martes, 15 de noviembre de 2016

Una proposición decente


Hoy me han hecho una proposición decente. Sí, así, como suena. Y cuando me la hicieron, lo que pensé fue que hay personas muy raras. Si quieres saber más, sigue leyendo. Si no, ahórrate unos minutos de aburrimiento y haz algo más provechoso.

Todo se remonta a diciembre del año pasado. A Carlos le diagnosticaron las metástasis en el cerebro y dijeron que un tratamiento para intentar que su calidad de vida mejorara, era recibir diez sesiones de radioterapia. Una por día, a excepción de festivos y fines de semana. Seguimos la rutina de estos casos, que no voy a detallar ahora y finalmente nos dieron la tarjetita con el número y la hora. A las seis y media de la tarde.

Hace bastantes años me operaron los ojos, para corregir la miopía y el astigmatismo. Como consecuencia, en penumbra y de noche no veo casi nada y las luces me deslumbran más que a la mayoría de la gente. Es decir, no puedo conducir cuando está oscureciendo o ya oscuro. De hecho, tengo que tener cuidado al caminar precisamente por esa dificultad. Eso significaba que teníamos que buscar un transporte para ir al hospital, que está en Coruña, a unos treinta kilómetros de aquí.

Había dos opciones, teniendo en cuenta el estado físico de Carlos. Una era pedir una ambulancia de transporte. Otra era un taxi. Indagamos sobre la ambulancia. Yo no podría ir con él, porque iría llena de pacientes. Y le recogerían a las dos y media (para recibir el tratamiento a las seis y media), sin saber la hora de regreso, porque eso dependería de que todos los pacientes que fueran en ella acabaran de recibir sus tratamientos. Es decir, que fácilmente saldría de casa a las dos y media y podría llegar sobre las ocho o las nueve.

Por un lado, lo de esperar no era la especialidad de Carlos, y menos si no estaba yo cerca para entretenerle con mis tonterías. Y por otro, ya sabíamos que sólo le quedaban unos meses de vida y él no quería perder tiempo en esperas, quería aprovechar cada momento y hacer cosas que le gustaran.

Así que taxi. Hicimos cuentas. Y tuvimos suerte, porque el taxista que nos llevó el primer día nos preguntó si íbamos a tardar mucho en el hospital, le dijimos que no (la radiación en sí dura unos segundos, el tiempo es más de espera que otra cosa), así que nos dijo que si tardábamos una hora o menos, nos hacía precio para la vuelta, porque como él tenía que volver de todas formas, así ganábamos todos, él no hacía el viaje de vuelta de balde y nosotros ahorrábamos una cantidad nada despreciable.

Y así empezamos nuestra relación con el "taxi chulo". Le llamábamos así porque era comodísimo, amplio y muy agradable. El taxista es un hombre que de joven emigró a Suiza y volvió hace unos años, con el dinero ahorrado compró tierras y casa y ahora sacaba dinero de vender hortalizas y con el taxi. Le gusta mucho hablar con la gente, aunque si topa con dos asociales como somos nosotros, se dedica más a hablar que a escuchar, más que nada porque no hablamos mucho.

El caso es que después, cuando había que ir a consultas, a quimio o a lo que fuera, le llamábamos a él. Me conmovió su tristeza cuando se enteró de la muerte de Carlos. Incluso llegó a ofrecerse para pasar conmigo la noche en el tanatorio al saber que estaría yo sola. Se lo agradecí pero rehusé, por motivos obvios.

Y así llegamos a la noche de las elecciones gallegas. Como ya te conté, me tocó ser presidente de mesa electoral, eso significaba que al acabar la jornada y después de levantar actas y firmar chorrocientos papeles, tenía que llevar dos sobres al juzgado. Para ello, había varios coches de policía que, previa llamada, llevaban a los presidentes de mesa desde los distintos colegios electorales al juzgado. Pero nada más. Es decir, del juzgado a casa cada uno que se buscara la vida.

En principio iba a volver a casa caminando. Es un paseo largo, pero paseo al fin y al cabo. Me frenaron varias cosas, la oscuridad (desde que me operaron los ojos no veo nada bien en penumbra), el cansancio y la debilidad (me pasé todo el día sin comer ni beber nada). Así que pensé que si la Xunta me daba un extra por dietas de transporte, bien podía gastarme parte de ese dinero en un taxi que me llevara a casa.

Y llamé al taxi chulo. Me contestó el taxista, diciéndome que estaba en un viaje, llevando a un señor, pero que podía dar un rodeo y llevarme. Y así lo hizo. Llegó con el viajero sentado a su lado, me senté detrás y le agradecí a ambos el viaje. Los pocos minutos que duró el trayecto, me contó las novedades de los últimos meses. Me dejó en casa sin cobrarme, así que volví a agradecerle el detalle a ambos, taxista y cliente.

Esta mañana tenía que estar en el centro médico a las ocho. A esas horas aún está oscuro y no puedo conducir. Así que otra vez el taxi chulo. Vino a recogerme y durante el camino me recordó aquel viaje del día de las elecciones. Y para mi sorpresa, me habló del cliente que llevaba ese día, cuando me recogió en los juzgados. Al parecer era un señor cuyos padres habían muerto hacía poco tiempo y que se quedó solo. Y echaba de menos tener compañía. El taxista le contó su versión de la enfermedad de Carlos (digo su versión porque no conocía todo, claro, no porque invente cosas) y el hombre le dijo que si le hacía el favor de hablarme de él, que le gustaría tomarse un café conmigo con vistas a no estar solo en la vida, porque al parecer, yo le había gustado.

El taxista temía haberme ofendido al decirme eso, insistió en que ese señor es buena persona, educado y bla bla bla y que no quería ofenderme, sólo me daba el recado de su parte y si yo estaba interesada, hablaría con él para quedar a tomar un café o algo.

No me ofendió. Ni me hizo sentir halagada. Me hizo pensar que la gente es más rara de lo que yo pensaba. Yo no llegué a ver más allá del cogote de ese señor. Y él no vio de mí más que el poco rato que me llevó bajarme del taxi y entrar en el portal de casa. De mi personalidad, no conoce nada porque todo el camino estuvo hablando el taxista. Así que, ¿cómo puede decir que fui de su agrado?. La única solución era que el taxista le hubiera dado su opinión sobre mí. Y eso me llevó a pensar lo diferente que la gente piensa que soy respecto a cómo soy en realidad.

No soy dulce, ni guapa, ni joven, ni inteligente, ni ingeniosa, ni abnegada, ni paciente, ni presumida, ni especialmente femenina. Tengo mal genio, poca paciencia. Cuando quiero a alguien, le quiero de verdad, sin medias tintas (y me refiero a toda clase de cariño). Me cuesta expresar mis sentimientos y muchas veces me pongo a bromear y hacer el tonto para evitar una situación emotiva.

Me da miedo que la gente vea en mí cosas que no hay, porque cuando se den cuenta de la realidad se sentirán defraudados. Por alguna extraña razón la gente tiende a mirarme de forma muy generosa. Bueno, salvo contadas excepciones.

Y si a estas alturas aún estás dudando sobre mi respuesta, es que tampoco me conoces mucho en realidad. El caso es que me han hecho una proposición decente, ya ves.

En otro orden de cosas, el análisis de sangre no fue tan terrible como esperaba. Porque a mí lo de pincharme en vena no me va nada, después tengo la sensación de llevar la aguja clavada ahí todo el día. La sensación ha comenzado a remitir. Y la enfermera que me pinchó lo hizo genial, rápido y a la primera. Espero que tengan que pasar otros ocho años antes de tener que volver a pasar por lo mismo.


6 comentarios:

Margari dijo...

Curiosa proposición decente. Pues le diste buena impresión. Y no le des más vueltas. Hay veces que no hace falta escuchar o hablar con nadie para que esa persona te caiga bien, sin saber por qué.
Eso sí, lo que más curiosidad me produce es esa relación que ya tienes con el taxista. Se ve una buena persona. Y amable.
Y me alegra que la cita con la aguja haya ido bien!
Besotes!!!

osheaa dijo...

Pues sí, el taxista es buena persona. Quizás un poco curioso, pero en el buen sentido. Fueron tres meses y medio llevándonos y trayéndonos a hospitales, médicos y demás historias. Conoció a Carlos cuando aún estaba "bien", antes de empezar el tratamiento y fue viendo su lucha día a día y cómo se enfrentó al cáncer. Conocerle y admirarle era todo en uno, de hecho las primeras semanas me encontraba vecinos (del barrio, no del edificio) que sintieron mucho su muerte y todos tenían una palabra, un recuerdo o una anécdota sobre él.

Aparte de lo bueno que es por carácter, el taxista supo apreciar a Carlos en lo que valía como persona y para él también fue duro vivir esos tres meses y medio. Tendría que empezar a escribir sobre ello, porque era algo que Carlos quería que hiciera, pero aún me resulta muy doloroso. Tengo esa y otra cosa pendientes por hacer pero que no me veo preparada para ello.

Así que ya ves, aún queda gente buena en el mundo :)

La cita con la aguja fue bien, sin más marca que un puntito de nada, pero al día siguiente me apareció un moratón tremendo. La sensación de tener algo aún clavado se ha ido, así que prefiero el moratón a eso.

Y ya paro que esto más que un comentario parece una entrada del blog :)

Bicos!

Margari dijo...

Poquito a poquito pero estás escribiendo, sin apenas darte cuenta. Y ahora me cae todavía mejor el taxista. Sí, todavía queda buena gente en este mundo que cada vez parece estar más loco.
Besotes!!!

osheaa dijo...

Bueno, él pensaba en que escribiera algo que sirviera a la gente, las cosas con las que nos encontramos y que nadie nos explicaba. Era consciente de que cada caso es distinto, pero creía que contar su experiencia podría ayudar a alguien, aunque sólo fuera sorteando escollos burocráticos.

Bicos!

Isi dijo...

Me ha gustado leer lo de la proposición decente :)
Es curioso que uno se encuentra personas por el camino que, en otras circunstancias, no pasaría de una relación formal pero solo profesional, y en otras se convierten en amigos. Es bonito.

osheaa dijo...

Siempre fue muy amable con nosotros, especialmente con Carlos por su situación y de hecho lloró muchísimo cuando se enteró de su muerte. Pero también es muy práctico, de ahí que me transmitiera el mensaje de ese otro señor.