pecho o el pulmón. Carlos dijo que no, el otorrino dijo que el radiólogo había visto algo en uno de los pulmones, que le parecía como una cicatriz, no en el mismo pulmón sino por encima de él. Y nos dio un volante para neumología, en otro hospital, el Juan Canalejo.

Al Canalejo y a esperar. Ir a urgencias al Canalejo pone a prueba cualquier paciencia y la de Carlos, como dije antes, no era mucha en cuestión de esperar... y ya llevábamos todo el día de espera en espera, así que su nivel de tolerancia había bajado mucho.

Al box, por fin. Electrocardiograma, auscultación, pinchazo en arteria (doloroso) y a esperar resultados. Nos dijeron que tal vez habría que hacer una broncoscopia para ver qué había allí, pero que si los resultados de los análisis daban bien, nos dejaban irnos para casa y nos llamarían a lo largo de la siguiente semana para hacer la prueba. Que si no nos llamaban, fuéramos por urgencias con el volante que nos iban a dar, que entonces le ingresarían y le harían la prueba como paciente ingresado.

Por supuesto, Carlos no quiso ni tener eso en cuenta, si pasar un día entero de hospital en hospital y de espera en espera ya hacía que sintiera que había perdido el día, estar ingresado nada de nada. Además, eso supondría no poder pegar ojo, pues cualquier ruído le molesta. Y es cierto, ha habido veces en que no pudo dormir porque había una mosca en la habitación (no un mosquito), y el ruido que hacía al volar no le dejaba dormir.

Afortunadamente, unas horas más tarde, los resultados de la analítica y de la saturación dieron perfectos y nos fuimos para casa. Fue el primer día en que empezaron a decirnos "no sabemos, hay que hacer pruebas, a ver qué sale".

Cuando era ya jueves, Carlos estaba dando vueltas a la cabeza, sin querer ir a ingresar en el hospital. Y justo esa tarde, llamaron por teléfono. Para decirnos que no iban a hacerle una broncoscopia, porque eso sólo se hacía si había algo en los pulmones y las radiografías daban a entender que tenía algo por encima de uno de ellos. Así que nos dieron cita para la neumóloga.

En esos momentos aún estábamos tranquilos, no nos planteábamos nada serio, simplemente una serie de pruebas y de molestias sin más y tal vez un tratamiento y punto.

Llegó el día de la cita y la neumóloga le abrió una ficha, con sus datos personales y médicos. Dijo que quería que hiciera un TAC, que en esa prueba se vería claramente si había problemas en el pulmón o fuera de él. Pues vale. Una enfermera maravillosa nos dio una tarjeta con su número de teléfono por si teníamos dudas o pasaba algo y nos dijo que fuéramos a que le hicieran el TAC y que pidiéramos de paso cita para la broncoscopia, para ir adelantando tiempo, que si el TAC daba resultados buenos, siempre se podía cancelar lo otro.

Pues vale. El siguiente paso, TAC. Más horas de espera, más horas hablando de todo y de nada. Aún sin demasiada preocupación, Carlos sentía más curiosidad que otra cosa. Y necesitaba saber, pero no sólo saber lo que le pasaba, sino saber qué le iban a hacer, cuál era el proceso de cada prueba. No tenía miedo al dolor ni a la incomodidad, lo que le vencía era el no saber. Así que siempre hacía muchas preguntas sobre cómo iba a ser todo.

Le inyectaron un contraste en vena. Y al cabo de un rato largo, el TAC. Salió casi sonriente, había sido una novedad para él y no esperaba que fuera nada así.

Al llegar a casa, googleamos, porque quería enseñarme exactamente cómo había sido la prueba, lo que sintió, lo que escuchó, todo.

Pasaron unos días y llamaron de nuevo. Hacía falta hacer la broncoscopia. No dieron más datos, simplemente hacía falta hacerla y nada más. Ahí empezamos a preocuparnos. Fuimos y se la hicieron. Me dejaron estar con él casi todo el rato, porque se ponía muy nervioso si no estaba cerca. Así que me quedé en un rinconcito de una habitación atestada de camas con pacientes recuperándose de la sedación de la misma prueba, sosteniendo su mano y bromeando con él.

Apareció una enfermera, nos dijo que teníamos que llevar un papel a la clínica Modelo (una clínica privada de Coruña), porque tenían que hacerle una prueba llamada PET que sólo se podía hacer allí. Pedimos información, que nos dijeran algo, lo que fuera, porque nos estaban llevando de un sitio a otro sin más.

Apareció una doctora y dijo que le habían tomado casi una docena de muestras del pulmón, que las iban a analizar pero que para ir ganando tiempo fuéramos a pedir el PET, que era una técnica parecida al TAC, pero más avanzada.

Preguntó qué pasaba, qué opciones estaban barajando, qué le pasaba. Todo con la misma frialdad que tuvo siempre, quería saber, eso era todo. La doctora dijo que tenía una inflamación en el pulmón. Nos miramos y sonreímos. Una inflamación no suena tan mal. Al vernos contentos, la doctora rectificó y dijo que había una lesión en el pulmón. Bueno, una lesión es una herida, puede ser algo serio pero no tanto como lo peor, así que seguimos más o menos sonrientes. Y al final nos dijo que lo que tenía era una masa que no debería estar ahí, que los análisis de las muestras aclararían si era algo malo y que el PET también ayudaría al diagnóstico.

Carlos en ese momento decidió que no había que preocuparse hasta que fuera el momento de hacerlo. Que seguiríamos con nuestras vidas como hasta ese momento y que lo que fuera, pues ya saldría.

PET en la Modelo. Y cita con la neumóloga, para ver los resultados de las muestras.

Habíamos estado hablando de juegos. Carlos me había regalado el año anterior un juego expresamente hecho para mí, a mi gusto. Y el juego tuvo éxito, así que se planteaba hacer una especie de trilogía, manteniendo el espíritu del juego inicial pero añadiendo dos nuevos. Y ahí estábamos compartiendo ideas y riéndonos de bobadas, cuando nos tocó entrar.

A esas alturas yo ya me había leído montones de cosas sobre el cáncer de pulmón y por lo que había visto, en la situación de Carlos, por edad y por estado físico, había menos de un uno por ciento de posibilidades de que lo tuviera.

Entramos y la neumóloga le dijo que las pruebas habían revelado que la masa que tenía en el pulmón era maligna. Y que iba a remitir su caso a un oncólogo. Carlos empezó a hacer las preguntas habituales, qué se iba a hacer entonces, cuánto tiempo le quedaba de vida, cómo iba a ser su calidad de vida, etc. La respuesta: eso te lo dirá el oncólogo.

Así que yo empecé a hacer preguntas más específicas, como cuál era el TNM, si lo que tenía era cáncer de células grandes o microcítico, etc. Y obtuve algunas respuestas. El TNM era el peor, un tumor primario con metástasis en huesos. No había cura. Lo bueno era que el cáncer era de células grandes, así que podía aspirar a vivir entre cinco y siete años, quizás más si después de la quimioterapia podía someterse a cirugía.

El me miraba y me decía, "no sé qué estás diciendo, no entiendo nada" y yo se lo "traducía". Se lo tomó con mucha calma. Es una de las personas más pragmáticas, frías y analíticas que he conocido en mi vida. Yo me lo tomé peor, la verdad.

La primera decisión era qué hacer. Le dije que quería que se quedara conmigo, pero que entendía que tal vez quisiera irse con su familia, dadas las circunstancias. Tardó como dos minutos en decidirse y me lo dijo de una forma muy bonita, me dijo que quería pasar el resto de su vida conmigo, fueran meses o años.

Estábamos a 17 de noviembre. Curiosamente, el día internacional contra el cáncer de pulmón. Lo siguiente que hizo fue decírselo a su padre. Fue una de las cosas que más le costó hacer.

La habitación que estaba libre pasó a ser la suya. Eligió el color de las paredes, los muebles... así tendría su propio espacio y su intimidad para cuando quisiera estar solo.

Pasaban los días y no llamaban para citarnos con el oncólogo. Así que empecé a llamar yo, en plan tocapelotas. Hasta que la cuarta o quinta vez, me cogió el teléfono una enfermera que me dijo que ella no era de esa sección, le conté lo que pasaba, consultó el ordenador y se sorprendió de que hubieran pasado tantos días sin haberle dado cita. Me dijo que esperara un momento y al cabo como de diez minutos, me había dado ya el nombre del oncólogo que le iba a tratar y un número de teléfono para llamar si no le daban cita antes de que acabara la semana.

Primera cita con el oncólogo. Es curioso cómo está todo distribuído en cuanto a especialidades, por lo menos en Coruña. Está el Hospital oncológico de Oza, el Hospital oncológico de Galicia pero los oncólogos pasan visita en el Hospital Materno infantil, donde se va a dar a luz y donde se lleva a los niños cuando enferman. Allí también está el hospital de día, donde ponen la quimio. Pero si tienen que ingresarte, lo hacen en el Juan Canalejo. Un despropósito, vamos.

Antes de que fuéramos a la cita con el oncólogo, Carlos empezó a tener problemas de visión y musculares. Veía muy borroso o puntualmente se quedaba ciego, pero decía que era una ceguera extraña, que veía todo blanco en lugar de todo negro, a los pocos minutos volvía a ver, pero borroso. Le empezaron a fallar las piernas, le daban temblores y era incapaz hasta de ponerse una zapatilla. Yo le quería ayudar, pero siempre decía "esta es una batalla que tengo que ganar yo, tengo que ponerme mis pequeñas metas, mis pequeñas victorias, no voy a rendirme antes de tiempo". Y yo veía cómo intentaba ponerse las zapatillas, durante minutos, aguantándome las ganas de llorar, hasta que lo conseguía y me miraba con una enorme sonrisa en la cara y me decía "gané". Yo le sonreía también y después me iba al baño a llorar. Alguien tan fuerte, tan orgulloso, me dolía muchísimo. Y aún me duele, aún sigo llorando cuando lo recuerdo.

Fuimos a urgencias. Faltaban sólo tres días para la cita con el oncólogo. Le hicieron un TAC, me llamaron a mí aparte para decirme el resultado: metástasis cerebrales. Naturalmente, se lo dije a él. Un médico dijo que estaban esperando cama para ingresarle. Pregunté si le iban a dar algún tipo de tratamiento, qué le iban a hacer, y me dijo que nada, sólo tenerle en observación porque sólo había un oncólogo de guardia para todos los hospitales y que hasta que tuviera la cita con el suyo, quedaría ingresado. Así que eché mano de mis escasas dotes de persuasión femenina y le dije que no era lógico necesitándose tantas camas, que él ocupara una sin que le fueran a hacer nada, que si no había posibilidad de irnos a casa, porque como podía ver en su historial, ya tenía cita con el oncólogo. Y después de insistir bastante, conseguí que nos dejaran ir a casa, con medicación (Fortecortín) y con la promesa de que si empeoraba, volveríamos al hospital.

Siguió saliendo a tomarse su café, Lo que le preocupaba era tambalearse y que la gente pensara que estaba borracho o algo así. Iba siempre por el lado de afuera de la acera. Yo le decía que se pusiera hacia los edificios, por si le daba un temblor o debilidad. Pero él decía que de eso nada, que iba a seguir como siempre el tiempo que pudiera y todo lo que pudiera.

Y así llegamos a la primera frustrante cita con el oncólogo, que no nos dio ni una sola respuesta "es complicado" "he visto muchas cosas en los años que llevo ejerciendo" "aún no puedo saber nada".

Tendría que hacer radioterapia antes de la quimio, para intentar paliar los efectos de las metástasis cerebrales. Diez sesiones, una cada día, excepto los fines de semana. Ante las preguntas, dijo que no dolía ni producía náuseas ni nada.

Pues vale. Los días previos a la radio, conseguí convencer a Carlos para que fuera a visitar a sus padres, para despedirse. Yo le llamaba cada cuatro horas para recordarle que tomara la medicación (en casa ya se la daba yo, día y noche) y pudo pasar un par de días con sus padres y con sus amigos.

Cuando llegó a casa, me dijo que eso ya había quedado atrás, que ya había cumplido con lo que tenía que hacer, que a su padre le había pedido que le recordara tal como le veía en ese momento y que ahora sólo quería estar con nosotros y disfrutar todo lo que pudiera.

Se compró su pelirroja, una guitarra eléctrica rojo brillante, con su amplificador y toda la parafernalia. Lamentablemente, sólo la pudo tocar un par de veces, el cansancio empezaba a asomar ya la cabeza.

Fuimos a que le hicieran la máscara para la radioterapia. Es una máscara que le hacen para inmovilizarle mientras recibe el tratamiento y asegurarse que radian la zona que tienen que radiar.

Tarjetita amarilla con su número y cita. A las seis y media todos los días. Llegar, dejar la tarjetita en una rendija ya a propósito para ello y esperar que llamen su número.

El hospital donde lo hacen es el oncológico de Galicia. Es un hospital luminoso, lleno de fotografías preciosas, sobre todo de paisajes gallegos, con el personal siempre sonriendo y tratando de poner las cosas lo más fáciles posible...

Normalmente cuando voy al médico, en la sala de espera lo que se escucha son conversaciones sobre lo mal que está uno, lo peor que está otro, que si a tal o cual le subió o le bajó el nosequé... todo deprimente. Y miedo tenía yo de lo que nos esperaba en la sala de espera de radiooncología. Y fue sorprendente. La gente nos miró al entrar, todos, absolutamente todos sonriéndonos y nos preguntaron si era la primera vez, Carlos dijo que sí y nos explicaron qué hacer.

Allí se hablaba de música, de teatro, de literatura, de dónde hacer las mejores compras de la ciudad. La única referencia al tratamiento o al cáncer, en todos los días que estuvimos allí, era un pique entre dos pacientes, ya mayores, que estaban a ver cuál de ellos había tenido más sesiones que el otro, pero en plan gracioso, nada de quejarse ni cosas por el estilo.

Era casi navidad y habían hecho un muñeco de nieve utilizando vasos de plástico y había algunos adornos aquí y allá.

Las enfermeras, maravillosas. Una de ellas especialmente, porque tenía un hijo de la edad de Carlos y se notaba que le dolía verle allí y así.

Ese día Carlos llevaba mi ropa. Empezó a tener mucho frío cuando empezaron las metástasis cerebrales y un día rebuscó en el armario y encontró unos pantalones gruesos de chándal, que aún estaban nuevos y con la pernera sin subir. Y una cazadora calentita. Y me dijo que quería llevar esa ropa a la radioterapia. Así que se ponía su ropa y antes de salir para el tratamiento, se ponía la mía.

El primer día vi que algo malo había pasado, le noté muy alterado. Las enfermeras le rodeaban, le tocaban los brazos... así que me salté las normas y entré a la antesala donde estaban, él me vio y se abrazó a mí, temblando, y me dijo "sácame de aquí". Así que, abrazados, salimos fuera. Por supuesto, se puso a fumar. Había bajado el número de cigarrillos de media cajetilla que era lo normal, a cinco o siete, según el nivel de estrés que tuviera. No quería que vaciara el cenicero para que pudiera llevar la cuenta. Y ya llegados al punto en el que estaba, daba igual fumar que no y si ello le ayudaba a llevar las cosas mejor, pues que fumara.

Me dijo que era indoloro, que duraba sólo unos segundos, pero que nada más sentir un poco de calor en la cabeza le entraba una profunda tristeza, no lo podía evitar, se ponía triste. Y sólo quería llegar a casa.

A las pocas sesiones, las cosas mejoraron. La visión siempre la tuvo algo borrosa, pero podía ver cosas en el ordenador y hacer lo que le gustaba. Los espasmos musculares desaparecieron. Por fin algo bueno.

Acabó la radioterapia el 29 de diciembre y tuvo su primera quimioterapia el 30. El oncólogo dijo que era muy suave, que no tendría náuseas, como mucho sentiría el estómago un poco revuelto pero nada más. Bueno, y se le caería el pelo, pero eso ya lo sabíamos por la radioterapia.

Los días posteriores a la quimio fueron horribles. Pasaba casi todo el día en cama, agotado, sin poder ni pensar (lo peor que le podría pasar a él). Cuando pensó que quedaría ciego, estuvo haciendo prácticas conmigo para poder seguir trabajando en sus proyectos, siendo yo sus ojos, decía que mientras pudiera pensar, siempre podría hacer cosas. Y se pasó como una semana sin poder hacer nada. Se levantaba y se duchaba, después tenía que pasarse un par de horas en el sofá para recuperar fuerzas y comía algo. Y después pasábamos una hora o dos en su habitación, viendo algo o hablando de algo. Cuando lo peor pasó, me dijo que si no fuera por esa hora conmigo, se habría matado porque no aguantaba más.

Al ver que las cosas iban de mal en peor, fuimos a urgencias. Y tuvimos la suerte de que nos atendiera un médico que se preocupó bastante. Resulta que tenía una infección, que el oncólogo debería haberle dado un nebulizador para que respirara mejor y un relajante para poder descansar. Así que nos fuimos de allí con dos nebulizadores (uno para aspirar diariamente, mañana y noche y otro "de rescate"), antibióticos y una receta de diazepán. Tenía que tomar cuatro pastillas de diazepán, dos por la mañana, una a mediodía y dos por la noche. Se negó, sólo tomaba las dos de la noche, y además no juntas, una con la cena y otra justo antes de ir a dormir.

El enfado con el oncólogo era de órdago. No sólo por no dar información sino también por no recetar las cosas que él necesitaba. A partir de entonces, todo fue a mejor, relativamente, claro.

Aparecieron las metástasis en la piel, tumores que salían como granos por el vientre y el pecho. Rapar el pelo porque dejaba mechones y mechones por todas partes (tenía que aspirar la cama antes de sacudir la ropa y después hacerla). Y preparados para la segunda quimioterapia.

Si durante la primera pasó las horas durmiendo, no fue así durante la segunda, nos pasamos las cinco horas y pico hablando y hablando. El ambiente en el hospital de día era como en el de radiooncología, la gente estaba animada, sonriente y ayudándose unos a otros. Y las enfermeras, pacientes y de lo mejor.

El oncólogo, después de mucho insistir y pidiéndole sólamente datos estadísticos, dijo que estadísticamente a Carlos le quedaban meses de vida, pero que cada caso es un mundo y bla bla bla. Y después añadió que fuera poniendo sus cosas en orden y que si necesitaba ayuda psicológica o religiosa, se la podían dar.

Más análisis, más TAC. Las cosas parecía que estaban estancadas, lo cual es la mejor noticia llegados a ese punto. Pero empezaron los ingresos. Nadie nos había dicho que el Fortecortín, que era vital para su cerebro, producía subidas de glucosa. Así que una noche empezó a desvariar y tocó ir a urgencias de nuevo. Tenía el nivel de azúcar tan alto, que ni siquiera salía la cifra cuando se lo medían.

Por suerte, quedó ingresado en otro hospital, Abente y Lago (conocido como el hospital militar), un sitio tranquilo y con poca gente. Y además en una habitación individual.

Arreglé las cosas para poder pasar el día con él en el hospital, llevaba al niño al colegio, salía para el hospital, estaba allí hasta las seis o seis y media y volvía. Y aquí tengo que darles las gracias a muchas personas, sobre todo a Chelou, porque sin ella no habría podido dividirme así.

El primer día, cuando me vio llegar, me dijo que con estar sólo diez minutos llegaba, que seguro que se sentiría agobiado si me quedaba y que prefería estar solo. Y yo pensé que vale, si era lo que quería, menos líos para mí. Y pasaron los diez minutos y pasaron las horas y cuando llegaron las seis y cuarto le dije que tenía que irme y se sorprendió de lo rápido que había pasado el tiempo.

Le estabilizaron los niveles de azúcar, me enseñaron cómo inyectar la insulina (es muy fácil con esa especie de bolígrafos que utilizan ahora, pero me daba cosa pincharle) y una hoja con nuevos horarios de tratamiento. Los nuevos horarios eran mejores que los anteriores, en lugar de tener que darle medicación cada ocho horas, combinaba las cosas de forma que pasaran ocho horas entre la toma de la noche y la de la mañana.

Nuestra vida seguía, adaptada a las circunstancias. Por las noches, después de acostar al niño, nos sentábamos en la mesa de la cocina o en su habitación y le gustaba analizar el día. "Hoy ha sido un buen día" significaba que no había aparecido nada raro ni le había empeorado nada de lo que tenía. Hacíamos listas de comidas, planes... siempre de día en día porque no sabíamos cuántos días nos iban a quedar.

Una siempre piensa que va a tener más tiempo. Me dio las claves de sus cosas, para que "las cuidara" cuando él no estuviera. Empezó a decirme "No olvides que te quiero, es importante para mí que lo recuerdes siempre" o "Me jode que cuando muera vas a estar dándole vueltas a las cosas pensando que podrías haberlas hecho mejor y no es así. Si sigo vivo es gracias a ti". También empezó a retomar la costumbre que había tenido mucho antes, de dejarme notitas escondidas entre mis cosas. Algunas de ellas las encontré después de que estuviera muerto.

El mes de febrero lo pasamos entrando y saliendo del hospital, las metástasis cerebrales iban en aumento y me dijeron en un aparte que iban a intentar contenerlas con medicación, que si no resultaba bien no iban a hacer nada más porque no había más que hacer. Pero por el momento, la medicación iba funcionando.

La tercera quimio estaba a la vuelta de la esquina. Tocaba análisis el martes 1 de marzo, consulta el miércoles 2 de marzo y posiblemente la quimio el jueves 3.

El día 1 fui a despertarle y lo encontré sentado en cama, con una sonrisa de oreja a oreja. Normalmente el hecho de incorporarse le agotaba, tenía que levantarse "por etapas" pero ese día estaba muy animado. Me dijo que había dormido la noche de un tirón, que se despertó preguntándose qué hora sería y que justo entonces escuchó la alarma de mi móvil.

Se levantó, mucho más animado de lo que le había visto. Yo ya le tenía preparada la ropa sobre mi cama (la ducha más cómoda está en el baño que tengo en la habitación), porque a él le costaba mucho inclinarse o estirarse para coger cosas del armario. Y mientras se duchaba, yo seguía con nuestro ritual diario, las cosas tal como le gustaban a él.

Salió con otra ropa. Con mi ropa. La que había llevado en diciembre para la radio y no había vuelto a ponerse. Me dijo que si no me importaba, que no sabía porqué pero le apetecía ponerse mi ropa, ir con ella. Le dije que no había problema.

Llegamos al centro médico para hacer el análisis de sangre. Se tambaleó un poco al entrar, pero lo achaqué a estar sin comer. No había perdido el apetito para nada y en cuanto se saltaba una comida o le tardaba, lo notaba.

Al salir de la sala de extracción, le pinché la insulina. De vuelta para casa, me dijo que se quedaba en el bar de la esquina a desayunar, que yo siguiera para levantar al niño y llevarle al colegio. Le di las pastillas que tenía que tomarse y seguí hasta casa.

El volvió antes de que saliéramos. Le comenté que iba a arreglar un problema con la compañía de agua. A él no le gustaba quedarse solo, e incluso estando yo en casa, necesitaba saber dónde estaba yo. Por eso siempre solía encontrar excusas para pasar por delante de su habitación o ir a darle un mimo, para que se sintiera seguro. Le prometí que siempre estaría lo más cerca de él que me dejaran estar, que si un médico me echaba de la habitación, estaría al otro lado de la puerta.

Cuando tenía que salir para hacer compra o recados, quedaba inquieto. Pero ese día no. Me dijo que me lo tomara con calma, que se iba a pasar el día trasteando con las máquinas virtuales, haciendo pruebas y que estaría entretenido.

Llevé al niño al colegio y cuando volvía para casa, porque tenía pensado pasar para ver qué tal estaba él antes de ir a hacer recados, sonó mi móvil. Era él, preguntándome dónde estaban los analgésicos (que nos recetó el radiooncólogo, no el oncólogo que le trató). Me asusté, porque siempre fue reacio a tomar nada de eso. Me apuré y llegué a tiempo para dárselos. El radiooncólogo dijo que podía tomar dos de un golpe, pero Carlos sólo quiso tomar uno, dijo que si no le pasaba el dolor de cabeza, se tomaría el otro.

Al cabo como de tres minutos, el dolor se hizo muy intenso, llamé al centro médico, hablé con el médico de cabecera y me dijo que eso seguramente sería otro sangrado de las metástasis, que ya enviaba él la ambulancia. Volví con Carlos, que se había sentado en la cama, le cogí las manos y él se tumbó. Y ahí fue cuando empecé a tener miedo de verdad. El jamás jamás de los jamases se tumbaría en la cama, arrugando la colcha. Me dio una orden, que me apresuré a cumplir. Fue la última cosa que dijo. Llegó la ambulancia, lo metieron dentro y paramos en el centro médico para que le pusieran por vía intravenosa un calmante. Su médico de cabecera y una enfermera ya estaba esperando, subieron a la ambulancia y le pusieron la medicación. Yo estaba sentada delante, girada para ver por una especie de angosto ventanuco lo que pasaba. Y vi que el médico le acariciaba con ternura la cabeza, con una expresión de pena intensa en la cara.

Llegamos a Coruña, al Canalejo, urgencias, le pasaron, me acerqué a él y dije su nombre. Tenía los ojos abiertos y las pupilas totalmente contraídas, no reaccionó.

Le metieron en un box y empezó la rutina de siempre: análisis de sangre, pinchar la arteria, electrocardiograma... Mientras la enfermera le descalzaba para hacerle el electro, le susurré "Te quiero" y le di un beso en la mejilla. Y en ese momento, por esas casualidades de la vida, vi que algo pasaba en sus ojos, algo raro y di un respingo, me eché hacia atrás. La enfermera levantó la vista y dijo "Uy", salió corriendo y volvió con más gente. Me echaron al pasillo y cerraron la puerta, pero por el cristal yo veía cómo le estaban haciendo la RCP. Y ahí empecé a desdoblarme. Sentía que era como si estuviera viendo un capítulo de una de esas series de médicos que tanto me gustan. Pasó otra enfermera llevando el carro de paradas. Una mujer, médico, me vio mirando desde el pasillo y salió para hablar conmigo.

Me preguntó que quién era yo. Le dije que su pareja, que nos íbamos a casar. Me miró con cara de pena y yo le dije "Por la cara que pones me parece que no vamos a casarnos, ¿verdad?" Y ella negó con la cabeza.

Me planteé tres opciones posibles:
-Le recuperarían pero tendría que quedarse hasta su muerte en el hospital
-Le recuperarían pero quedaría como un vegetal
-No le recuperarían

Así que le pregunté a ese médico cuál era la situación en ese momento. Y la respuesta fue "En estos momentos su corazón no late y no respira". Así que las opciones quedaban relegadas a las dos últimas.

Llamó a una enfermera y le dijo que me llevara a un sitio tranquilo. La enfermera me cogió del brazo y en ese momento fue cuando empecé a llorar. Cuando estoy de bajón y alguien me hace un gesto cariñoso, me rompo, siempre.

Me llevó a un cuartito, me dio una caja de kleenex y me dijo que esperara. Hice llamadas, a Chelou (que estaba de excursión), a mi madre, al padre de Carlos. Y después me quedé mirando cómo la gente pasaba de un lado a otro. Me resultaba increíble que el mundo siguiera mientras Carlos moría. La gente hablaba, reía, lloraba y yo sabía que de un momento a otro alguien llegaría y me diría "Hicimos todo lo que pudimos pero no lo hemos conseguido" o algo por el estilo.

Y llegó una mujer, otra, que no había visto (porque en urgencias casi todas las enfermeras nos conocían ya de tanto visitarles), se sentó frente a mí y me dijo "Hicimos lo que pudimos pero me temo que ha muerto". Yo pedí verle. Me dijo que claro que sí y me acompañó al box. Estaba tapado con una sábana hasta medio pecho. Tenía las pegatinas de electro aún pegadas. Estaba guapísimo, sonriente, relajado como no le había visto desde que le dieron el diagnóstico. No podía estar muerto, estando tan bien. Le toqué, le acaricié y tomé su mano. La mano debió haber quedado colgando mientras le reanimaban, porque ya estaba amoratada y con las uñas negras, pero me daba igual. Y agarrando su mano, llamé a su padre otra vez para darle la noticia.

Las enfermeras fueron maravillosas, cada poco tiempo entraba alguna para ver cómo estaba yo. Y yo no dejaba de tocarle, sabiendo que nunca más podría volver a hacerlo. Le eché hacia atrás la sábana que le cubría para verle, quería grabarle así en mi memoria. Un médico entró y me dijo que no hiciera eso, que no era agradable verlo. Pero me daba igual. Era él, así que no había nada desagradable para mí. Pasaron un par de horas y llegaron dos enfermeras, le desnudaron y le sacaron las pegatinas del electro. Y le pusieron un pañal, porque claro, ya no tenía control de esfínteres. Ver a esas enfermeras que unas horas antes parecían acariciarle, moviéndole con esa frialdad, me sentó mal. No porque ellas fueran incorrectas, sino porque era una muestra palpable de que ya no era un paciente, era un cuerpo.

Para ponerle el pañal, lo pusieron sobre un costado y ese momento fue crucial para mí. Se desmadejó, entreabrió los labios y los ojos, era como un muñeco de trapo. Fue el ver ese movimiento suyo lo que me hizo tomar conciencia de que Carlos ya no estaba ahí. Eran sus manos, sus labios, sus orejas, sus tumores... pero lo que era él, ya no estaba.

Así que les dije que se lo llevaran ya y me dispuse a hacer el papeleo correspondiente. Un médico me dijo que si estaba dispuesta a donar sus órganos, y yo me sorprendí, si tenía cáncer por todas partes, ¿cómo iba a donar? Me dijo que las córneas podrían utilizarse y que también podría dar permiso para que con su cuerpo pudieran practicar para extraer arterias de su muslo y utilizarlas en enfermos de corazón, prácticas que obviamente no se podían hacer con vivos.

Hablé con el padre. Me dijo que yo tomara todas las decisiones que quisiera, que era cosa mía y que lo que yo hiciera bien hecho estaba. Así que firmé el permiso para donar.

Carlos siempre quiso dejar algo de su paso por el mundo. El se centraba en sus programas, sus cosas, dejándolos ahí para que alguien los utilizara o sacara ideas de ellos. No quería que le recordaran a él. Siempre me ponía un ejemplo. Me decía que le gustaría que cinco, diez o equis años después de su muerte, alguien recordara haberle escuchado tocar la guitarra, por ejemplo. Y pensé que con la donación, habría al menos dos personas que no le olvidarían en la vida porque gracias a él pudieron recobrar la vista.

No voy a contar la noche de locura que pasé en el tanatorio, creo que perdí un poco el norte en algunos momentos.

Voy a terminar diciendo que afortunadamente pude cumplir mi promesa, estuve con él hasta el final, hasta el momento  en que metieron el ataud en el horno crematorio, vi las llamas reflejadas en la puerta del horno y vi cómo lo metían.

Y ahora está en casa,en su habitación.

Y yo tengo que esforzarme por dejar atrás los rituales y las costumbres que tenía con él, porque no es sano. Pero me parece una deslealtad, me parece que es como ayudar al olvido a hacer su trabajo.

Y el olvido lo está haciendo muy bien, el maldito. Ya no recuerdo su voz. Sé que si la volviera a escuchar, la reconocería sin dudarlo, pero me paso tiempo recordando sus frases típicas e intentando escucharle y no lo consigo.

Hay recuerdos de cosas que aparecen de repente y hacen que me dé cuenta de que los colores brillantes de las cosas que compartimos y vivimos, están adquiriendo un tono sepia. Y me siento mal. Culpable.

Pronto hará un año de su muerte. Y en sólo un año soy capaz de sonreír, reír y hacer planes como visitar el Museo Arqueológico Nacional. Me planteo hacer cosas sin él. Y no lo siento como algo bueno, pero he de hacerlo.

El quería que contara lo que pasó, por si servía de ayuda a alguien. Que nuestro oncólogo no dio ninguna información y lo que es peor, no recetó la medicación que hizo su vida más llevadera las últimas semanas.

Si has llegado hasta aquí, te mereces una medalla o algo, menudo tocho he escrito.

Era la persona más inteligente que conocí, fuerte, orgulloso, cabezota, mandón, dulce en la intimidad de casa y me ayudó a ser muy muy feliz. Fue el modelo masculino para mi hijo durante casi un año y medio, en ese tiempo hizo más por él que su propio padre. Se preocupaba. Fue un ejemplo de superación y de cabezonería. Y la persona que más me conoce del mundo.

Gracias a todas y cada una de las enfermeras de todos los hospitales por los que tuvimos que pasar. Tal como Carlos decía, se nota que las enfermeras tratan a los pacientes mientras que los médicos sólo tratan enfermedades.

Gracias a Chelou, siempre ahí, porque pude disfrutar más horas con él, teniendo la tranquilidad de que mi nano estaba bien.

Gracias a las profesoras del colegio de mi nano, por hacer mucha manga ancha y a veces mirar para otro lado, dadas las circunstancias.

Y gracias a la madre biológica de Carlos, por haber parido a un ser humano como él. Lamento mucho que no lo haya llegado a conocer, se ha perdido algo maravilloso. Aunque aquí he de hacer un inciso, porque le estoy poniendo muy por las nubes: Carlos enfadado tampoco tenía rival, era puro hielo.

4 comentarios:

Vlankillla dijo...

Dejar las cosas atrás, continuar, no es malo, todo lo contrario.

No tienes que tener miedo a olvidar porque -lamentablemente- nunca olvidamos. Como mucho, lo que conseguimos es que los recuerdos no ocupen nuestro presente.

osheaa dijo...

Una cosa es la lógica y pensar y otra muy distinta es sentir. Y yo me siento muy culpable con cada paso adelante que doy. Pero hay que darlos y en eso estoy.

Un beso o mil, amante de la gata horrible :)

Margari dijo...

Días duros, muy duros. Pero siempre te encuentras con buena gente en el camino que te los hace más llevaderos. Y sí, duele tirar "palante", pero hay que hacerlo. Y no se olvidan. Sí, a veces nos cuesta recordar su voz, o incluso su cara. Pero hay momentos en que vuelven esos recuerdos. Y nos parece escucharlos, verlos...
Y ahora a seguir dando pasos hacia delante.
Besotes guapísima!

osheaa dijo...

Gracias, Margari. Escribir esta entrada me ha costado muchísimo, pero era algo que él me había pedido. Sólo me queda una promesa por cumplir, espero también poder llevarla a cabo en breve.

Y hay días que pesan mucho, sí. Uno piensa que lo peor es al principio, pero no, después es otra clase de dolor y de sentimiento, que dura mucho más.

Biquiños!