martes, 25 de diciembre de 2012

El sabor de las pepitas de manzana, Katharina Hagena

Hacía tiempo que quería leer este libro, en parte por el título, que me recordaba a mi niñez, cuando me dedicaba a mordisquear no sólo las pepitas de manzana sino también las de naranja y los corazones de los melocotones... podía pasar hasta una hora mordisqueando y jugando con ellas a pesar del sabor amargo.




Así que aprovechando la soledad y tranquilidad de estos días y que Chelou me dejó su ejemplar de la novela, me puse a leerla.

El argumento era interesante: a la muerte de su abuela, Iris hereda la casa familiar. Tras el entierro se instala en ella por unos días mientras piensa si la va a conservar o va a renunciar a la herencia. Al recorrer tanto la casa como el jardín y el huerto, la asaltan recuerdos de su infancia pasada allí, junto con su prima Rosemarie y su amiga Mira. Viejas historias y viejos secretos van saliendo a la luz a medida que pasan los días en esa laberíntica casa.

Las primeras páginas presentan a los personajes de la novela de una forma un tanto precipitada. Me recordaron a las novelas "nórdicas" que he intentado digerir, lo cual no fue un principio muy prometedor. Después la autora nos va describiendo la casa a medida que Iris la recorre. En la vida he visto una casa con tantas puertas. En la cocina hay tres, con eso te digo todo. Al cabo de un párrafo ya dejé de intentar imaginarme la disposición de las entradas y salidas. A continuación, cuando sale al jardín, nombres de plantas y hierbas sin parar. Ya empezaba a preguntarme cuándo empezaría la historia, cuando los pensamientos de la protagonista van saltando de un tema a otro. Sabemos que Rosemarie murió atravesando un cristal, pero no cuándo ni dónde ni porqué. Sabemos que el maestro de la escuela cree ser el padre de Inga, una de las tías de Iris, pero no está seguro y un día lo afirma y al otro lo niega. Sabemos que Mira parece haber desaparecido de escena tras la muerte de Rosemarie, que tenían una relación especial, pero no sabemos nada más. Sabemos que Rosemarie hizo que se rompiera la relación de su tía Inga con un joven que trabajaba en una gasolinera, pero no el motivo que tuvo para hacerlo. Sabemos que Mira sedujo posteriormente a ese joven, quedando embarazada, pero tampoco sabemos el motivo por el que lo hizo. Sabemos la historia del embarazo de Harriet pero apenas tenemos datos sobre el padre.

Todas estos hilos de recuerdos se mezclan con paseos de Iris por el pueblo, por recorridos por la casa, por encuentros con gente de su niñez. Algunas de las preguntas pendientes se aclaran, otras no. Y otras la autora da por hecho que las aclara, pero yo no me entero mucho, como por ejemplo cuando Mira queda embarazada, dice que el motivo fue por Rosemarie. Y nada más. Y vuelvo a pensar que yo soy muy corta de entendederas, porque vale que ellas dos tenían una relación muy especial y que a Mira el ver a Rosemarie besar al chico de la gasolinera le sentó mal, aun sabiendo que lo hacía para que la tía Inga lo viera y dejara la relación (aún no sé los motivos de Rosemarie para pretender tal cosa, me resulta difícil creer que estaba enamorada de él), pero vamos, que no sé porqué Mira lo sedujo, ya que el beso no afectó para nada a la relación Mira-Rosemarie.

En fin, que hubo muchos momentos en los que en lugar de parecer alemana, la autora me parecía más bien nórdica. O tal vez fue que esperaba más de la novela, quizás si la hubiera leído nada más saber de su existencia, no me habría creado tantas expectativas y me hubiera agradado más.


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