lunes, 22 de agosto de 2016

La religiosa, 2013


Tengo que empezar diciendo que no es una película, es un sinvivir. Una muchachita que un día inocentemente le dice a su madre que ama a Dios (para ella es con mayúscula), y va la madre y ale, al convento se ha dicho. O eso parece, porque la verdad es que la madre estaba deseando enclaustrarla, ya que no es hija de su marido y la niña tiene que meterse a monja para expiar la culpa de la madre (toma ya).

Pero cuando llega el momento de jurar los votos, ya sabes, castidad, pobreza y obediencia, va y dice que nones, ahí, delante de todas las otras novicias y el obispo y las otras monjas. Una tragedia.

Se vuelve para casa, pero su madre la convence de volver a ser monja. Peeeeero ningún convento la quiere, no vaya a ser que se espante otra vez y eso al parecer, para la época (siglo XVIII) es de lo peorcito que le puede pasar a una congregación. Tiene suerte y la vuelven a aceptar en el primer sitio en que estuvo.

La superiora parece un sargento de granaderos, pero en el fondo es un pedacito de pan tierno. La niña se desvanece justo tras aceptar los votos, la superiora se muere (o más bien la mueren) esa misma noche y la sustituta es una mujer guapísima y jovencísima con aspecto de ángel pero con una mala leche tremenda.

Total, que tras muchos pesares, pasa de contrabando un escrito a una monjita amiga suya, quien se lo hace llegar a su propia madre para que un abogado saque a la protagonista del convento. No lo logra, pero sí consigue que la trasladen cuando ven en qué estado se encuentra la niña por las perrerías que le hace la superiora.

En el nuevo convento todo es jolgorio y alegría y buen rollito. Hasta que una noche la madre superiora se le quiere menter en la cama (literalmente). Así que la niña se confiesa con el cura, el cura le dice que eso está muy mal, que se resista, la superiora enloquece de amor... y el abogado trama un plan para que escape. Y la lleva junto a su padre biológico... que se muere justo la noche en que llega ella a casa.

Y no se sabe lo que le pasará después, la película acaba ahí. Hija sin reconocer de un marqués o cosa parecida y perseguida por la mala suerte.

Y no, no te he fastidiado la película porque la verdad es que es un poco cansina. La muchacha se pasa todo el rato con esta expresión:


Vestida, desnuda, rezando, pisando cristales, contenta por volver a casa, triste por la muerte de su madre, liberada, oprimida, cantando, tocando el clavicordio... haga lo que haga y esté donde esté, no cambia su cara. Siempre igual.

Y la vida en los conventos por entonces me resultó un poco chocante, aparte de llevar encima kilos y kilos de ropa, sólo comían, rezaban y leían libros. Nada de hacer trabajos, lo único que vi al respecto fue una rueca, pero nada más. Salvo cuando la castigan, que tiene que fregar los suelos.

Que te diría que no la vieras, en parte porque creo que hay cientos de cosas mejores que ver y en parte porque si has llegado hasta aquí, ya te sabes todo, así que...


Edito la entrada para decirte que es un remake de una película de mediados de los sesenta.

viernes, 19 de agosto de 2016

Y llegó lo inesperado


La verdad es que el día fue el martes, pero soy bastante reacia a cambiar las cosas, por eso hasta hoy no me animé a cambiar el móvil.

Aparqué mi Nokia de toda la vida y empecé con uno de esos smartphones. Sé que con el tiempo me acostumbraré, pero de entrada que quede algo muy claro: odio el autocompletado y su insistencia en colarse en mis mensajes justo con la opción que menos tiene que ver con lo que quiero decir. En serio, estuve a punto de desistir por su culpa.

El whatsapp.. al principio no daba abasto, entre tanta corrección, los grupos, darle a teclas sin enterarme (llamé varias veces a mis padres sin querer). Buscar en los sitios más lógicos las cosas que necesitaba, para darme cuenta de que estaban en otra parte. Pero ya está. Al menos, eso creo. Cuando alguien me llame, sonará este tema Me pareció bastante apropiado. Para avisos de mensajes y demás, tenía este otro pero me gusta tanto la canción, que me quedaba escuchándola, así que puse uno de los tonos que vienen de serie, un "plop sosete". Y para alarma, esta canción que está muy bien sobre todo para despertarte, empieza suavecita y va subiendo. Sin susto.

La mayor metedura de pata ha sido la funda. Quería una tipo libro, sencillita. Y donde compré el móvil no tenían para ese modelo, así que estuve buscando y encontré una genérica para ese tamaño, del color que me gusta. Venía en un blister, pero no es excusa porque aunque la hubiera sacado y la hubiera visto, no me habría dado cuenta del fallo hasta llegar a casa y poner el móvil. El problema es que si utilizo esa funda, me quedo sin cámara. Así que toca buscar otra. Mientras, utilizo esa pero sin "pegar" el móvil a ella y así iré tirando hasta encontrar la adecuada.

Y todo esto te lo cuento no para presumir ni nada de eso, sino porque aunque te parezca algo risible, es un cambio muy grande para mí. Tal como me dice mi nano, "las nuevas tecnologías no son lo tuyo, mami".

 

Fracture, 2007






Había visto ya esta película, hace algunos años. No recordaba los detalles ni el final, así que en cierto modo fue como verla por primera vez. Y en este segundo visionado, me di cuenta del motivo por el que me había gustado: Anthony Hopkins hace de un pseudo Hannibal Lecter. Los gestos, las entonaciones, ese punto de soberbia basada en sus conocimientos, el enfrentamiento con el abogado arribista... todo era muy Lecter.

En mi opinión, su papel es lo mejor de la historia. En sí misma, es otra más de abogados, fiscales y juicios. Sólo que esta vez, partimos del acto mismo del asesinato, vemos quién es el autor de los hechos y todo lo que sucede a continuación. Me encanta la manipulación que el personaje de Hopkins hace sobre el fiscal, la forma en que utiliza su ambición y su ego para convertirlos en un arma a su favor.

Una película entretenida, que por alguna extraña razón me despertó las ganas de volver a ver Drive, protagonizada por el actor que hace de fiscal.

Tenla en cuenta como opción ligera para una noche de lo que queda de verano. Si quieres.

jueves, 18 de agosto de 2016

Lugares oscuros, Gillian Flynn



La historia es interesante: en una granja aislada, una fría madrugada de enero, una mujer y dos de sus hijas son asesinadas. La niña más pequeña escapa y señala a su hermano como autor de la matanza.

Al cabo de casi 25 años, la pequeña superviviente, ahora una mujer, empieza a investigar sobre lo sucedido, poniendo en duda su propia declaración.

Me gusta la forma en que la autora va dejando migajas de información sobre lo acontecido en el pasado. Cómo hay cosas que parecen coincidencias y no lo son, cosas que parecen mentiras y no lo son, cosas sin importancia que resultan ser vitales...

Lo que me ha estropeado la lectura es su protagonista. He sido incapaz de sentir nada remotamente positivo por ella. Al contrario, esperaba que la historia acabara con su muerte o algo parecido, porque la verdad es que me resultó un ser humano repulsivo. Y teniendo en cuenta cómo eran el resto de personajes, es bastante decir, créeme.

Tengo la impresión de que la autora pretendía sorprender con el final. En mi caso, al menos, no lo consiguió. Lo que sentí al acabar de leerlo fue frustración, ganas como de meterme en la historia y empezar a dar unas cuantas collejas bien dadas.

No te lo recomiendo por eso, porque no deja la sensación tan agradable de haber leído algo interesante, o entretenido o agradable, sino todo lo contrario.

Pero bueno, tal vez a ti no te ocurra lo mismo. En tu mano está el descubrirlo o no.

Multipolar


Así estoy yo, multipolar, ya he rebasado la línea de la bipolaridad. Borrachita de sueño. Con ataques tontos de locura. Y más cosas.

Para que veas cómo estoy, ahí va lo que escucho, todo mezcladito:

Empiezo con esta  y sigo, por supuesto, con esta otra para después seguir con algo así y así y después y entonces me viene un recuerdo a la cabeza y me pongo esto y enlazo con una de "nuestras canciones"
 (sí, sé que es cursi, pero lo que es, es).

Bueno, te puedes hacer una idea de la montaña rusa musical (y no musical) que estoy recorriendo sin parar. Y sí, la montaña rusa tiene momentos muy divertidos, muy emocionantes, pero también puede marear y sentar mal.

Espero que te haya gustado alguna. A mí, hoy por hoy, me gustan todas y si están mezcladas, mejor.   

miércoles, 10 de agosto de 2016

Mascotas, 2016



Acabamos de llegar del cine, hemos visto la película Mascotas. Un rato divertido, con momentos bastante graciosillos y también con guiños a películas como El fugitivo, Inception, X-Men... o tal vez es que no hay ideas buenas y se reciclan cosas ya vistas. Porque la verdad es que la película está bien pero tengo la impresión de que es muy infantil. Ya sé que es una película de dibujos animados y orientada a los pequeños de la casa, pero aún así.

Lo mejor, sin duda alguna: el conejo!!!! Es el típico secundario que acabas recordando más que a los protagonistas. Es encantador, malo, retorcido, con planes para acabar con la raza humana, el jefe de las mascotas de la calle.

Aquí su apariencia angelical:




Todo mullidito, una preciosa bolita de ojitos azules.

Y aquí su cara menos tierna, que no le hace justicia, pero no he encontrado una imagen con su cara más maquiavélica.





El mejor personaje de la película, sin duda.

viernes, 5 de agosto de 2016

Recuerdos



Hoy he tenido, así de repente, un recuerdo de mi más tierna infancia. El recuerdo de la calle donde está la casa en la que crecí, en Vigo. No como está ahora, sino como era por entonces hace tantos años.

En el bajo del edificio había una tienda en la que trabajaba mi hermana. Era un lugar que me encantaba, a pesar de que no podía entrar a menudo, por no molestar y todo eso.

Nada más poner un pie dentro, te asaltaba ese inconfundible olor a goma de muñeca, más concretamente a goma de muñeca nueva. Porque la primera planta de la tienda era una juguetería. En su mayor parte, muñecas, pero no como las Barbies ni cosas por el estilo, sino muñecas de verdad, de las achuchables, las que acababan con la cara pintada de bolígrafo y como mucho, cerraban los párpados si las tumbabas.

Había muñecas normales y corrientes y luego estaban Nancy y Leslie, que tenían accesorios. Te reirás al leer esto, pero por entonces era el no va más del lujo tener una muñeca con vestidos que cambiar, su propio armarito y demás zarandajas.

A mí me gustaba "la Leslie", una muñeca pecosa y pelirroja que no tenía tantas historias, pero me resultaba mucho más bonita que la rubia y sosainas de "la Nancy". Desgraciadamente, nunca pude tener una.

Lo que sí tuve fue una Barriguitas. Una muñeca diminuta, con el pelo medio cardado como si tuviera cuarenta años, rolliza y suave. Y también tenía cosas, tenía hasta una bañera, en la que al presionar un botón, salía agua. Me encantaban las barriguitas y de esas sí tuve una. Me pregunto qué habrá sido de ella...

El piso de abajo de la tienda era el lugar favorito de mi hermana. A mí no me gustaba, era aburrido. Allí vendían todo para los bebés, desde ropita hasta cochecitos, bañeras, orinales, pañales de tela (sí, de tela, había que lavarlos a mano) y polvos de talco, cremas para las rozaduras y demás. A mi hermana siempre le han gustado los niños. Y le siguen gustando.

Con el paso de los años, la tienda fue mutando y ahora mismo se dedica a vender motos, cascos y complementos tanto de las máquinas como de los pilotos.

Si al salir del portal iba hacia abajo, hacia la derecha, llegaba a los pocos pasos al cole de la profe Carmiña. Cientos de niños del barrio pasaron por sus manos a lo largo de los años. La puerta era de hoja doble, de madera. Entrabas a un portal oscuro, del que partían unas escaleras que llevaban a más oscuridad todavía. Y frente a la puerta de entrada, al lado de esas escaleras, la puerta propiamente dicha del colegio.

Naturalmente no era un colegio, sino una habitación enorme en forma de L. A ambos lados de la parte más larga, había un banco que iba de un extremo a otro. Para que te hagas una idea, en cada uno cabían muy holgadamente diez niños, con sitio a su lado para dejar las carteritas.

En la parte más corta, a la izquierda, estaban colocados los pupitres. De madera, pintados de azul, antiguos, con la tapa que se levantaba para dejar las cosas dentro y un agujero a la derecha para colocar el frasco de la tinta de escribir. No usábamos tinta ya, por supuesto, pero te da una idea de cómo eran.

En las paredes, mapas. De las provincias, de las regiones, de los ríos y las montañas.

Empezabas a ir al cole de la profe Carmiña a los tres años y te ibas a los seis, cuando empezabas el colegio "de verdad". Lo primero que se aprendía en ese cole era a cantar. Los pequeños cantábamos las canciones de las letras (el abecedario), de los números, de los ríos, las montañas, los límites de España, etc. La profe cantaba y nosotros íbamos aprendiendo las letras de las canciones.

Después nos enseñaba a escribir lo que aprendíamos a cantar. En una pizarra, rectangular, con un marco de madera oscura y un trozo de cordel sujetando un pizarrín con el que escribíamos en ella. Para borrar, como éramos muy modernos por esa época, usábamos las mangas de los jerseys o el bajo de las camisetas, lo que fuera más cómodo según la ocasión.

Todos los días había al menos un niño que se metía un trozo de pizarrín por la nariz. Así que el recuerdo más vivo que tengo de mis compañeros de fatiga son narices sangrantes, básicamente.

Llevábamos una cartera cada uno, con la pizarra y el pizarrín y la merienda dentro. Para la merienda, que era básicamente un bocadillo, había bolsas de tela especiales para ello. eran bolsas como las del pan pero en tamaño pequeño, con unas tiras de tela en el extremo, que al tirar de ellas, fruncían el extremo, cerrándolas.

Y los bocadillos eran de lo típico por entonces: queso (pero no en lonchas, sino queso cortado en casa), o queso con membrillo, Tulipán (madre mía, el anuncio del helicóptero), un trozo de chocolate metido en medio del pan...

Y así al pasar los meses, íbamos aprendiendo lo básico. Cuando ya dominábamos el terreno, nos pasaban a los pocos, a los pupitres. Allí la cosa ya era seria, ya empezaban las cuentas, los dictados y el no va más: escribir en papel y con lápiz!!! De goma de borrar, nada. Tenías que esmerarte mucho a la primera y si metías la pata, no quedaba otra que usar miga de pan para borrar o la yema de un dedo húmeda de saliva, siempre con cuidado de no romper la hoja.

Había que rendir y hacer las cosas lo mejor que cada uno podía. Y no sólo en cuanto a temas de estudio sino también en comportamiento, educación y limpieza. El castigo era físico, algo normal en la época. Te daban en la palma de la mano con un trozo de madera grueso, en forma de lágrima alargada, de unos treinta centímetros de longitud, suave y barnizado. Tantos golpes como grave hubiera sido la falta.

Así es como llegué a los seis años al colegio, sabiendo leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir por dos cifras, sabiendo los ríos, afluentes, límites, provincias... lo que se consideraba básico en el cole de la profe Carmiña.

Ahora en su lugar hay una guardería. La profe Carmiña y sus dos hermanas, con las que vivía, murieron hace ya bastantes años. Ella era una mujer mayor ya cuando empecé. Con arrugas en la cara, blanca de lo empolvada que la llevaba, los labios rojo sangre y los párpados azules. Me quería mucho, lo que significaba muchos achuchones que yo aguantaba con resignación, no porque no la quisiera, sino porque me dejaba la cara pegajosa y llena de maquillaje y sus labios marcados en mis mejillas regordetas. Era muy exigente pero también muy buena.

Unos pasos más abajo, justo donde acababa la calle (o más bien donde empezaba, porque era el número 1), estaba la dulcería. Tenía forma de cuña, con la entrada en la parte del pico. Había montones de caramelos, de todos los colores, en frascos enormes de vidrio. Y pastelitos. Y cajas de bombones con bonitos paisajes o animalitos dibujados en ellas. Y en una esquinita, la razón de su popularidad: un congelador de helados. Sí, como los que ahora hay en cualquier parte, pero por entonces eran algo extraordinario.

Los helados que más vendían eran "cortes", trozos de helado en barra entre dos galletas. Los había de dos sabores: fresa y nata o nata, vainilla y chocolate. Y si tenías bastante dinero (o suerte), podías pedir un corte doble, es decir, un trozo el doble de grande.

Ahora en lugar de la dulcería hay una farmacia.

Y justo ahí, donde acaba/empieza la calle, es donde se han producido los cambios más grandes. Antes había una calle que iba hacia "la Campsa", con un muro separando la acera de la zona de carga y descarga industrial del muelle. Ahora han tirado abajo todo y hay una rotonda y una carretera nueva para ir hacia la zona del Berbés... pero bueno, no creo que te enteres de lo que estoy contando. El caso es que tiraron abajo lugares muy relacionados con mi infancia y adolescencia.

Cuando mis padres me obligaban a salir de casa, me llevaba un libro y me sentaba en el muro bajo, con una pierna medio colgando y me pasaba horas leyendo al aire libre, sin molestar y sin que me molestaran. O seguía ese mismo muro, que iba creciendo en altitud, hacia la zona del club náutico, donde entraba en el puerto deportivo, me apoyaba en un murete y leía allí, con el mar a un lado y otro y los pescadores sentados a unos metros, sujetando sus cañas y esperando a ver si picaba algo.

La verdad es que allí solía leer poco. No sólo por haber más jaleo que por detrás de mi casa, sino por el mar. Solía ir allí cuando me sentía triste o cuando pensaba que mi vida se iba a acabar (ya sabes, ese tipo de cosas que nos parecen tan terribles cuando no tenemos ni veinte años), porque por mal que estuviera, el olor del mar me relajaba. Y verlo me ayudaba a ponerme en mi sitio en el mundo. El mar estaba ahí, estaba aún antes de nacer yo y ahí seguirá cuando me muera. Las olas seguirán bailando su danza de ir y venir, independientemente de lo que me pase, de lo que sienta o deje de sentir.

El mar es grande e indiferente. Y me hace sentir pequeña, con lo cual mis problemas también lo parecen. No sé explicártelo de una forma más racional o que puedas entender. Si no te has sentido así al ver el mar, es complicado que sepas de qué estoy hablando.

Ahora la zona del náutico también ha cambiado. Se supone que a mejor, con vistas a los pasajeros de los grandes cruceros. Yo no lo veo así. Sustituir verde, plantas, hierba, jardines por cemento y estatuas sin sentido, no es una mejora para mí, por mucho que les pueda gustar a los turistas.

Bueno, y lo dejo aquí, que me estoy liando de mala manera. Gracias si has llegado hasta el final.